Aventuras de un pintorGente PV

Puku Lani

Por Federico León de la Vega

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A los 28 años, Constanza era una vivaz y bella rubia de ojos azul-gris. Ocurrente, alegre y trabajadora. Fue una tragedia cuando se divorció. Como todo el que pasa por esos trances, le invadió una profunda tristeza. El rompimiento no era algo para lo que la hubiese preparado su formación conservadora de la zona central de Estados Unidos.

Sin embargo, aun teniendo el corazón roto, Connie puso a trabajar su cabeza, pues no era una chica que se dejara apocar por los obscuros nubarrones que habían aparecido en su vida. El paso inicial de su revancha fue ir a comprarse un flamante auto deportivo, descapotable, de color verde. Ya se podrán imaginar la despampanante combinación de la joven con el pelo rubio volando a gran velocidad, deslumbrando a todos al volante del descapotable, seguramente escuchando rock de los ‘70s.

Buscó además un cambio de aires. Sentía ganas de irse muy lejos. Tan lejos, que encontró una vacante como maestra en ¡la isla de Hawái! Las complicaciones de querer atravesar el mar, pero sobre todo llevar el auto no disuadieron a mi amiga. Rápidamente investigó los transportes marítimos hacia la exótica isla y se lanzó a la aventura embarcándose con todo y convertible.

En Hawái comenzó la nueva vida de Constanza. Dando clases, entregando su tiempo a la educación de niños y niñas, paseando mucho y disfrutando de impresionantes paisajes de mar, volcanes y ríos de lava. Su pequeño auto deportivo le brindaba una gran movilidad, pues la suspensión de campo traviesa le permitía acceso a lugares recónditos.

Cuando el cielo se nublaba y anunciaba tormenta, ella se apeaba ágilmente, jalaba la capota, apresurándose luego a cerrar los broches interiores y el zipper de la ventana de atrás. Los nubarrones son frecuentes en Hawái, especialmente en invierno, sin embargo, lo común es que la nubosidad sea sólo parcial, de ahí que los agujeros en las nubes por los que se alcanza a colar el sol tengan un nombre específico: Puku Lani.

El pequeño auto le brindó ventajas más allá de los paseos. Aparentes problemas se convirtieron en bendiciones. Con el tiempo se hizo indispensable darle mantenimiento. No había muchos autos en la isla, y menos como el que Connie había traído. Sin embargo, inquiriendo entre los locales le recomendaron a un mecánico norteamericano que llevaba ahí poco tiempo, pero que se había hecho de buena reputación y se especializaba en autos como el de ella.

Así fue como llegó Connie a los brazos de Martin, quien después de darle servicio al auto se puso a las órdenes de la rubia para todo lo que pudiera ofrecerse, incluyendo agradable compañía para los paseos y eventualmente matrimonio.

La pareja, con la que tengo el privilegio de tener una larga amistad, ha envejecido junto con el auto, aunque con el tiempo se les tornó incómodo agacharse subir y bajar de él. Durante una visita que les hice, ya en su casa del continente, tuve la fortuna preguntar a Marvin qué había debajo de una lona dentro de su taller. Él sonrió y quitando la lona descubrió el viejo deportivo de Connie. No tuve que negociar nada. Lo compré de inmediato a un precio regalado, un bono de su valiosísima amistad.

En la vida siempre aparecerán nubarrones oscuros, pero eventualmente aparece un Puku Lani para componerlo todo.