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Cine Club

La opción de un cine club, es la oportunidad de explorar el arte desde un espacio más íntimo, donde los asistentes comienzan a reconocerse, comparten opiniones al final del filme.

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Por Carmina López Martínez
(arizbeth.lopez@univa.mx)

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Ir de lo comercial a lo artístico, renunciar a lo superficial y rescatar las emociones reales que los seres humanos compartimos, todo es ineludible cuando se visita un cine club.

A los cinéfilos poco les importa el idioma original, porque para distinguir entre el sufrimiento de la alegría las palabras sobran. Stanley Kubrick lo definía de tal forma que es imperdible su legado: “Una película es (o debería ser) como la música. Debe ser una progresión de ánimos y sentimientos. El tema viene detrás de la emoción, el sentido, después”.

Es poco probable que el espectador de cine de arte abandone una sala por el contexto de la historia, los gestos del reparto, la música, los contrastes de escenarios; no, esto no sucede como en los grandes centros fílmicos.

Hace unos días se proyectó una película protagonizada por Jim Carey, un actor poco visto en el género dramático; después de los primeros 15 minutos, una pareja saltó de su asiento para buscar la salida, eligió una opción más ligera, con la cual tendrían la oportunidad de olvidar los problemas cotidianos. Eso me confesaron, pues resultaron ser dos personas cercanas a mí. Es válido, cada quien sus gustos, según va el santo dicho.

Hollywood produce películas increíbles, sus grandes presupuestos permiten que millones de personas se conviertan en espectadoras de un arte distinto, más ligero sin duda, aunque en ciertas temporadas las tramas ahondan en las emociones, sacuden el alma, arrancan suspiros, generan ilusiones, exponen el caos actual e inventan diversas versiones del futuro

Sin duda el séptimo arte, es eso, arte. Una expresión maravillosa del ser humano, una perspectiva individual del cómo se vive o debería ser. Esos genios del lenguaje visual y sonoro, me refiero a todos los que dedican su talento a la cinematografía, son altamente creativos, mantienen la imaginación de un niño, aun con canas y arrugas en la frente.

Muchos de esos talentosos artistas no tienen los recursos o el interés de hacer masiva su película, miden su público, son más selectivos o algunos simplemente difunden sus filmes hasta estirar el último centavo del presupuesto.

La fama mundial vendrá por añadidura para los menos, pues depende mucho de la cantidad y calidad de su trabajo, así como el de los histriones que forman parte del proyecto cinematográfico.

Infinidad de detalles son minuciosamente revisados por cada persona involucrada en el rodaje de la película, después está la edición, distribución, promoción, publicidad, en fin, es un trabajo de cientos de personas decididas a lograr alcanzar una nominación o romper récords en taquillas. Todo eso es invisible para el espectador, no tiene sentido que sea de forma contraria.

Pero, la opción de un cine club, es la oportunidad de explorar el arte desde un espacio más íntimo, donde los asistentes comienzan a reconocerse, comparten opiniones al final del filme; la idea de formar parte de un círculo selectivo les permite disfrutar con maestría su pasión por el séptimo arte.

Además, los largometrajes proyectados ondean banderas de varias nacionalidades, actores, géneros, música, intensiones, técnicas, escenarios, todo como parte de una historia lejana, con un trasfondo cotidiano que reduce los límites geográficos, obligando a éstos a perder su significado. Esta es la maravilla de contar con espacios como El Muégano en la Biblioteca Los Mangos, la opción alternativa está cada martes, miércoles y viernes.

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*Comunicóloga, responsable del área de difusión institucional de la UNIVA Plantel Puerto Vallarta.