José Antonio Fernández

Luis Alberto Alcaraz y José Antonio Fernández, en gráfica tomada en el mes de noviembre del año pasado, durante una entrevista en el programa de radio de Pepe Fernández en la DK Guadalajara.

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Por Luis Alberto Alcaraz

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MI QUERIDO PEPE. Apenas el lunes pasado supe por un amigo común que el periodista José Antonio Fernández Salazar se encontraba gravemente enfermo. La última vez que hablé con él fue en noviembre del año pasado, cuando generosamente me abrió los micrófonos de su programa de radio en la DK Guadalajara, en el inicio de mi aventura como candidato independiente. Tras comer esa misma tarde junto a Claudia Delgadillo, entonces diputada local del PRI, nos despedimos como siempre. Increíblemente en los diez meses posteriores no tuve noticias de él, pese a la amistad que me prodigaba nunca quise abusar de su amabilidad, así que no lo molesté durante el tiempo que duró mi etapa de candidato, hasta que don Luis Reyes Brambila me comentó sobre su estado se salud. Por no tener tv por cable en mi casa no puedo ver el Canal 4 de Guadalajara, así que ni siquiera me enteré cuando Pepe dejó la conducción del noticiario nocturno para atender sus problemas de salud. Por eso la noticia de su grave enfermedad me tomó por sorpresa, como por sorpresa me tomó su muerte tres días después. Imposible para mí no ligar la muerte de mis tres grandes amigos que me hicieron sentir un gran amor por el periodismo: Héctor Morquecho, José María Pulido y Pepe Fernández, los tres miembros de un grupo de 12 periodistas que a finales de los 80’s nos reuníamos en el famoso restaurante Arthurs en la Av. Chapultepec de Guadalajara. Los tres geniales como amigos y excelentes como periodistas, amantes del buen vivo y la buena comida, expertos en el ejercicio de la amistad. Como dicen los clásicos, si existe el más allá, qué buenas fiestas están armando los tres en algún rincón del infinito.

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GENIO Y FIGURA. Conocí a Pepe Fernández en 1988, durante los primeros días de la campaña de Guillermo Cosío Vidarri para gobernador. Era desde entonces, como lo fue por más de 30 años, el periodista a seguir, el que representaba a Televisa, el reportero a quien todos los políticos querían tener cerca por la enorme proyección de imagen que garantizaba. Pero además de lo que representaba como periodista, como ser humano era genial, divertido, sarcástico, contundente, directo. Tuve desde entonces el privilegio de ser su amigo, de esos amigos que la distancia separó pero que siempre estaba dispuesto a recibir mi llamada. Al lado de Héctor Morquecho y Chema Pulido pasamos grandes momentos, aunque mi condición de abstemio me impidió siempre aguantarles el ritmo. Completaban el club reporteros como Eduardo Mar de la Paz, Antonio Romero, Carlos Martínez Macías, Alberto Nájar y José Luis Estrada, todos grandes periodistas, bebían buen vino y transpiraban gran periodismo, imposible no aprender de ellos. El tiempo, la distancia y la muerte nos separó, aunque Pepe, Chema y Héctor seguirán siendo una constante en mi vida porque los amigos sólo mueren cuando los olvidamos.

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LA CONQUISTA DE VALLARTA. “En Vallarta te vas a morir de sida o de cirrosis”, me sentenció Pepe Fernández cuando en 1989 le anuncié mi decisión de radicar en Puerto Vallarta, en alusión a los grandes peligros que implica esta ciudad por tanto sexo y alcohol que circula cada madrugada. Irónicamente Pepe no murió de cirrosis, mucho menos de un infarto, el cáncer fulminante fue el que lo derrotó. Mi llegada a Vallarta coincidió con los planes de Televisa Guadalajara de tener más presencia en el puerto, así que Pepe Fernández visitaba con frecuencia la ciudad, desde entonces se enamoró de Puerto Vallarta y aprovechaba cualquier motivo para venir a pasar unos días. Como cuando manejó desde Guadalajara en compañía de su inseparable Modesto Barros sólo para aceptar una comida de un gerente de hotel que quería conocerlo. Sorprendido por la inesperada invitación, Pepe llegó, comió y se fue, porque así era de generoso con quienes le brindaban su admiración. Imposible no admirarlo, tanto por su aspecto físico como por su talento periodístico que lo hizo ganador de un Premio Nacional de Periodismo y varios premios a nivel estatal. En Vallarta se hizo muy amigo de Rafael Yerena Zambrano y gustoso se dejó querer por los hombres del poder local, aunque sólo con el cetemista cultivó una profunda amistad que se mantuvo hasta su muerte.

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UN COMPADRE EMERGENTE. Don Armando Morquecho Preciado fue mi gran maestro en el periodismo político, pero su hijo Héctor fue un hermano para mí, tanto en lo personal como en lo profesional. Por eso lo escogí como padrino de mi hija Michel allá por 1992, tres veces intentamos el bautizo pero la agenda de Héctor lo impidió. Al final se puso la fecha pero Héctor tuvo que viajar a la Ciudad de México, así que me vi obligado a buscar un padrino emergente. Mientras los invitados empezaban a llegar a la iglesia de Guadalupe le pedí al Capitán José Luis Niño Rodríguez que me esperara en la iglesia mientras yo salía hacia el aeropuerto a buscar a José Antonio Fernández, quien coincidentemente ese día llegaba a Puerto Vallarta para cubrir una gira de trabajo del gobernador. No lo alcancé en el aeropuerto pero lo encontré en el lobby del hotel Hacienda Buenaventura cuando se estaba registrando. “Pepe, quiero pedirte un favor” –le dije después de saludarlo. ¿De qué se trata? –me pregunto. “Quiero que seas mi compadre, que bautices a mi hija”. Claro que sí, -me dijo sorprendido, ¿cuándo? “Hoy” ¿Hoy? “Hoy, ahorita, ya nos están esperando en la iglesia”. Así nos hicimos compadres José Antonio y yo, aunque la amistad prevaleció más que el compadrazgo. Por encima de todo Pepe siempre fue y será una luz en mi camino, un ejemplo a seguir en lo personal y lo profesional, un orgullo para su familia y para quienes tuvimos el gran honor de conocerlo de cerca.

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POSDATA. Mucha gente no lo sabe, pero José Antonio fue hijo de un distinguido fundador de la Universidad Autónoma de Guadalajara, Dionisio Fernández Sahagún, quien falleciera trágicamente la noche del 2 de junio de 1958 cuando el avión de Aeronaves de México que acababa de despegar se estrelló en el cerro Picacho, en el municipio de Tlajomulco. Aunque oficialmente se dijo que la causa del accidente fue una falla del motor, hasta el día de hoy prevalece la duda, ya que se rumora que Dionisio y otros personajes de la UAG viajaban a Roma con un expediente en contra de un alto jefe de la Iglesia Católica de Jalisco, por lo que se maneja la teoría de un bombazo. Pepe tenía apenas dos años cuando su padre murió, pero la sombra de la tragedia lo acompañó toda su vida debido al respeto que mucha gente tenía por la memoria de su progenitor. Dionisio Fernández, su hermano, fue un destacado directivo del futbol mexicano, especialmente ligado al club Tecos.

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VOX POPULI. Entre las muchas anécdotas que Pepe compartía recuerdo en especial una: antes de ser reportero de Canal 4 formó parte del equipo de trabajo del ex alcalde de Tlajomulco, Antonio Sánchez, quien era delegado federal de la SEDUE en Michoacán durante la gubernatura de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Aburrido de no hacer nada en la oficina, un día Pepe tuvo la ocurrencia de ordenar un enorme operativo para detener a los traficantes de especies protegidas que eran vendidas en los mercados de Michoacán. El operativo fue impresionante pero las repercusiones políticas fueron inmediatas debido a los grandes intereses económicos que se vieron afectados. Tras un fuerte regaño de Toño Sánchez, Pepe tuvo claro que estaba en esa oficina para cobrar, no para trabajar.