¿Empoderar al pueblo o al ciudadano?

AMLO.

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Al diablo las instituciones…
Andrés Manuel López Obrador

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Por Octavio Urquídez

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Una consulta popular para definir el destino del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México está en vías de realizarse en las próximas semanas. Más allá de las razones, o sin razones, que se manejan para justificarla, dos cosas me llaman la atención: su novedad y su naturaleza. En primer lugar, aun y cuando está contemplada en el artículo 35 de la Constitución Federal como un derecho del ciudadano, pocas veces, o nunca, ha sido empleada para conocer la opinión de la sociedad como parte del proceso de decisión sobre una obra pública, para continuarla, suspenderla y/o reemplazarla en este caso particular. En segundo lugar, la manera en la cual se está organizando, alejada por completo de la institucionalidad, no puede menos que preocupar.

Un argumento encubre la intención del nuevo gobierno para llevar a cabo la consulta: el pueblo es sabio, tal vez con base en dos conocidas frases: “La voz del pueblo es la Voz de Dios”, una; y dos, otra un poco más extensa, aunque menos conocida: “Si el pueblo dice que es medianoche, llegó la hora de prender los faroles”. Me parece que ninguna de ellas resiste el análisis más somero, así que, apoyándonos en otra sentencia popular (“Piensa mal y acertarás”) nuestro sospechosismo nos lleva a escarbar en las intenciones políticas subterráneas en busca de una razón, o sin razón, no expuesta. La encontramos en el artículo 35, Fracción VIII, Párrafo 2º que, respecto al número de ciudadanos convocantes a la consulta, dice: “…Cuando la participación total corresponda, al menos, al cuarenta por ciento de los ciudadanos inscritos en la lista nominal de electores, el resultado será vinculatorio para los poderes Ejecutivo y Legislativo federales y para las autoridades Competentes…”. Veamos: para un candidato que recientemente triunfó con una mayoría abrumadora conseguir el cuarenta por ciento, como se dice por ahí “es pan comido”. O sea que la decisión ya está tomada, y sólo quiere culpársele al pueblo de su definición. “Bonita cosa…” como decía mi gran amigo don José Luis Leal Sanabria cuando algo le parecía una soberana  tomadura de pelo. No veo qué puede justificar el riesgo de perder un capital político tan difícilmente logrado con una decisión que no deja de ser ligera. Un capricho, pues.

El asunto es todavía más interesante. La institucionalidad de la consulta es un requisito constitucional. “El Instituto Nacional Electoral tendrá a su cargo, en forma directa, […] la organización, desarrollo, cómputo y declaración de resultados” (Art. 35, Fr. VIII, Párrafo 4º). Hasta ahora, que se sepa, el INE no está oficialmente enterado de este evento. El “Peje”, como candidato podía mandar al diablo al mismo Satanás, si así le parecía. A Andrés Manuel López Obrador, ya convertido en Presidente Electo, le obliga respetar y hacer respetar las instituciones nacionales, mientras estén en vigor. Sería lamentable llegar al primero de diciembre de esta manera, con la integridad en entredicho. Un pensamiento malsano asoma en un horizonte que hasta hace poco era de esperanza plena. Lorenzo Meyer lo expuso a su manera, unos cuantos meses atrás: “El Estado autoritario anula la democracia en México y deja sin sentido las elecciones”.

A Hesíodo, poeta griego del siglo VIII AC, se atribuye la paternidad de la locución latina Vox populi, vox Dei. Es una expresión insustancial, inapropiada en los tiempos actuales como justificante en la toma de decisiones gubernamentales.

El pueblo al que Hesíodo se refiere, era un conglomerado humano definido y elitista, con una ciudadanía también limitada en sus alcances y derechos, empoderada en la práctica cotidiana de la democracia directa. La idea de Dios de aquella cultura, como todos sabemos, se diferencia en forma absoluta de la que hoy tenemos y en la que creemos, o descreemos. El ágora moderna es infinitamente mayor y diversa de la que utilizaban los griegos en sus asambleas.

Por generaciones hemos sido educados en un oficialismo apabullante, en cuyos apotegmas el pueblo tiene un protagonismo histórico incuestionable. Se nos ha enseñado que el pueblo mexicano forjó la Independencia, construyó la Reforma y consolidó el nacionalismo en la Revolución de 1910. Cierto, esos movimientos sociales tuvieron mucho de populares en cuanto consagraron la participación del pueblo en todos sus triunfos y también en sus fracasos. Era un proceder sin justificación patriótica, por decirlo de alguna manera, revolucionarios más por sentimentalismo o por necesidad. Situación muy bien aprovechada por los adalides que la utilizaron para alcanzar logros que hoy son parte sustancial del hacer y del quehacer de nuestras vidas. No obstante, fuera del Plan de San Luis promulgado por Madero, las demás luchas se iniciaron y desarrollaron sin la presencia convocada del pueblo y, por el contrario, en no pocas ocasiones sustentadas en la gleba o en el reclutamiento forzoso que, obviamente, no se correspondía con ninguna postura ideológica.

Vale entonces preguntarse si una convocatoria al pueblo, entendido como el conjunto de moradores de una localidad llamada México, sin discriminación alguna entre sus integrantes ni por edad ni por posición económica ni mucho menos en cuanto a preferencias ideológicas o de género, legitimará las decisiones que moral y jurídicamente corresponden a la autoridad electa en un proceso que fue democrático sin duda alguna.

Pueblo, pues, somos todos, con los abismos subjetivos y materiales que van de uno a otro. De esta manera, convocar al pueblo no deja de ser una mera intención retórica. Y si somos un poco maliciosos, demagógica y populista en grado extremo.