La frivolidad en la política mexicana

Andrés Manuel López Obrador

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La democracia es la claridad con que se exponen los problemas y la existencia de medios para resolverlos.
– Enrique Mújica Herzog.

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Por Octavio Urquídez

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La palabra frivolidad admite dos acepciones generales. Una, la más común, está relacionada con el hedonismo, es decir, con una conducta en la cual se da tanta prioridad al placer (de gobernar, por ejemplo) que las aspiraciones y expectativas personales se anteponen definitivamente a las esperanzas de los demás, hasta llegar incluso a asumir y aceptar actos inmorales. El fin justifica los medios, se dice remedando la sentencia acuñada por Nicolás Maquiavelo.

Esto podría tolerarse si lo que está en juego no afecta los ejes principales de la sociedad. No es de manera alguna justificable, toda vez que tomar a la ligera los valores fundamento de la vida democrática o de la dignidad humana, está lejos de representar un valor político y tiene graves consecuencias sociales. En todos sentidos deriva en una actitud superficial, normalmente individual o de un grupo estrechamente vinculado por intereses y compromisos particulares.

La otra cara de la frivolidad involucra comportamientos colectivos y representa una deformación de la sociabilidad, fundamentada en subjetividades y, por lo mismo, alejada de todo convenio solidario. Esta acepción es de índole social y encierra el convencimiento de que la satisfacción depende, sino de forma exclusiva si preponderante del placer material y físico. En sentido estricto podemos decir que se trata del fruto malévolo del sistema educativo que envenena a gran parte del conglomerado, bajo la influencia coercitiva de la élite gobernante.

Se conforma, así, una manera de vida que limita el desarrollo personal y abandona la creatividad, propiciando el estancamiento social y el desarrollo económico, más no el crecimiento material, aunque restringe la justa y correcta distribución de la riqueza. Desigualdad y exclusión son sus frutos inevitables.

En una sociedad frívola, las ideologías desaparecen y el pragmatismo rige las relaciones políticas. En consecuencia, los partidos olvidan sus principios rectores y se pierden en una maraña de intereses que tiene todo, menos preocupación por lo fundamentalmente social. La política acaba siendo despreciada por las mayorías, o puesto en duda su objetivo democrático. En consecuencia, la participación ciudadana institucionalizada, la sociedad civil organizada y la defensa de los valores idiosincráticos y los derechos humanos se convierten en elementos incómodos. El ciudadano, como unidad democrática, termina siendo un simple instrumento electoral, sujeto a ser consultado solo cuando a la élite convenga dar supuesta legitimidad a sus decisiones.

Don Daniel Cosío Villegas escribió una obra memorable, “El estilo personal de gobernar”, según se dice con dedicatoria especial para Luis Echeverría Álvarez, pero que adquiere actualidad frente a la manera tan particular que tiene don Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de enfrentar los prolegómenos de su desempeño presidencial.

Dos cosas llaman la atención: primera, la velocidad en el manejo de los asuntos públicos y, segunda, la aparente superficialidad de las soluciones propuestas. Después del letargo gubernamental que ha originado la incomodidad social, no es de extrañar que los asuntos se manejen con tal rapidez; es parte de un mesianismo difícilmente velado.

La toma de decisiones apresurada puede tener como causa el conocimiento previo que de los problemas debió adquirir el ahora presidente electo en el periplo de su larga campaña electoral. No puede negarse que, además de fabricar su victoria, AMLO obtuvo de primera mano, en el terreno de los hechos y relatados por sus propios actores, una amplia información de cada uno de los problemas que padece el país. Lo que, por supuesto, dificulta entender el porqué y el cómo de muchas de las medidas asumidas. Lo que resalta, al final de cuentas, es el alejamiento inconcebible que del manejo palaciego hace gala el futuro mandatario, para quien la alta burocracia parece ser nido de víboras y génesis de todas las corrupciones, ciertas o supuestas, que constituyen la justificación de algunas de tales decisiones. Frivolidad es el fantasma que aletea su sábana en el escenario.

No hay motivos para suponer que AMLO sea frívolo. Por el contrario, su comportamiento personal acusa una declarada inclinación hacia la mesura y la austeridad. No obstante, tres situaciones propiciadas por el entramado que él ha creado como estrategia electoral, generan inquietud: la mediocre calidad de un congreso elegido de manera aplastante hace temer por medidas fuera de toda ortodoxia: 1) el increíble canje de la dignidad de su bancada senatorial con tal de asegurar la mayoría absoluta en la Cámara Baja, sin ninguna justificación ni siquiera estratégica. Este es un pecado original que los marcará por el resto del sexenio. A esto se suman otros hechos alarmantes que hacen temer que cada sesión del Congreso se convierta en un mitin callejero; dos, la forma, fuera de toda práctica parlamentaria, en la cual los morenistas arremetieron contra la dirigente del Partido Revolucionario Institucional (PRI); que no se confundan, San Lázaro no es el nombre de un mercado público; y 3) la grosera interpelación de Gerardo Fernández Noroña a don Porfirio Muñoz Ledo. En un movimiento de índole política manejado unipersonalmente, como MORENA, surge la interrogante sobre la capacidad de AMLO para meter en cintura a sus huestes parlamentarias. Esperemos que sí pueda lograrlo, por el bien de todos.

Las decisiones frívolas tienen negros antecedentes en la política mexicana. Algunas derivaron de conductas familiares. Otras son parte del “anecdotario” político de nuestros gobernantes. Algunas llegaron a los tribunales, otras se perdieron en el olvido social. No queremos más de eso: ni familiares incómodos, ni políticos prepotentes y atrabiliarios. Gobernar no es un acto de adivinanzas ni de ocurrencias. Es un acto de responsabilidad personal y corresponsabilidad social.

Ante esta situación, me viene a la mente una frase del célebre y polifacético Woody Allen:

“El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y se acabó la guerra. El político hizo un gesto y despareció el mago”.