¿La última gran batalla del mundo occidental?

Sólo tengo una ambición: ver a la humanidad toda junta, negros, blancos, todo el mundo viviendo juntos.
– Bob Marley.

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Por Alfredo César Dachary

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En el siglo XV emerge un movimiento denominado Modernidad, fruto de muchas transformaciones que culminaría, para poner un hecho icónico con el mal llamado “descubrimiento de América”, ya que éste fue en el siglo X por los vikingos, esos bárbaros que hoy tiene la sociedad más civilizada del planeta.

La Modernidad tenía una contra cara, que fue el colonialismo, crecer y expandirse para dominar, controlar para explotar, ¿pero por qué?, la raza elegida la blanca europea algo que, cinco siglos después, se perfecciona en el nazismo, el apartheid y otros modelos aún vigentes o recién planteados.

Para consolidar esa falsa ideología se buscó un referente indiscutible que fue la religión católica y luego se le sumó la protestante, que decían que todas las criaturas en el mundo eran creadas por Dios a su imagen y semejanza, lo cual no coincidía con los pueblos descubiertos con lenguas difíciles de entender, costumbres muy distintas a las europeas y un concepto de la vida diametralmente opuesto.

Si bien en América, África y Asia hubo grandes imperios que sintetizaron grandes culturas, la mayoría de los pueblos que convivían con éstos tenían como criterio de vida y futuro, lo que Levi-Strauss definió como las sociedades frías, que ignoran deliberadamente su pasado histórico pues prefieren repetirlo, se distinguen, por su reducido efectivo demográfico y su modo mecánico de funcionamiento, de las sociedades calientes, aparecidas en diversos puntos del mundo tras la revolución neolítica, y donde se estimulan sin tregua las diferenciaciones entre castas y entre clases, para extraer de allí el devenir y la energía. Eran sociedades no competitivas, para los europeos otro elemento para considerarlos salvajes, bárbaros, ignorantes y demás calificativos que acentuaban su diferencia con ellos.

El colonialismo así divide al mundo en dos: los salvajes y los civilizados, o sea, el resto del mundo y Europa, luego en atrasados y modernos, para seguir con países pobres y ricos, y llegar a subdesarrollados y desarrollados, luego el centro y la periferia, hoy los países muy desarrollados, los emergentes y los pobres.

En cinco siglos no hubo cambios significativos, solo en el siglo XIX que el racismo encontró bases científicas, falsas al fin, pero aceptables por la “raza superior”, y por una casualidad en cinco siglos los países colonizadores y conquistadores son los ricos y los colonizados los pobres, con las excepciones de los países donde los indígenas fueron relegados “elegantemente” antes de exterminar una gran parte y luego repoblados por blancos como Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia y Canadá.

Hoy, el siglo XXI, en la lucha por la hegemonía que va más allá de la económica, porque engloba la social y cultural, la búsqueda de una cultura única implica el exterminio del resto, el mundo ve ejemplos claros del colonialismo reflejado en los países de la periferia, en un ejemplo muy concreto y emblemático, el color de la piel.

El mundo del siglo XXI lucha por consolidar la globalización más allá de lo económico, el control de la lengua. Hoy el inglés es legua franca en comercio, servicios y transporte, y el consumo, la estación a la que llegó la sociedad actual y que no deja de crecer y hacerse parte esencial en la vida.

Faltaban los elementos que nos dividen artificialmente, pero efectivamente, la piel y no es casual que los continentes más castigados por el colonialismo sean donde se está dando esta lucha, que tuvo como pionero ícono al rey del pop Michael Jackson, que logró transformar su piel negra en blanca.

En Lagos, Capital económica de Nigeria, hay un hecho que marca la gravedad de esta tendencia en crecimiento y fue en la Facultad de Medicina, donde la doctora Isima Sobande escuchó hablar de madres que decoloraban la piel de sus bebés, creyó que se trataba de una leyenda urbana, pero tiempo después de que fuera enviada a un centro médico donde registró el ingreso de un bebé de dos meses, que se retorcía de dolor, con forúnculos muy grandes por todo el cuerpo.

Así, la joven médica descubrió entonces que su madre le estaba aplicando una crema de esteroides mezclada con manteca de karité, una ‘receta básica’ conocida por muchos nigerianos.

En África, el blanqueo de la piel no es novedad, pese a que los médicos llevan años advirtiendo sobre los riesgos que pude tener para la salud este tipo de métodos para aclararse la piel. Por lo que los adalides de la conciencia negra están indignados por esta herencia nefasta y este lavado de cerebro, fruto de siglos de esclavitud y de colonización.

El uso de productos para blanquearse la piel es creciente, en particular entre adolescentes y jóvenes, explica a la AFP Lester Davids, profesor de Biología Humana en la Universidad de Pretoria, en Sudáfrica, ya que la anterior generación utilizaba cremas, la nueva utiliza píldoras e inyecciones, sin poder saber qué consecuencias a largo plazo tendrán esos productos, que están aún más concentrados.

El mercado africano está en expansión para este proceso, la gran mayoría de éste son jóvenes, que consideran que el cambio de color de la piel les ayuda en la búsqueda de trabajo, en el amor y, en general, en la posición social.

Nigeria es un gigante con más de 180 millones de habitantes, el 77% de las mujeres, es decir, más de 60 millones de personas, suelen utilizar a menudo productos de blanqueo de la piel, según un informe de la OMS de 2011.

Si bien los consumidores de más nivel económico pueden permitirse comprar productos testados, los otros compran cremas con niveles peligrosos de productos que frenan la síntesis de melanina.

Entre estos, se encuentra la hidroquinona (derivado del glúcido, prohibido en los productos cosméticos de la Unión Europea), los esteroides e incluso el plomo, que mató a muchos cortesanos de la reina Isabel, adeptos en su época a polvos blancos y maquillajes pálidos.

En Nigeria, Sudáfrica y Kenia están totalmente prohibidos que tengan una fuerte concentración en hidroquinona y mercurio, y el Estado sudafricano de KwaZulu-Natal instó a sus habitantes a ‘rechazar cualquier forma de belleza colonial’.

El gobierno de Ghana publicó un mensaje preventivo para advertir de los peligros a los que se somete al feto cuando las mujeres embarazadas toman tratamientos, especialmente para que la piel del niño sea más clara desde su nacimiento.

Dabota Lawson, un ícono nigeriano de las redes sociales, montó su propia marca de cosméticos y ensalza los beneficios de sus cremas y de sus inyecciones, que también curan el acné. Pela Okiemute o “el rey de la belleza”, como se apoda a sí mismo, se ha convertido en la gran estrella de los productos de blanqueo de piel en Internet con su crema “Blancura rusa”, que promete un moreno mestizo.

Su crema “Real Cleopatra” presentada con una foto de Elizabeth Taylor en su personaje de reina de Egipto, vuelve la piel “clara y radiante” con unos resultados visibles en dos semanas.

El trauma poscolonial, contrario a lo que debería hacer, refuerza el conveniente mito de superioridad blanca, en un entorno global donde ese color de piel ha sido impuesto como símbolo de poderío y de éxito.

De ahí que muchos que no entran en el canon producido y reproducido por los grandes medios de comunicación, con alcance global, buscan encajar y para ello se someten a complicadas transformaciones del cuerpo, incluso con daños a su salud. Desde el uso de sustancias químicas peligrosas hasta intervenciones quirúrgicas, los tratamientos ponen en peligro las vidas de millones de personas a las que se les ha vendido un sueño prefabricado.

Carece de sentido fustigar a quienes hacen esta clase de transformaciones en su cuerpo porque, a fin de cuentas, ellos solo reproducen lo que les han enseñado toda la vida. Si bien es una decisión personal, está motivada por concepciones psicosociales y creencias que nacieron antes y morirán después que ellos. Como murió Michael Jackson, a los 50 años, y han muerto muchos tras su sombra.

Pero esto no se limita a África, ya que también se da en Asia donde los analistas muestran su preocupación por la facilidad con la que este racismo global y sus anuncios es aceptado en Asia, y especialmente en China, Japón, Filipinas y Corea.

En este último país, la cirugía estética en los párpados para lograr unos ojos redondos es uno de los remedios favoritos para lograr un aspecto más occidental. Aunque el cambio no es radical, sí se logra el efecto de unos ojos más grandes, dicen los especialistas.

En Estados Unidos, ésta es la tercera cirugía estética más buscada, sólo tras la liposucción y el aumento de pechos. Los descendientes de asiáticos son los que más la piden y anualmente se hacen unas 120,000 operaciones a gente de esta comunidad, según la Asociación Estadounidense de Cirujanos Plásticos.

Ésta es quizás una de las grandes batallas de las sociedades por no perder su identidad y no caer en una homogenización que los integra de manera periférica, es una lucha por el orgullo de lo que se es y lo que fueron sus antepasados, un tiempo que cada vez se diluye más en un mundo inmediatista.

Esta es la meta de las grandes mayorías que pueden ser minorías frente a la población mundial; la otra es la de las grandes minorías las que son menos del 1% de la población global, cuya meta va más allá, porque aspiran a la prolongación de la vida, aunque sea de una forma artificial.