Pequeña reflexión

Por Nacho Cadena

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Amaneció como todos los días en el paraíso. El aire transparente, el sol con la ternura de la mañana temprana, el gallo de Don Pepe, el vecino, más cantador que de costumbre, eso sí, en el mismo tono y con la misma nota que usualmente desafina, el mar aburrido como una taza de agua. A lo lejos en la línea del horizonte puedo ver unas aves marinas volar, deslizarse en el aire sin ningún esfuerzo, supongo que estarán platicando con el viento y desde arriba disfrutan el paisaje, la naturaleza, la creación perfecta, de la misma manera que o hago desde mi balcón.

Es el momento preciso de mirar hacia adentro, de hablar sin palabras con el yo interior, es la hora exacta de la reflexión, del regocijo del espíritu. Es el rato de agradecer a la vida sus regalos, el privilegio de existir, de estar rodeado de belleza y de cariño. Es el momento exacto de guardar silencio y ejercer solo el acto de la contemplación. Es el tiempo corto de cada día, del recuerdo de nuestro hacer y de la fijación de propósitos. Es el minuto de recordar a nuestros seres más queridos, a los presentes y los ausentes, los que viven y los que ya se fueron a gozar de otro tipo de bellezas.

Es la fracción de tiempo que nos da el día para la sinceridad, para platicar con nosotros mismos sin eco, sin poses, sin presunciones. La verdad y nada más que la verdad. Que mejor que ser honestos con nosotros mismos y regañarnos si lo merecemos y apapacharnos si nos la ganamos. Es la hora del balance, no el contable que es circunstancial es la vida, el del día que pasó, el ayer. Y claro, también es el momento del replanteamiento, del ajuste de rumbo, del reencuentro, el hoy, el presente. También es una muy buena hora para mirar para adelante, para futurear, para planear lo que sigue, lo que quiero.

Todo esto me decía Champoleón, el gran filósofo, mi asesor decano. Para quien no lo conozca, les diré que es quien me habla al oído, me aconseja, me dirige y me corrige. Mis mejores amigos me dicen que es una fantasía, sin saber a ciencia cierta que Champoleón, sin ser de carne y hueso, es una figura real, existe, para mi tranquilidad Champoleón siempre está presente, dispuesto a estar conmigo cuando se lo solicito. ¿A poco tú no tienes tu propio Champoleón?

El sol tierno de la mañana tempranera tiene virtudes especiales; es el sol que rompe la oscuridad de la noche, por aparecer delicadamente, con ternura y suavidad por atrás de las montañas.

El un buen momento para fantasear, para hacer historias, para escribir poesías, para tener pensamientos positivos, para hacer actos de fe, para hablar de la verdad, para entablar compromisos.

A esa hora, del sol nuevo, es hora también de hacer juicios, de poner las realidades en la balanza, de medir fuerzas y flaquezas, considerar las habilidades y las limitaciones, los posibles y los imposibles.

Hoy pienso en lo mucho que tenemos y lo poco de lo carecemos… sin embargo, cuanto pedimos de más, cuanto queremos de sobra. El que tiene dinero y es rico quiere poder y el que tiene poder quiere fama y el que quiere fama quiere reconocimiento y este quiere otra vez más dinero y se repite el círculo hasta correr el riesgo de perder la figura y el sentido de la vida.

Teniéndolo todo, cuantas veces nos disculpamos de no obtener logros o no cumplir objetivos personales porque nos falta algo que no es indispensable. “Si yo tuviera esto o lo otro ya habría cumplido con mi trabajo o con mi compromiso”. Nos convertimos a veces en seres que tenemos más razones para justificarnos que razones para cumplir. Tenemos salud, medios, facultades, recursos, tenemos todo, menos ganas, deseos, voluntad para llegar a donde debemos estar.

Lo digo ahora porque estoy pensando que en cambio hay hombres y mujeres sin tener nada logran todo. Sin tener nada en lo materia, sin tener siquiera buena salud y facultades físicas completas, son capaces de lograr todo. Eso sí, son seres llenos de decisión, de entrega, de buenos propósitos, de determinación, de capacidad de logro.

No conocen las excusas, ni los inconvenientes, ni las malas razones, ni los lamentos, ni los cansancios… solo saben de esfuerzo, de trabajo, de intentar, de caer y levantar, de brincar obstáculos, de quitar las piedras del camino. Son hombres y mujeres que no saben rendirse, ni quedarse en el camino.

En estos ratos de leve sol de la mañana tempranera es hora de mirar a esos hombres y mujeres que nos enseñan a no consentirnos tanto, a no poner tantos pretextos, a no desear más de lo que necesitamos.

Por hoy fue todo. Muchas gracias. Hasta el próximo viernes.