Alfonso Tovar Canal (+)

Alfonso Tovar Canal.

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Por Dr. Miguel Ángel Rodríguez  Herrera

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No cabe duda que los grandes pueblos se componen de tres cosas, unidas de manera indisoluble, un territorio copioso en recursos, un orden justo y, sobre todo, una población de individuos dotados de valores. El resultado de estos tres elementos es una comunidad sana, rica y progresista.

Es el caso de Puerto Vallarta, en donde existe un espacio geográfico con riquezas invaluables  tales como ríos, mar, fauna, flora, acceso disponible y, además, un lugar de una preciosidad incomparable. Un sitio de ensoñación que fue el motor para que se establecieran sus primeros autóctonos.

El orden justo es determinado por el Derecho y la Moral. Las normas jurídicas y éticas deben ser las adecuadas a las características de un conglomerado humano, tomando en cuenta idiosincrasia, costumbres, actividad principal, religión, etc. de lo anterior depende, en gran medida, la efectividad de esas normas.

La paz de Puerto Vallarta es el ingrediente social que le ha dado la nombradía mundial. En Vallarta hay acatamiento, tolerancia y hospitalidad de sus vecinos; ello hace que todo el conjunto social goce de una apacibilidad poco común y que lo distingue de otras ciudades. La gente de Vallarta es sosegada.

Sin embargo, la parte fundamental es la gente. El pueblo está formado por personas que arribaron a Vallarta, oriundos de profusos y heterogéneos lugares; con usanzas totalmente disímiles. Esa diversidad es la que hace que se produzca la fortuna pues cada quien aporta lo que otro no tiene y así se satisfacen todas las necesidades.

Cada uno de los que llegaron al Puerto poseían pericias y valores propios; cada uno aportó su brío en beneficio de todos los demás. Pero no sólo satisfactores de necesidades materiales sino actitudes llenas de valores positivos.

Uno de esos pioneros fue Alfonso Tovar Canal, originario de Cuautla, Jalisco, quien desembarcó, hace muchos años, en las deliciosas playas de Cabo Corrientes para luego establecerse en las partes altas y montañosas de la cordillera. En el Refugio Suchitlán.  Ahí procreó una multitudinaria familia  para luego trasladarse a los infinitos litorales de Vallarta,

El Herrero, como amistosamente conocían a Alfonso, fue ese hombre que con su sudor e inteligencia, contribuyó a construir al Vallarta de hoy. Generador de una pródiga familia acrecentó la riqueza cuando sus hijos hacían lo propio para el bienestar del Puerto.

Lleno de un carácter positivo, de una inteligencia preclara y de una voluntad entusiasta, pronto progresó compartiendo a los demás los bienes que con su trabajo obtenía. Fue uno de tantos y tantos hombres que, desde el anonimato, ayudaron a formar lo que hoy es Vallarta.

Hombres sin voz y sin rostro, hombres con valores, son aquellos los que verdaderamente hacen boyante  no sólo a Vallarta, sino a cualquier lugar donde se establecen. Hombres alejados de la fama y del poder son la base de los que ejercen aquellos dones.

Hombres que viven y mueren en la oscuridad, hombres queridos por sólo un puñado de personas, desconocidos para las masas populares; son todos esos los auténticos pilastras de una población. Sin ellos ningún sitio avanzaría en perfección, porque ellos son los fidedignos hacedores de la civilización, de la cultura.

En alguno de aquellos pasados días Alfonso Tovar dejó de existir biológicamente, para trascender a donde sí tendrá palabra y perfil, en donde se le reconocerá, al fin, como a infinidad de otros más, las obras que realizaron para edificar al Vallarta moderno y pujante, por dar vida a otros y extender la patria. Esa familia legión testimonia el paso y la presencia de Alfonso Tovar por las inmensas y voluptuosas playas del paraíso escondido, llamado y aclamado por todo el orbe como: Puerto Vallarta.

Gracias Alfonso por dejarnos a tus hijos de tus hijos porque aportaste algo más valioso que el oro y las armas: nos distes pensamientos de Dios llamados seres humanos.

¡Gracias por haber vivido en Puerto Vallarta!