Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos. Entrega 3

Por Federico León de la Vega

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Un día, la visita a su antigua escuela produjo un encuentro inesperado. Una chica dos años mayor que él le preguntó si traía auto. Vivía cerca y necesitaba llegar a casa. Había venido a dejar a su hermanito a clases, pero no podía quedarse toda la mañana.

Responder con un sí a aquella pregunta lo embarcó en la cita para su primer encuentro completo con una mujer. Antes de bajar del auto la chica se despidió con un beso, al que siguieron un abrazo, unas caricias y después un incendio. Apearse le tomó al menos veinte minutos. Al final le preguntó qué  haría por la noche. Ella se encargó de todo. Unas horas más tarde se reunieron y sucedió.

A eso de la medianoche Íñigo regresó a la casa de sus padres; estaría de visita una semana más antes de regresar a la universidad. En el recuento mental de la aventura, tuvo que desenredar lo deseable de lo indeseable. El sexo había sido desde luego deseable. La extraordinaria sensación de penetrar esa cálida  humedad, de tocar y ser tocado, el contacto total de piel a piel con una mujer, suave y delicada… esos olores exóticos. Todo era excitante. Inevitable desear más de aquello, pero luchaba por borrar de su mente las preocupaciones a consecuencia del encuentro.

La chica tenía pelo negro y ojos azulados, parecía limpia y muy segura de lo que hacía. Además tenía una linda figura. Sus piernas eran de concurso. Le había dicho que no se preocupara, le aseguró que había tomado sus precauciones, que todo estaría bien. Íñigo aborrecía preocuparse. Desde muy temprano en su infancia había aprendido que la culpabilidad era una carga pesada que no dejaba  libre al quien la cargaba. Veía su conciencia como una “bodega de recuerdos” que convenía tener limpia. Pero tal vez no debía ser tan quisquilloso. Después de todo, como decían sus compañeros, era natural.

Tal vez la sensación incómoda venía de que la chica no era de su entero gusto. Ella era ligeramente prognata. Nunca le agradaban las prognatas. Quizá era eso, o tal vez lo oscuro de sus pezones. Sin embargo, al final su tren de pensamientos corrió por la vía olvidada y tuvo que reconocer el origen de su malestar. No era una molestia, sino el dolor de una vieja herida que rompía su costra y se abría de nuevo.

Lo que había hecho falta era el dulce aliento, las pecas y las finas facciones de M, su primera novia. A los 17 años había conocido un amor que no lograba reemplazar. Tuvo que admitir que 3 años después aún la extrañaba, quizá esta noche más que antes. Hubiera cambiado ese encuentro total por un abrazo de M, de esos en que los corazones se sincronizaban a pesar de la barrera de la ropa.

Recordó con ternura el rosa pálido que una vez, de reojo por el escote del traje de baño de su antigua novia, había llegado a vislumbrar un pezón ¿la extrañaría por siempre, a esa que nunca tuvo? Su joven corazón se preguntó durante muchos años si la herida llegaría a sanar, si volvería a experimentar la conexión entre almas, aquella que temía no volver a encontrar.

A la verdad la chica de esta noche se portó magnífica y generosa, pero nunca la volvió a ver. No lamentó eso; más bien lamentó no poder olvidar su nombre. Quedó como graffiti en su bodega de recuerdos. De esta primera experiencia Íñigo comenzó a detectar el deseo en la mirada de algunas mujeres. Difícil de describir, pero inconfundible.

Continuará…
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