“Kenna” y “Willa”: Convergencias y diferencias

El 25 de octubre de 2002 el huracán “Kenna” golpeó con fuerza el corazón de Puerto Vallarta.

.

Por Nacho Cadena

.

LO QUE EL “KENNA” NOS DEJÓ

Cuando la parvada de gaviotas volvió al mar volando gustosas en grupo, disciplinadas y alegres, supe entonces que el huracán había pasado.

Con esa tranquilidad que te dan los expertos meteorólogos, en este caso unas aves marinas, inicias las acciones de emergencia para buscar la normalidad, que para algunos desgraciadamente fue difícil encontrar.

Algunos amigos cercanos sufrieron la furia de la naturaleza, ese grado de poder que toma y arrebata a veces lo que no le corresponde. Después viene primero la aceptación y de inmediato el desplante humano de no resignarse, sino levantarse y con fuerza y coraje, corazón por delante, con grandeza arreciar los esfuerzos, agudizarla inteligencia, acrecentar la voluntad, para volver a poner todo en el lugar que corresponde.

La enorme fuerza de la naturaleza no es suficiente para vencer a los hombres y mujeres de carne y hueso, de alma y espíritu, de inteligencia y voluntad. La indomable capacidad humana, por querer vivir, someterá siempre a los -a veces- despiadados embates de la naturaleza.

Y ante el resurgimiento del hombre, de la raza humana, ante el afán implacable de la humanidad por seguir su camino, las piedras, las rocas, los vientos, las aguas ceden ante el valor de los hombres, que creen en sí mismos y más allá y sobre todas las cosas, creen en Aquel que rige los destinos del orden universal.

.

¿QUÉ NOS DEJÓ EL HURACÁN?

No tengo ganas de hacer análisis profundos, solo quiero dejarme llevar por lo que veo, por lo que siento, por lo que oigo: Amor, unidad, solidaridad, interés comunitario, ayuda mutua.

Cómo nos dolió a todos el dolor ajeno. Nunca se había visto tanto amor al prójimo, ganas de ayudar o al menos ganas de consolar o de hacer olvidar.

Llamadas cruzadas de teléfono, correos electrónicos, mensajes, queriendo saber, queriendo aliviar, queriendo dar.

La generosidad se desbordó entre los hombres y las mujeres de este pueblo. Comprendimos que el “nosotros” va mucho más allá que el “yo”. Que lo mío no es tan mío y que lo superfluo es menos importante que lo necesario. Nos dimos cuenta que las cosas van y vienen, pero el cariño, los quereres, ahí están, incólumes, más fuertes que las marejadas y que las olas de diez metros.

Supimos y aprendimos que un buen apapacho vale más que un número de seis ceros, que la amistad va mucho más allá que un “hola, qué tal”.

Que la solidaridad no es solo un programa de gobierno sino una actitud de vida. Qué bueno saber que juntos somos más que uno, que no hay fuerza más grande que la unidad, ni mejor logro que el que tenemos todos juntos. Por eso, el maldito huracán que por cierto ni quiero acordarme como se llamó, tuvo que llegar para que supiéramos que sí, que todos nos queremos, que todos nos necesitamos, que nadie vale más que el otro. Sobre las olas gigantescas nos quedaron más fijos, más renovados, más lustrosos, nuestros valores comunitarios, nuestra unidad de hombres y mujeres, nuestra amistad, nuestra capacidad de vivir en armonía y en concordia.

.

¿QUÉ MÁS NOS DEJÓ?

Agradecimiento es la palabra. Reconocer que todo pudo haber sido peor. Apreciar lo que tenemos, ser realistas, ser auténticos.

Agradecimiento a la vida por habernos dejado la vida. A unos mas a otros menos nos quitó cosas, dineros, sustentos, pero a todos nos dejó vida, nadie, absolutamente nadie perdió a un ser querido.

Agradecimiento a los amigos y a veces a los solamente conocidos, que ahora ya podemos llamarles amigos. Cuántos ejemplos vivimos donde la palabra dar se escribió con mayúscula.

Agradecimiento porque nos quedó casi todo, las gaviotas y los pelícanos siguen volando, el mar ahí está tranquilo de nuevo, el cielo más azul que nunca, la montaña verde, las flores amarillas… el sol, la luna, las estrellas.

Agradecimiento de saber que no estamos solos; volteas y ahí están todos, listos y dispuestos, ¿qué más se puede pedir?

Agradecimiento por tu abrazo, tu sonrisa, tu apretón de manos, tu llamada de teléfono, tu presencia, tu compañía, tu respaldo, tu interés.

.

¿QUÉ MÁS?

Ganas de vivir. La naturaleza nos dio una lección, démosle ahora nosotros una lección a ella. Ganas de vivir, ganas de ser, ganas de disfrutar, ganas de trabajar, de empeñarnos.  Ganas de exprimir la vida en el buen sentido, de explotar cada instante, de aprovechar cada oportunidad.

Dejar volar las ilusiones hasta allá lejos, hasta allá de donde venía el viento. Las ilusiones el combustible de la vida, las alegrías el sazón de vivir.

Ganas de vivir. De admirar, de no cansarnos de decir gracias hermano sol, hermano viento, hermana agua, hermana tierra… hermanos todos, los humanos y los animales y los árboles y las flores y los insectos y los poetas y los académicos y los iletrados y los músicos y los pintores y los políticos y los ciudadanos y los niños y los viejos y los buenos y los malos y los santos y los pecadores y los sanos y los enfermos.

Ganas de vivir, de dejar una hora de sueño para disfrutar una hora más de actividad. Ganas de vivir para redoblar nuestra capacidad de admiración por todo lo creado y lo que vemos y lo que oímos y lo que saboreamos y lo que palpamos.

Maldito huracán, con coraje y todo, te doy las gracias por hacernos más humanos y por recordarnos que de cuando en vez hay que voltear hacia arriba y decir con humildad ¡muchas gracias!

.

16 AÑOS DESPUÉS

La amenaza se volvió a presentar; los hechos parecían una copia de lo que se presentaron como antecedentes en el “Kenna”.

Todo parecía igual, la ruta era la misma –o extremadamente parecida-, la intensidad y fuerza era las mismas, la velocidad era semejante, los kilómetros recorridos y todo recordaron lo que vivimos hace 16 años, recordaron –insisto- la tragedia y el dolor.

Nada que reprochar, pero a veces pienso que no se previeron las circunstancias y los posibles resultados y consecuencias de este fenómeno, da la impresión como que nos confiamos mucho; aquella teoría tan llevada y traída de que a Puerto Vallarta no le entran los ciclones, nos hizo más confiados y cubrimos con más ligereza las protecciones y las mínimas reglas de sobrevivencia.

En esta ocasión “Willa” nos tomó más precavidos y conscientes de una muy mala experiencia vivida con anterioridad. Pienso -como algunos- otros que se exageró la nota, pero pienso también que había sobradas razones para hacerlo. Nadie quería vivir de nuevo las consecuencias. Efectivamente el ciclón hace 16 años se portó diferente, no hubo lluvia, tampoco vientos fuertes, pero eso sí, con lo que no contábamos es con la furia del agua que llegó con mucha fuerza a destruir todo lo que estuvo a su alcance.

Fuimos muy afortunados, esta vez no hubo ni huracán ni lluvia y sí una marejada que ni cercanamente llegó a la del año 2002.

Se fue precavido, los suficiente para defender lo que parecía ser una repetición de “Kenna” hace 16 años; esto nunca llegó, ¿pero pensemos que tal si hubiera sucedido? ¿Qué tal si no se hubiéramos tomado precauciones y el fenómeno se hubiera presentado? Yo creo que es mejor prevenir que lamentar.

Ahora, en 16 años, hemos vivido dos experiencias con orígenes y características semejantes, una desastrosa y la otra relativamente benigna aunque no se puede negar que en algunos casos y para unas personas tuvieron resultados graves y dolorosos.

Saquemos conclusiones y definamos en lo posible POLÍTICAS DE PROTECCIÓN CIVIL.

Ahora, otra vez y como siempre nuestra salvación será la UNIDAD, juntos lo haremos siempre mejor.

Por hoy fue todo, muchas gracias. Hasta el próximo viernes.