Aventuras de un pintorGente PV

Hoy día

Novela 11 Segundos
Entrega 7  (El hombre y su Máquina)

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Más allá del encanto estético y del desempeño mecánico de su clásico auto deportivo, Íñigo conducía un  modelo anterior a 1979, porque sabía que a partir de entonces los autos comenzaron a incorporar sistemas electrónicos y computadoras.

Al igual que todos los hijos de la postguerra, de niño se dejó impresionar por los grande avances tecnológicos del siglo XX y mucho tiempo sintió orgullo por considerarse “moderno”. Tal vez la película “Tiempos Modernos” de Charlie Chaplin le sembró algunas dudas. En la adolescencia le tocó ver por televisión la llegada del hombre a la luna, la cual le pareció desde luego emocionante, pero luego en sus  años de universidad, cuestionó el sentido que tal viaje tendría para los terrícolas que padecían hambre o guerra. Su mentor, un profesor suizo que había sobrevivido a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, le había abierto los ojos a los peligros que implicaba avance de la Inteligencia Artificial (AI).

Aunque muchos juzgaban loco al profesor, a través de los años Íñigo había ido comprobando cómo éste se había anticipado a los hechos que sobrevenían. Entonces, aunque no se convirtió en Ludita* se le fue desarrollando un recelo por el fuerte control social que la tecnología ponía en manos de los gobiernos. Se interesó por los Mennonitas, por los Amish y otros grupos autosuficientes.

Recordaba con risa sarcástica la vez que escuchó un Chrysler LeBaron 1984 avisarle, con una seductora voz masculina, que su puerta estaba abierta y luego dar las gracias una vez que la había cerrado. Esa misma sensación molesta de pérdida de libertad la había sentido al comprar su primera computadora, una Tandy Radio Shack, precursora de las micros, laptops, Ipads y Apple Notebooks que vendrían después.

Desde luego que Íñigo tenía una computadora y se mantenía al tanto de los avances en programas y apps, pero tenía cuidado de equiparlas con protecciones a su privacidad. En cuanto a los teléfonos celulares, usaba uno que había pertenecido a una mujer ahora difunta. De los avances tecnológicos nada lo había alarmado tanto como comprobar, indignado, que el aparato llevaba un registro preciso de los países, ciudades y barrios que había visitado. Esa misma sensación de alarma la había experimentado aún en lugares apartados. Por ejemplo en las montañas de Colorado, donde amaba esquiar y disfrutar del silencio de la nieve, el personal atendiendo la telesilla que le conduciría a la cima, ¡sin conocerle le había saludado por su nombre! Y es que los boletos ahora llevan una banda electrónica delataba su información.

Aun evitando usar la tarjeta de crédito, la poderosa computadora de la estación de esquí absorbía sus datos y los podía vender entre los establecimientos del lugar. Si podían ver su edad, su peso, su estado de salud, incluyendo su ritmo cardiaco y desde luego su fotografía, era de esperarse que más adelante tendrían acceso a sus cuentas bancarias, a sus gustos y a los datos más confidenciales.

Lo que la mayoría de la gente veía como seguridad o  comodidad, Íñigo sentía como grave invasión a su intimidad, la primera etapa en el desarrollo de un monstruo capaz de terminar con la libertad que él atesoraba.

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*Los luditas encabezaron un movimiento social de artesanos ingleses en el que protestaron destruyendo máquinas entre los años 1811 y 1816 contra la nueva tecnología que destruía el empleo. Los telares industriales y la máquina de hilar industrial, introducidos durante la Revolución Industrial amenazaban con reemplazar a los artesanos con trabajadores menos calificados y que cobraban salarios más bajos, dejándolos sin trabajo.

Continuará
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