Aventuras de un pintorGente PV

Entrega 9: Tipping Point

Por Federico León de la Vega
Novela 11 Segundos.

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La verdadera dimensión de la amenaza tecnológica la captó súbitamente Íñigo una ocasión en que se reunió con Tomás, Horst y Juan Carlos, viejos amigos que conservó hasta la última juventud: aquella que combina en medida óptima experiencia, salud y ganas de hacer algo significativo.

De pronto alcanzó el punto de ebullición o “tipping point” que cambió su vida. Los amigos acordaron reunirse en un popular restaurante de la gran ciudad. Esa ciudad de la que antes se había sentido orgulloso, pero que ahora rehuía por su hacinamiento, contaminación, restricción de movimiento, dependencia en abastecimiento centralizado y autoridad abusiva -en una visita anterior había estado próximo a pasar la noche en la cárcel, por desconocer una calle modificada casi dio vuelta en contrasentido, pero al escuchar un silbato, de inmediato corrigió. No pensando que su error mereciera más, siguió adelante por el camino correcto.  Pero en esa ciudad, como en tantas otras metrópolis hoy, la policía se ha militarizado.

Como le explicaron después, el conductor debía detenerse y esperar que lo abordara la autoridad. Muy pronto una patrulla por detrás encendió luces azul y rojo, mientras otra le cerró el paso por delante. De una de las dos enormes camionetas bajó una mujer de debió medir al menos 1.85 cm, con chaleco antibalas, botas militares y casco con micrófono. La mano lista sobre la pistola escuadra 45 a la cintura, le ordenó bajar del auto y poner las manos al cofre. Era difícil ver el rostro escondido detrás del visor polarizado, pero los grandes pechos y el timbre femenil lo convencieron de desplegar su más seductora sonrisa y obedecer. Le tomó una labor de convencimiento de 90 minutos lograr que la sargento le dejara ir.

Íñigo, Tomás y Horst llegaron puntuales a la mesa reservada. Faltaba Juan Carlos. Afuera había mucha gente esperando turno para cenar y ninguno de los tres le había visto. Tal vez había equivocado de restaurante. Íñigo pensó en llamar a Juan Carlos para verificar, pero Tomás lo detuvo. Espera – le dijo. ¡Deja que te muestre mi nueva app! Y sacando del bolsillo el teléfono celular oprimió un ícono parecido a “Shazam”, en pocos segundos la pantalla indicó la dirección y distancia en metros a que se encontraba Juan Carlos. ¿Lo ves? Dijo Tomás ufano ¡Allá está, ligando con aquella rubia! Este programa reconoce de entre más de doscientas voces del restaurante la voz de cada persona en tu Facebook y te dirige a ella. No sólo eso, si apunto la cámara hacia la mesa donde está Juan Carlos me dirá cómo se llama la rubia.

Boquiabierto, Íñigo se rio solo en el exterior. Los cuatro solterones acabaron por pasar una velada llena de anécdotas y risotadas. Sin embargo, Íñigo supo que a partir de esa noche tenía que tomar en serio la defensa de su libertad. De regreso al departamento de Tomás disfrutó con especial nostalgia de las luces de la ciudad vistas desde lo alto. Presentía que esa sería su última visita. Dedicó largo tiempo a gozar las pinturas que amaba en la colección de su amigo. Luego se tomó la última copa para acompañar la plática y dándole las buenas noches, se fue a dormir.

A la mañana siguiente Íñigo se despertó temprano, desayunó ligero con su amigo, se despidió, sacó su viejo deportivo del estacionamiento, y lo condujo con extrema precaución, recordando que en cada esquina lo observaba una cámara. Al dejar la ciudad respiró aliviado.

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