Las alegrías de Jesús

Por Dr. en derecho Miguel Ángel Rodríguez Herrera

.

Ser seguidor de Cristo se nos hace algo desagradable, deprimente, vivir en un mundo de extremo dolor, de amenaza constante por la condenación eterna. Una vida impregnada de tedio, de enfado. En suma; ser seguidor de Cristo es realmente algo impracticable y absurdo.

Esto se debe a que, desde niños, se nos mostrado a un Cristo sufriente, a un Cristo en un Crucifijo, a un Cristo en el suplicio del dolor extremo de su Pasión. Un Cristo que ora, llora y se compunge por la suerte de un mundo caído bajo el poder de satanás.

Se nos enseña a que debemos de imitar esa vida de un Cristo de dolor y eso nos repugna, nos asusta y, desde luego, renunciamos a ser seguidores de Él. Imitar su Vida significa neurosis y mil enfermedades somáticas. Se nos imponen yugos candentes y oprobiosos para nuestra dignidad de personas. Es un Cristo enemigo de la humanidad.

Debemos dejar de lado esta aberrante parcialidad de la imagen del Cristo y adoptar aquella donde Jesús se nos presenta como un ser humano que si bien es cierto que sufre como cualquiera de nosotros, y que a ese dolor le da un sentido o razón de ser, también es un Jesús pletórico de alegría, de esa felicidad eterna que se nos anticipa.

Un Jesús que sonríe, que dice bromas, que goza de lo hermoso y placentero de su propia creación, que se dirige a nosotros como amigo, como hermano, como confidente consolador quien nos introduce a una vida dichosa, libre, de paz con los otros y con nosotros mismos.

Bajemos a Cristo del Crucifijo y saludémoslo con afabilidad en ese hombre o mujer con quien nos topamos en cualquier lugar y tiempo de la vida, bajo cualquier circunstancia. Porque Él es vida, alegría, contento, libertad. Los que se acercan al Sacramento de la Comunión saben lo que significa y sienten lo que es la amistad de Jesús.

El hombre sufre, claro está, pero también goza y brinca de bienestar, se llena sus pupilas con una visión de optimismo y tranquilidad porque nada ni nadie lo puede perturbar si se tiene amistad con Él.

Alejémonos de aquellos que nos ofrecen una parcial semblanza de un Cristo sufrido porque con ello se nos pretende despojar de Él, de sus enseñanzas. Veamos al Jesús alegre, sencillo, de buen talante, de un trato fino, de una agradable presencia y no a un Jesús verdugo, adolorido.

Seguir a Cristo es tener un pequeño adelanto de lo que Él nos tiene preparado en el Cielo. Orar, gozar y a los otros ayudar, son las divisas de un cristiano verdadero que se quita la parcial visión de un Crucificado.

Confiemos en Él, en su profunda amistad que a diario se nos manifiesta en aquellos a quien en la vida nos encontramos.

Jesús es a todo dar.