Aventuras de un pintorGente PV

Entrega 10 Hoy día

Por Federico León de la Vega 
Novela 11 Segundos

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Conforme se alejaba de la de la gran ciudad, Íñigo entraba en esa claridad mental que le brindaba conducir su antiguo Porsche 911. Dejó atrás las autopistas, donde distinguía cámaras fotográficas y sensores cibernéticos, y pasó al mundo provinciano, de caminos angostos que serpenteaban por el paisaje campestre. A través del quemacocos respiraba cielo azul. En las curvas frenaba con motor bajando a 50kmp, pero en tramos rectos rápidamente levantaba más de 150. No se trataba de llegar pronto, sino de comandar sinergia con la fiel máquina. ¡Cuán diferente de aquellos autos que se conducen solos!

Instintivamente llegó a la minúscula cabaña que había construido años atrás. La diseñó como refugio para gozar en paz la naturaleza. Era como un möki escandinavo: minúscula, pero bien equipada con todo lo necesario.  Era ideal para apartarse del mundo, leer, meditar o escribir. En una de las paredes colgaba decorativamente las herramientas de carpintería, y por fuera de la casa, se desprendía una amplia mesa para trabajar a la sombra de unos guayabos. Las virutas de la madera las esparcía al campo. El baño era al estilo de los veleros: el lavabo debajo de la regadera, ahorrando espacio. El agua llegaba a la casa por gravedad desde un molino de viento que la extraía, purísima, de un pozo. Tenía agua caliente gracias a un calentador solar. Además, el techo de la casita recolectaba agua de lluvia llevándola a un aljibe de piscicultura. Aunque por ahora no tenía peces, la idea era criarlos para comer y para que la orina de los peces, alta en fósforo y nitrógeno, fertilizara su pequeña hortaliza. En ella pensaba implementar el método biodinámico francés, consistente en sembrar de modo apretado variedades compatibles de verduras, que no compiten por los mismos nutrientes. Así el abundante follaje detiene la evaporación y conserva una temperatura ideal fomentando un crecimiento más rápido. Aunque no lo había probado aún, había leído que se podían producir hasta nueve cosechas por año.

Unos meses atrás, observando el inevitable avance de los alimentos transgénicos, con sus fungicidas, colorantes y demás aditivos, pero sin nutrientes y sabiendo que los supermercados someten los alimentos a radiación (para alargar la vida de anaquel), había comprado semillas puras, libres de contaminantes químicos. De este lote pensaba también aprender a producir sus propias semillas.

La cocina y el comedor eran lo mismo. De una pared se abatía una mesa a la que podían sentarse a comer 4 personas, tal vez un poco apretadas. Contaba con una estufa de hierro fundido para leña seca que recogía de los árboles, y otra pequeña estufa pequeña de gas, para los días de lluvia. El agua gris corría directamente a los guayabos, naranjos y granados de su jardín, mientras que la negra, la del excusado, llegaba a un depósito anaeróbico para producir composta y gas. La presión la conseguía con un tubo neumático de motocicleta.

La sala de estar era también la recámara; un cómodo futón se convertía en cama matrimonial. Por dentro la casita tenía 3.60 metros de altura, y a 2.20 un tapanco al que podía subir por escalera; éste le servía como bodega y con un colchón inflable podía hospedar dos personas más. A los extremos, muy cerca de la cumbrera, tenía dos ventanillas para regular la temperatura ambiente, que junto con otras cuatro ventanas abajo, enmarcaban el paisaje y provocaban vientos cruzados. Íñigo se había ido preparando para convertirse en prepper, un ermitaño preparado para la resistencia contra la esclavitud de la Inteligencia Artificial.

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Continuará.
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