Recuerdos del estadio

Carlos Contreras.

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Por María José Zorrilla

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Me gusta ir al estadio a caminar porque es como ingresar a un microcosmos en ese espacio de casi 100 mil metros cuadrados.  No soy muy regular, compromisos y días de flojera acompañan mis ausencias pero no deja de sorprenderme lo que acontece allí en las tardes. En el auditorio siempre hay partidos de vóley o básquet con algunos espectadores en las gradas.  En la cancha central del estadio varias veces a la semana se llevan a cabo partidos de futbol de los no tan jóvenes.  A veces a los caminantes nos toca devolverles el balón cuando nos llega a los pies. Con una especie de tartán moderno, la renovada carpeta azul cuenta con una tecnología que pareciera lanzarte a tu siguiente paso con más ligereza.  Tiene debidamente categorizados los carriles.  Los  interiores son para práctica de atletismo y para corredores, los carriles del medio para trotar y los del extremo para caminar. Frente a un costado de la pista hay aparatos renovados para brazos, abdomen y piernas.  Es un gusto ver familias que llevan a sus pequeños a caminar y correr a la pista junto a papá y mamá.  También ver las canchas aledañas con niños y jóvenes entrenando futbol o americano tipo tochito.   En otra sección antes de las canchas de basquet están los matachines ensayando sus rutinas a ritmo de tambor.  En la explanada de cemento cubierta hay por un lado zumba y por otro karate.  Más tarde llegan grupos de jóvenes a ensayar para una quinceañera que les enseña un joven de movimientos gráciles a pesar de tener un poco de sobrepeso.  La música preferida casi siempre es Alegría del Cirque de Soleil.  Atrás de ese espacio están las canchas de básquet llenas de jóvenes y entrenadores dando clase de defensa y ataque  y en el extremo hay un pequeño espacio para box y lucha libre.  A un costado del ring, también se dan ensayos de capoeira que antes estaban donde la zumba y el karate.   Entre las canchas exteriores y una construcción que seguramente albergó bodegas, están jóvenes ensayando tablas gimnásticas de porristas donde atribulados chicos hacen los movimientos para lanzar al aire a una jovencita siempre de figura delgada y cuidar que aterrice de manera segura sobre sus hombros o brazos.  Al seguir por un pasillo ahora custodiado por maya ciclónica, vemos del lado derecho el espacio reservado para los hombres, donde con torsos desnudos en su mayoría, levantan pesas y hacen ejercicios de gimnasia que requieren ya de mucho rigor y disciplina.  El espacio es oscuro y los aparatos no se ven muy relucientes, pero ese pequeño reino masculino parece ser el lugar favorito de quienes salen de trabajar y sin contar con equipo especial llegan a practicar su rutina antes de irse a descansar a su casa.  Frente a ellos está la pista para las patinetas.  Jóvenes y niños se deslizan con la ilusión de perfeccionar el truco de subir y brincar obstáculos, lanzar la patineta al aire y  caer sobre ella para continuar el recorrido.  En la parte de atrás están las canchas de béisbol donde a veces los partidos parecen emocionar al público y se oyen los gritos de euforia,  a su lado las de frontenis, que son las que se ocupan hasta altas horas de la noche. La última vez que fui al frontenis hace muchísimos años, me dieron una lección de vida.  Yo era una buena tenista amateur que jamás había jugado frontenis, pero hice una apuesta con un periodista al que dije le ganaría pues tenía muchísimo sobrepeso en ese entonces.  Llegamos al estadio, yo impulsé mi raqueta con golpes rasos y directos y me encontré con un contendiente muy avezado que me dejó 21 a 0.  Ese periodista era Carlos Contreras, quien desgraciadamente falleció ayer domingo en la madrugada.  Hasta el cielo te mando un saludo.  Nunca te pedí la revancha porque era inútil.  No lo dijiste pero seguramente aparte de ser un excelente periodista de deportes también lo fuiste como jugador de frontenis. Ahora sólo nos quedará tu recuerdo y el de la paliza que me diste.