Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 12

Por Federico León de la Vega
Novela 11 Segundos

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El hambre persuadió a Íñigo de posponer su labor de ordenar libros y caminar a la aldea. Bajando por una ladera meditaba, cuando se le apareció el fantasma premonitorio de Don Quijote de La Mancha y le recordó que la soledad, combinada con demasiada lectura de distopia y conspiración, podría acabar por secarle el cerebro. No era que disfrutara tanto de la soledad, más bien era que le aburría la sociedad cosmopolita. Los hijos, nietos, exmujeres, parientes y amigos los soportaba breves ratos, mientras ellos lo descalificaban por fanático. A estas alturas ya aceptaba las cosas como eran, no como las había soñado; pero tenía límites. La suya era una vida llevadera, independiente y campirana. Valoraba la amistad de campesinos de sencilla inteligencia. Lo acompañaba su fiel perra y estaba considerando comprar un caballo. Ocasionalmente disfrutaba las fiestas de pueblo. Pero tampoco era del fútbol, ni de cartas, ni de beber demasiado y prefería no desvelarse.

A la fonda llegó con un libro bajo el brazo: “Manual del Exurbanita”. Ordenó, sin ver, el cocido de res. Era martes y en el pueblo recién habrían matado vaca. La hija de la dueña era una chica linda, tal vez inocente, de grandes senos y sonrisa franca. Tenía el atractivo de la mujer primitiva, sana, útil. Era agradable verla desenvolverse con la clientela, explicar el menú, llevar y traer platos. Llegó un autobús de turistas. Un grupo de chicas coquetas se apeó. De ellas, una lo midió con los ojos, como calando la posible conquista –sólo por deporte. Él le adivinó la mirada – adivinar miradas femeninas era una de sus áreas de “expertise” – lo querían torear.

La joven pelirroja curioseaba a qué sabría un zorro plateado. Él le triplicaba la edad. Minutos después de ordenar del menú, riendo, ella hizo el primer pase: “Oyeee…¿eres de por aquí?” y de ahí surgieron las demás preguntas, predecibles. “¡Veeen!…siéntate con nosotras, para que no comas solito” Ésta era un reto al vigor de Íñigo: siempre le habían gustado las de 20, con los senos firmes y la carne dispuesta. Él era viejo, pero con paciencia y cariño, todo aún le funcionaba. Las empolvadas hormonas comenzaron a despertar, mientras una mano de uñas pintadas de verde limón, desde luego postizas, jaló una silla e hizo señal a que se sentara con el grupito.

Él se iba a ver apocado si no contestaba a la chica. Los presentes en la fonda disimulaban no oír, pero seguían el diálogo con interés, esperaban el desenlace. Podría correr un rumor en la aldea, por un lado, podrían pensarle rabo verde, por otro, tacharle de gay. “Mejor ven y platícame tú” se le ocurrió a Íñigo responder “a mí ya me sirvieron y además soy penoso” dijo socarrón, evadiendo la ridiculez de verse viejo sentado con señoritas. No pasó rato antes que, animada con algarabía de sus amigas, Jenny llegase a ocupar una silla junto a él.

Íñigo pudo ver por el escote de su vestido un firmamento de pecas y comenzó a sentir presión dentro de su pantalón. Una presión agradable y evocativa. Inevitable era imaginar esos pechos en su cabaña, iluminados por la dorada luz de la chimenea. Jenny le puso la mano brevemente sobre el velludo brazo y abrió con “¿entonces eres penoso?” y por ahí siguió la conversación como se ha dicho antes, toda predecible. Mientas él recordaba “de la caricia al beso, del beso al faje, del faje a la cama” pero de pronto, al primer “sí güey” de ella, quiso despertar del embrujo: lucha interior. No sabía si seguir.

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Continuará…