Aventuras de un pintorGente PV

Entrega 13/Una tarde encantada

Por Federico León de la Vega
Novela 11 Segundos

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Para Íñigo el que la joven lo tuteara había sido señal de alerta. Ahora pensaba en paralelo y atendía a la plática por inercia. La escuchaba con escasez de vocabulario, hablar de tendencias, de tatuajes, de cantantes y actores que no conocía. Las repetidas pausas de la chica para checar la pantalla del celular le espabilaban hacia la cordura.

Mientras gozaba mirándola, dejó de verla como una exquisita presa. Poco a poco fue recordando que habría que pasar por la rutina de los juegos previos. Ella querría ir a un lugar ruidoso y bailar “perreo”, tallando los cuerpos uno contra otro, contoneándose con una flexibilidad que él había dejado atrás en los tiempos de la Lambada. A él en cambio se le antojaba bailarla suavecito, abrazados y susurrándole al oído canciones de Julio Iglesias, de Serrat o de Natalia Lafourcade.  Acompañar la velada con un Pinot Noir, pero no beber demasiado. La ignorancia culinaria de Jenny y su manifiesto desprecio hacia las labores de casa lo hicieron caer en cuenta de que, no teniendo su auto podría quedar atrapado en algún lugar indeseable, quién sabe hasta qué hora. Estaría a merced del animoso grupo de amigas, pagando sus excesos. Quedaba la posibilidad de que quisieran pernoctar en su impecable cabaña, unas en el tapanco, otras en su cama. Imaginó a esta hermosa joven despertar oliendo a vómito y no al provocativo perfume con feromonas que ahora le intoxicaban.

Súbitamente Íñigo rompió el hechizo declarando “Dame tu cel. Yo te llamo” mientras le ofrecía una pluma para que apuntara al reverso de la portada de su libro. Cuidó de ocultar su propio celular, escondido en el bolsillo; de otro modo la pecosa tendría también su número –el mundo cibernético no concede privacidad.

Ella quedó satisfecha con el empate y escribió su número, dibujó junto a su nombre una flor, y una frasecita trillada y cursi típica de mocosa. Le costó mucho trabajo escribir a mano, porque todo el tiempo texteaba. Seguramente nunca habría escrito una carta de amor… expresaría sus sentimientos con emoticones.

De regreso a su cabaña, bajo la luz de la luna, con el efecto de la Raicilla y el recuerdo de la joven, le dio por cantar viejas canciones románticas. Hubiera querido amanecer acariciando su piel, recorriéndola trémula, desenredando su cabello, respirando su aliento para luego cocinar juntos un espléndido desayuno y hacer más planes.

Si las cosas resultaban bien era preciso hacer más planes. Una parte de su ser – más bien aquélla debajo de su abdomen- lamentaba haber dejado dejar pasar la oportunidad y otra, la más realista, no. La conquista había sido un camino emprendido demasiadas veces sin alcanzar el desenlace anhelado. Ese “desenlace anhelado” que aún después de seis décadas le estaba por definir. Lo que sí tenía ya claro, era que unas horas de esparcimiento carnal pueden conducir a la “insoportable levedad del ser”, a compromisos insulsos, a soledades acentuadas, a preocupaciones de contagios, de embarazos, de engaños y venganzas. Cuesta arriba, jadeante, aspiró profundo recordando aquella canción de Frank Sinatra:

“Some enchanted evening, you may see a stranger,
You may see a stranger across a crowded room,
And somehow you know, you know even then,
That somehow you’ll see here again and again.
Some enchanted evening, someone may be laughing,
You may hear her laughing across a crowded room,
And night after night, as strange as it seems,
The sound of her laughter will sing in your dreams.

Who can explain it, who can tell you why?…”
Fools give you reasons, wise men never try.