El closet

Por María José Zorrilla

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Se acabó el 2018.   En sus postrimerías el calendario cierra con noticias devastadoras como el inesperado  deceso los dos políticos poblanos, desabasto de gas en amplias regiones del país y recortes en el presupuesto de egresos de la federación, que ha dejado inconformes e inquietos a muchos sectores de la población.

Puerto Vallarta concluye un año más con muy buena afluencia turística a pesar de que el cielo se pintó de gris, cayó algo de lluvia y se presentaron algunas ventiscas producto de la onda fría que azota a más de medio país.

En el terreno personal, como parte de un ritual no escrito, antes que finalice el año hago un reacomodo de mi closet y trato de evaluar la situación de las prendas que allí residen.  Siempre aparece ropa que no ha tenido contacto con el cuerpo porque su destino ha sido estar siempre colgada en espera de la mano salvadora que la rescate del olvido.

Otras prendas fueron usadas en una ocasión especial, pero ya no hubo oportunidad de volver a repetir y allí permanecen silenciosas al lado de sus compañeras que jamás han salido de paseo ni han visto la luz del sol.  Su condición las mantiene en un aislamiento que viene acompañado de un fuerte olor a humedad.

Está la categoría de cosas que se quedan con la esperanza que la dieta de la patrona llegue a buen término y se pierdan esos kilitos de más, para poder salir de su encierro.  Comparten el mismo rincón de la segregación que las otras y ya ni siquiera reconocen si su presencia todavía puede estar acorde a los cánones de la moda de hoy.

Y allí ufanas de su éxito, se encuentran las prendas del diario, algunas muestran cierto deterioro pero eso no importa, es la comodidad lo que rige el principio de selección y están listas para la acción.

Frescas, con olor a limpio y bien planchadas estas prendas tienen el privilegio de estar en frecuente contacto con el mundo exterior aunque ni sean las más adecuadas, ni tampoco las que mejor representan un momento específico. La ley del menor esfuerzo de su dueño las hace vivir un presente perenne hasta que terminan por morir por que ya no dan para más.

Descoloridas, con girones, sin forma o ya muy raídas estas prendas dejan de ser funcionales y tendrán que pasar al país del nunca jamás.   Mientras dura el recorrido por la ropa del closet, se van presentando momentos vividos con tal o cual prenda y así como los proyectos en la vida, nuestro closet también no puede dar una idea de lo que sucede en la cotidianidad.

Hay proyectos que los dejamos en el olvido, otros que los vemos difíciles de alcanzar porque implica disciplina y mucho trabajo, y luego están las cosas fáciles, las cómodas las que hacemos porque están muy al alcance de la mano y aunque no sean muy funcionales, no cuesta trabajo hacerlas y nos va resolviendo la vida aunque sea en la medianía, en la mediocridad.

Durante este ejercicio anual de revisión de ropa y zapatos del closet, hay un desprendimiento doloroso de aquello que aunque esté nuevo es ofensivo tenerlo allí sin darle uso y mejor darle una segunda oportunidad con alguien que la necesite. El proceso es doloroso porque hay un reconocimiento de la incapacidad de usar algo que nos costó dinero y estuvo desperdiciado durante meses o quizás hasta años.  Se hizo una compra sin pensar, por satisfacer un momento, no una necesidad.

En la hoja de buenos deseos de cada año aparece la lista de prioridades y  proyectos o metas por cumplir o por iniciar.  Dieta y ejercicio sobresalen en la enumeración de acciones y luego surgen  las metas de tipo económico.

En este principio de año sería bueno reflexionar sobre nuestra capacidad a la hora de la toma de decisiones más allá de la lista de buenos deseos.  Hay cosas de gran trascendencia que deben analizarse a fondo.  No siempre se tratará solamente de una blusa o un vestido colgado sin estrenar.