Aventuras de un pintorGente PV

Entrega 17/La Ignominia

Novela 11 Segundos

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Pasaron la mañana desnudos. Iñigo, viendo lágrimas formarse en los ojos de Jenny y deseando alegrarla, un poco burlón acabó por preguntarle:

– ¿Lloras por los ositos polares? Porque ahora los hay en mayor número que nunca.

Acomodó dos almohadas y reclinándose la jaló a ella, suavemente, colocándole la cabeza sobre su pecho. La mano izquierda sosteniendo su cabeza, la derecha recorriéndole la espalda, desde la nuca hasta el divino trasero. La cabellera sedosa, las nalgas firmes. No pudo evitar darle un tierno beso en la frente…y esperó. Ella, recargada en su velludo pecho sentía un agradable cosquilleo en sus húmedas pestañas. Finalmente respondió:

-No, no lloro por los ositos polares. Comprendo que las fotos pueden ser manipuladoras. Pero me has hecho pensar en mi familia; eres tierno. No entiendo por qué estás solo. Mi padre también era tierno, un hombre de familia, pero un día murió de amargura. Tenía yo una hermana, dos años mayor que yo. Me queda mi madre, que cuida mi hijo de siete años. Mi hermana era muy bella, mejor que yo. Hacíamos todo juntas…cantábamos y bailábamos mucho. Reíamos continuamente. Un día la enamoró un abogado. Se casaron y todo cambió. Él trabajaba para un expresidente y fue ascendiendo en poder. Comenzó a golpear a mi hermana; no eran golpes cualquiera. Varias veces regresó a la casa buscando refugio, con los ojos morados y sangre alrededor de la boca. Mi padre, que era italiano, llegó a jurar matarle y le rogaba a mi hermana que se divorciase. Pero ya vez lo abogados, con su poder de convencimiento.

El que Jenny tuviera un hijo lo asumió como natural, y el que la abuela le cuidara también. Ese era un arreglo común en esta época de familias designtegradas. Pero… ¿de un hijo de siete años? La chica no parecía mayor de 22.

-Una de tantas veces mi hermana juró no regresar. Pasó la noche con nosotros y al día siguiente fue por sus cosas. Como no regresó esa noche ni la siguiente, pensamos que una vez más se habrían reconciliado. Intentamos llamarle. Pasaron cinco días sin respuesta, hasta que el teléfono sonó: era alguien para darnos el pésame. Como no entendimos nos refirió a una esquela del periódico. Mis padres y yo salimos como locos a buscarla. Logramos averiguar que el marido de mi  hermana, ya había ordenado cremar el cuerpo después de un velorio express. En el reporte de la autopsia se explicaba. Mi padre se volvió callado y taciturno. Aunque a nadie se lo decía, yo sabía que quería vengar la muerte de su hija. Ante la impotencia de la situación, la amargura lo consumió.

-De todos modos ¿qué se puede hacer contra el poderoso abogado de un expresidente? -dijo Jenny –En el reporte del médico que realizó la autopsia quedó asentado que murió por un ataque cardiaco mientras dormía. Hacía también referencia a una arritmia que mi hermana en efecto había sufrido una temporada en la adolescencia; eso solo los sabíamos los de la familia, desde luego su esposo. Pero mi hermana estaba sana. Fue asesinada por él.

El aceptar la versión oficial del gobierno era una ignominia inaceptable para Íñigo. ¡Le hirvió la sangre! Le hizo muchas preguntas a Jenny, alentándola a reclamar justicia, hasta que la desesperó. No sabiendo qué más hacer Íñigo calló y para sus adentros repitió las palabras de Jenny ¿qué puedo yo hacer? Acariciándola ahora en forma tal vez paternal, cariñosa, esperó la calma para decirle:

-Pasa lo mismo en el mundo Jenny. La narrativa está controlada, falsificada hasta para los ositos polares.