Aventuras de un pintorGente PV

Entrega 18/Reflexiones

Por Federico León de la Vega
Novela 11 Segundos

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Como todas las parejas, a Jenny e Íñigo les asaltó el primer pleito. A ella le desesperaba su afán perfeccionista y su actitud sabihonda. Mientras que a él le incomodaba el desorden y la falta de interés por la cultura.

-De verdad te convendría cultivarte, adquirir cultura

– ¿Pero a qué cultura te refieres? ¿A la tuya? ¡Si eres un perfecto mamón presumido!- Le espetó ella. -Si tu generación fue mejor, ¿Cómo es que ahora las cosas ahora están tan mal? ¡Nos han heredado un mundo de mierda!

– ¿y qué culpa tengo yo de estar en lo correcto? Puedes verlo en tus propias revistas… en las películas. El buen gusto y el refinamiento te darán distinción.

– ¡Lo correctooooo! ¡Ja! Por eso estás solo cabrón.

Iñigo se quedó callado. Decidió no alimentar más la pelea y darle a Jenny su espacio. Se fue el baño a darse una ducha.

De pronto escuchó a Jenny azotar la puerta. Se había ido. Terminó de vestirse tranquilamente y salió a desayunar, con la esperanza de topársela. No la encontró en el café ni en los sitios que frecuentaban. Mientras caminaba taciturno meditaba en la discusión con Jenny. No era la primera vez que lo llamaban “mamón”. También sabía que su afán perfeccionista podía resultar bastante antipático. De pronto, al pasar por un restaurante nuevo, uno al que debido a la música estridente Íñigo anteriormente se había rehusado a entrar, bajo una sombrilla distinguió a Jenny. No estaba sola. A la mesa la acompañaba un hombre joven, bien parecido y musculoso. Íñigo sintió un dolor ya anticipado. No sabía definir si el dolor era por orgullo machista al ver que perdía una hembra, o porque verdaderamente comenzaba a amar a Jenny. Temiendo ser inoportuno no quiso acercarse más, pero tampoco encontró fuerza para alejarse. Su curiosidad pudo más que su buena educación, así que consiguió un periódico y abriéndolo se escondió al modo que había visto a los detectives hacer en las películas. Estuvo espiando por espacio de una hora, hasta que la pareja se levantó y comenzó a caminar hacia él.

El acompañante de Jenny era más alto que Íñigo y vestía impecablemente, con ropa muy a la moda…pudo notar los zapatos elegantes y un buen reloj. Rápidamente Iñigo buscó escondite dentro de una tienda, no volviendo a asomar la cabeza hasta estar seguro de que ya no había moros en la costa. Al volver a la calle sintió el colmo de la humillación: Jenny subía a un moderno auto deportivo que hacía que el auto de él pareciera una ridícula antigualla.

La mañana se transformó en tarde mientras Íñigo pensaba qué hacer. Si volvía demasiado pronto corría el riesgo de encontrar a Jenny acompañada. Eso había que evitarlo a toda costa, tanto por caballerosidad como por defensa propia.

Aunque el tipo parecía buena persona y el encuentro pudiera resultar tan solo en una charla, tenía que cuidar su orgullo de zorro plateado, de hombre maduro capaz de aceptar las cosas como se presenten, sin resentimientos. Decidió entrar al mismo restaurante que ahora aborrecía aún más, como deseando modernizarse. Del menú pidió cualquier cosa y comió sin apetito.

Al anochecer decidió que recogería su auto sin molestar a Jenny. La imaginaba ya involucrada con otro. Regresaría a su casa en las montañas. Pretendió no darle demasiada importancia; él se consideraba un hombre maduro, capaz de aceptar una derrota más… porque en su vida había acumulado varias.

Procurando que el oxidado mofle del auto no hiciera demasiado ruido. Puso la mano sobre la palanca, pero encontró la rodilla de Jenny.