No pasa nada

Por María José Zorrilla

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Cuando la Secretaría del Trabajo hace las revisiones de rutina en negocios y establecimientos hoteleros, a muchos los procedimientos y normas nos parecen muy engorrosos. Algunas medidas parecen exageradas y hay otras que tienen diferencias en sus estándares dependiendo si son del estado o de la Federación, pero eso es pecata minuta sobre los manuales de seguridad, lo importante es que estas medidas aunque a veces podrían parecer absurdas, tienen un sentido de lógica a la que no estamos acostumbrados a tomar en cuenta, porque la prevención no es parte de nuestra cultura.

Sea de tipo personal en asuntos de salud, en cuestiones laborales con manejos de aparatos o sustancias peligrosas, en situaciones de viaje en la carretera, al mexicano promedio nos encanta decir “no pasa nada”.

Bajo esa premisa vemos trabajadores de la construcción prácticamente volando sin casco y sin arnés haciendo piruetas circenses en el aire, para seguir adelante con su tarea.

Automovilistas  rebasar en curva a un parsimonioso camión que nos ha colmado la paciencia con su lento avance; antros y lugares de entretenimiento con las puertas de emergencia cerradas con llave para que no se salgan los clientes sin pagar; embarcaciones llevar más personas de las permitidas porque unos cuantos no hacen diferencia o simplemente no traer suficientes chalecos salvavidas para todo el pasaje porque ni que nos fuéramos a hundir.  Choferes conducir a toda velocidad sin distingo de zona escolar, peatonal o urbana.  Padres que permiten a sus hijos jugar en la calle con un balón cuando el niño no sabe ni cruzar una calle.

Ni hablar del  negligente manejo en el mantenimiento a vehículos de transporte aéreo, náutico o terrestre, que omiten las fechas de la revisión oficial para ahorrarse unos pesos.

El resultado siguiente,  es enfrentarnos a terribles encabezados en la prensa sobre catástrofes que tuvieron en su origen negligencia y falta de previsión.  Por qué nos cuesta tanto trabajo entender el tema seguridad.

Es acaso un “sine qua non” del tercer mundo la falta de conciencia sobre el factor riesgo y la ausencia total de entendimiento sobre lo que significa el tema de la prevención.  No es nada extraño ver puestos callejeros con instalaciones de gas defectuosas al lado de un gallito de luz robado de un transformador, bañistas entrar al mar con bandera roja, gente prender un cigarro dentro de su automóvil cuando está cargando gasolina, o los que hacen y manejan pirotecnia no tomar las medidas necesarias y tener explosiones y desastres continuos.

En la tragedia de Tlahuelilpan, coincidieron muchos factores y estuvieron presentes los elementos que configuran un ambiente inseguro.  Peligro, daño y riesgo, que sumados a ignorancia, pobreza y ambición, dio por resultado una mezcla altamente incendiaria.

El Ejército advirtió del peligro, pero no ejerció toda su autoridad porque se vio rebasado por una turba que exaltada hasta jugaba con el “preciado líquido” sin ningún temor a intoxicarse o a estar en contacto con un producto altamente inflamable. Con la premisa de “no pasa nada” un habitante entrevistado por Reforma dijo “se nos hizo fácil venir por gasolina, la toma estaba bajita”. El resultado minutos después, un holocausto que fue trasmitido en vivo y ha conmovido al mundo entero. Una tragedia que revela un país convulsionado por la ignorancia y la corrupción. Un México abierto de las entrañas donde la ordeña de miles y miles de litros de hidrocarburos la realiza desde el habitante común de pueblos y ciudades, hasta el alto funcionario de cuello blanco.

Los que corren mayor riesgo como siempre son los de abajo. No estaría mal pensar que desde la escuela el mexicano tomara materias relacionados con el tema seguridad, previsión y ética. En la cuarta transformación estaría muy bien transitar del “no pasa nada”, al “aguas porque si pasan cosas que después se convierten en tragedias”.