Todos tenemos derecho a ser felices

Por Nacho Cadena

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Estaba sentado en mi balcón, pensando en la inmortalidad del cangrejo, con la vista perdida en el horizonte, viendo sin mirar, oyendo sin escuchar, extraviado en uno de esos momentos de divagación, cuando, de repente, me viene a la cabeza el tema de: ¿Cómo podemos hacerle para pasarla mejor? ¿Para vivir bien? ¿Para tener cada día un saldo positivo de momentos felices?

Invoqué a ese consejero misterioso que tengo la fortuna de conocer, al invisible que solo habla al oído, a ese que si le da la gana llega y si no, pues no llega. A ese mi amigo secreto, mi maestro, mi guía. Se llama Champoleón, nombre ciertamente pomposo y presumido, que para nada corresponde a la sencillez de este personaje. Filósofo de profesión, escritor por vocación y con conocimientos, por su propio gusto y afición, de la arbolaria, de la medicina naturista, de la astrología y de otras ciencias para mi totalmente desconocidas, como la magia, la lectura de las cartas y la palma de la mano. A través de los años Champoleón se ha convertido en mi consejero personal en asuntos relacionados con la vida, la felicidad y con el amor.

Lo invoco de nuevo, le llamo y de pronto aparece, invisible como siempre, como si no existiera, como si sólo fuera una voz y no todo lo que acabo de decir de él.

Empieza Champoleón a hablar y yo a tomar notas mentales, porque se molesta si uso papel y pluma. Tiene que ser todo a base de memoria, y como la mía no es tan brillante, se pierde mucho entre lo que él me platica y lo que yo logro transcribir posteriormente. Bueno, ese es el precio de tener un amigo sabio.

Me dice: Si quieres incrementar tus niveles de felicidad:

1.- Empieza cada día una nueva vida. Cuidado -me aclara-, no es que olvides el pasado, no es que borres tu camino, es solo que cada día que inicies, al abrir el ojo, al brincar de la cama, tienes que empezar y vivirlo como si fuera el único y el último. Vívelo -me dice- hasta exprimirlo, trabaja todo lo que tienes que trabajar, disfruta todo lo que tienes que disfrutar, comparte todo lo que tienes que compartir. Cada día -dice Champoleón- es una vida, una vida entera, que nace por la mañana y que muere cuando te duermes.

Cada instante del día es una oportunidad de algo bonito y precioso, no lo desperdicies. El día está formado por instantes, por momentos, igual que la vida está formada por días -sigue diciéndome. El objetivo es vivir cada día no sólo como si fuera a ser el último; más aún, vivirlo como si fuera el primero de tu existencia. Vívelo, admirando, descubriendo y aprovechando todo lo que nos rodea, muy particularmente a los otros seres que nos acompañan.

2.- Mira la vida con optimismo, con alegría, con ganas de pasarla bien. Deja lo feo por un lado y concéntrate en lo bonito.

Hay demasiadas cosas buenas alrededor como para estar mirando a las malas. Piensa al levantarte, que la vida es buena, que vale la pena vivirla, que vale la pena aprovecharla ¡disfrútala!

Con un cierto tono de seriedad, Champoleón me comenta en voz muy baja, tan baja que apenas alcanzo a escucharlo: “La felicidad, lograr la felicidad es una actitud de ver la vida y todas las cosas. Es una actitud positiva, de darle buena cara al mundo. Nadie que no busque la felicidad podrá encontrarla. La felicidad no se regala, se busca, se lucha para alcanzarla. Más aun -me dice-, esta actitud además es contagiosa. Regala sonrisas y recibirás sonrisas.

3.- Todas las mañanas -sigue diciéndome Champoleón, a quien, por cierto, lo escucho muy contento pasándome estos consejitos-, todas las mañanas antes de salir de tu casa, llénate los bolsillos no con dinero, sino con ganas de vivir. Atibórrate las bolsas y si tienes un morral, mejor, de ganas de vivir; y así, durante el día las vas utilizando y también, por qué no, repártelas, derróchalas, aviéntalas por todos lados. Las ganas de vivir son el combustible -me dice claramente-, no es el fin, son los medios. Las ganas de vivir dan fuerza, dan ánimo para conservar esa actitud positiva ante la vida y así caminarás derechito hacia la meta de la felicidad”. Ya casi en secreto me dice: “Bueno, a veces no tan derechito, pero si afinas el rumbo, aunque de vez en cuando te enchueques, llegaras siempre al destino.

4.- Si alguna vez te sucede que pasas por algo negativo o triste no te detengas ahí.

Recuerda que la tristeza es mala consejera. Jamás recuerdes o voltees a mirar o a recordar esas piedritas en el camino; al contrario, vitamínate todo el día con recuerdos agradables, con momentos bonitos que has vivido, con momentos graciosos, hasta chistosos. Recuerda aquel buen amigo, aquella buena persona, aquel instante feliz y agradable”.

Me dice muy serio: “Fuera con la tristeza, es aliada de los malos”.

5.- No pierdas nunca la capacidad de admiración hacia las cosas bonitas. Admira las flores como si fuera la primera vez que las miras. Admira la luna como si nunca antes la hubieras conocido. Admira la naturaleza, las plantas, los animales, las piedras, el sol, los ríos, la lluvia, el relámpago, el mar, los paisajes, la arena que pisas, la fruta que comes, el agua que bebes.

6.-Una cosa me dijo muy en serio; nunca lo había escuchado tan terminante. “No tengas miedo en buscar la felicidad. No te pongas barreras, no te cobijes en pretextos. No seas miedoso, me dijo con un tono de firmeza-. La felicidad existe para todos, ahí está, al alcance de la mano. Todos tenemos derecho a ella, no es privilegio de unos cuantos. Es riqueza de quien la busca, de quien la procura.

“Tienes ganas, ¡hazlo! ¿Quieres? ¡Decídete!”.

Silencio…

Hubo una pausa que a mí me pareció larguísima. El silencio se podía escuchar. Sentí una gran alegría porque la pausa me dio tiempo a rumiar lo que Champoleón me había dicho. Me puse a ordenar mentalmente los conceptos. Se me olvidaba algo y recordaba otras cosas. El silencio seguía, pero estaba yo seguro que él por ahí andaba todavía.

Escucho cerca su respiración tranquila, pausada, rítmica.

Por fin Champoléon volvió y, con gran cariño, me confió al oído: “¿Quieres ser feliz? Ama”, me dijo suavemente. “Ama todo lo que puedas, con toda la fuerza que tengas. Ama”. Escuché y el silencio se hizo profundo.

Espero que mañana o pasado regrese para platícame más sobre este último asunto. Mientras tanto, ante esta belleza del jardín que me rodea, con este clima maravilloso y con tantas cosas bonitas, cerré los ojos y me quedé dormido.

Por hoy fue todo. Muchas gracias. Hasta el próximo viernes.