Dillinger y San Agustín

Por Dr. Miguel Ángel Rodríguez herrera

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Durante las frías y brumosas tarde noches se advertía la extravagante figura de Dillinger inclinado sobre su escritorio en tanto garrapateaba sus rugosos papeles sorbiendo grandes tragos de bourbon combinados con gruesas volutas de un rancio pitillo. En su intrincada red cerebral elucubraba las más extrañas ideas.

Su pregunta favorita era: ¿quién soy yo? Esto es; qué supuesto inteligente era él. Entendiendo a ese “supuesto inteligente” como la definición de persona. Como consecuencia lógica al referirse a su persona traía a colación el “yo” que no es otra cosa que la parte consciente del individuo por medio de la cual cada ´persona descubre su identidad y sus relaciones con los demás.

Entonces se trataba de saber su propio yo. Ese yo que no es otra cosa que los rasgos propios de un individuo que lo distinguen de los demás. Identificarse es distinguirse de la colectividad, de la comunidad de los otros. Por eso cuando se le pregunta a una persona que se identifique cometen un error al pedirle sus datos personales de tal manera que coincidan con los demás pues realmente lo que se le está pidiendo es los distintivos propios que lo marcan como diferente a la colectividad.

Identificar es distinguir y no comunizar. Esto lo sabía Dillinger a la perfección pues había sido arrestado en muchas ocasiones por la policía y las preguntas eran las mismas: nombre, domicilio, etc. etc. cosas como estas que son comunes pero que no lo distinguían, sino que lo masificaban con los otros.

Su pregunta favorita lo llevaba por los intrincados rincones del psicoanálisis al más puro estilo de San Agustín quien en su obra las “confesiones” se adelantó, por siglos, a Freud. Pero aun más difícil porque se trataba de un auto psicoanálisis o auto introspección para observar todo aquello que te hace diferente a los demás. En verdad que Dillinger era perrísimo.

Por eso cada uno de nosotros, igual que San Agustín y como Dillinger debiéramos de pensar en eso que nos hace distantes a los demás. Ser original y no manada con gafetes, credenciales y todo aquello que nos hace comunes y por lo tanto mediocres. Aunque valgas un centavo para los demás tu vales tu peso en oro cuando eres tu mismo.

San Agustín y Dillinger fueron hombres que no se conocieron pero que fueron de los mismos pensamientos. Ambos buscaban la identidad nunca la comunidad con los otros. Hecha excepción de que el Hiponense afirmaba de la identidad era dada por Dios. Esa fue quizás la única comunidad entre San Agustín y Dillinger.

Por ello no desisto del deseo de ser alumno, en las Universidades Angélicas de Dillinger y de San Agustín esforzándome por aprobar sus súper emocionantes cátedras y aplaudirles al final de cada una de ellas. Fiel a mi propósito, desde mi mortalidad, me preparo arduamente para el examen de admisión y a través de los eones llegar a los grados más eximios del conocimiento humano.

See you.