Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 21

Por Federico León de la Vega

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Después de la velada con José, Íñigo se acostó tarde, pero se levantó temprano. Su afán por la disciplina y el orden le impedían quedarse en la cama después del amanecer. A los amigos alardeaba “A mí la aurora nunca me ha encontrado dormido”, aunque algunos de ellos veían esto como síntoma de neurosis. Bajó al estacionamiento del hotel donde había compartido varios días con Jenny, no deseando pasar un momento más solo en aquella habitación. Tal vez ésa era la prisa.

Ya en el confort de la cabina de su viejo auto deportivo se sintió resguardado. Todo ahí dentro era le era familiar y acogedor. Aún las cosas raras, como el que la llave de la ignición estuviera a la mano izquierda o el que ventanas, ventilas y quemacocos se operaran manualmente, las encontraba acogedoras. El escuchar el fuerte ronroneo del motor lo relajó. Disfrutó con anticipación del ascenso por la sierra, impulsado por ese motor que aún con tantos años de vida dejaría atrás a la mayoría de los autos. Puso a la mano sus gafas de sol, pues pegaría de frente gran parte del camino. Metió primera, soltó suavemente el embrague y salió por la calle costera para después dar vuelta hacia las montañas. Cuando abrió su ventana percibió un extraño olor a quemado. Asomó las narices buscando de dónde venía y muy pronto pudo ver que era detrás de su auto. Se apeó tan pronto pudo librarse del cinturón de seguridad (que también el cinturón era antiguo) y corrió a abrir la tapa del motor ¡había llamas! Un joven motociclista paró y sacando de algún lado una gaseosa embotellada la sacudió apagando las llamas con el líquido a presión. Las llamas se extinguieron, pero el corto eléctrico continuó hasta que se logró desconectar la batería: un taxista voluntario salvó al auto del incendio total.

Hubo que llamar una grúa. Con sincero agradecimiento al taxista que había evitado de la pérdida total su amado auto, le ofreció algún dinero en recompensa, pero él se negó a aceptarlo. En cambio, ofreció llevarlo a donde necesitara ir, toda vez que el auto tendría que pasar algunos días esperando las refacciones necesarias. El entusiasmo de Íñigo por un auto clásico se contravenía con múltiples inconvenientes. Cuando por fin el taxista le preguntó ¿a dónde le llevo? a Íñigo no se le ocurrió otra cosa que ir a ver a José. Una vez con su amigo le relató los últimos acontecimientos, desde el re-encuentro con Jenny hasta la despedida y el incendio. A José le entretenían mucho las historias de Íñigo, por considerarlo un personaje exótico, fuera de lo común.

Eso sí que soy-  le respondió Íñigo concediendo ser fuera de lo esperado.

¿Y qué harás ahora?-  Le preguntó José- Puedes quedarte en mi casa si gustas. Ni modo de regresar al hotel. Te sentirías mal.

Bien, te acepto la hospitalidad, porque además es tarde para tomar el autobús.

Y los dos amigos cenaron y departieron largamente esa noche. Haciendo reminiscencias. Al preguntar José sobre los planes del día siguiente, y sabiendo que Íñigo querría levantarse temprano, le ofreció su auto. Ésta era una oferta tentadora. José tenía un Jaguar XE de modelo reciente, un auto que él jamás hubiese pensado en comprar. Ante la generosidad de José aceptó el préstamo por unos días. Temprano a la mañana siguiente, tomó las llaves que desde el día anterior le diera su amigo, pidiendo que por favor no le despertara. Echó a andar la máquina presionando un botón. Dentro de la cabina no escuchó ningún sonido.