Clarabello y San Valentín

Por Nacho Cadena

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Con gran sorpresa me enteré de que no soy el único ser de los llamados humanos que es visitado por personajes, geniecillos traviesos que les gusta juguetear con las personas. Mis dos queridos y solitarios lectores me platicaron por e-mail que ellos también sufren los embates de las travesuras de alguien a quien o quienes no han logado identificar. Llevo la ventaja que al menos yo sí sé que se trata de Chapo, Chepo, Chipo y Chopo.

Estoy llegando a pensar que, así como cada quién tiene un ángel de la guarda o ángel custodio, que nos cuida de las acechanzas y de los peligros y nos defiende en las dificultades; así también cada uno tenemos la compañía de estas criaturas que con sus juegos nos hacen pasar primero dificultades y luego nos ponen alegría en el camino, nos hacen ser complacientes y por sinergia nos hacen traviesos como ellos. Parece ser que los ángeles custodios son demasiados severos, se toman muy en serio su trabajo, son extremadamente responsables en cuidar de su señalado… y por tanto, a veces pueden caer en ser aburridos y enfadados. Qué esperanza que esté yo hablando mal de mi ángel de la guarda, si me ha protegido tanto, me ha salvado de tantos tropiezos y me ha rescatado de situaciones a veces tan difíciles.

¿Qué sería de mí sin ángel custodio? Volando cada semana en esos avioncitos que por pequeños merecen cobrar las tarifas más altas del planeta. Mi ángel se llama Clarabello y es un verdadero ángel. Me advierte por donde cruzar la avenida para no sucumbir en la infernal carrera de camiones urbanos que cada vez gozan de mayor prepotencia e impunidad. Clarabello me guía a la hora precisa que debo ir al centro para encontrar un lugar desocupado, siempre me tiene reservado, no sé si tiene influencia con los taxistas o les pide prestado uno de los 1,200 lugares concesionados de que disfrutan o simplemente mi ángel se disfraza de cubeta para reservar un lugarcito ahí junto a los lavacoches. Pero no creas que Clarabello solo me guía en estas cosas terrenales, también me protege de los malos pensamientos, de las malas compañías, no me permite beber entre semana, no me deja fumar más de un habano al día, no quiere que me desvele, quiere que me salve de los excesos, de todos los excesos… por eso digo, gran labor de Ángel de la Guarda, pero es una labor difícil, dura, austera y definitivamente aburrida. En cambio, la compañía de Chapo, Chepo, Chipo y Chopo es tremendamente entretenida, muy divertida, ahora yo también les juego bromas a ellos, les pongo trampas, los trato de desconcertar y así todos nos divertimos. Ahora que a estos traviesos geniecillos los insulto, les digo majaderías, les grito de groserías, sobre todo cuando estoy apurado y me esconden la llave de la casa y no puedo salir o cuando en la noche me activan la alarma del coche y tengo que bajar cinco pisos para desactivarla y deja tú, subirlos de nuevo. Por eso de machos de cabra no los bajo. En cambio, a mi Ángel Custodio, le rezo todas las noches aquello que me enseñó mi madre: ángel de mi guarda / mi dulce compañía / no me desampares / ni de noche ni de día / no me dejes solo / porque me perdería.

Al final, sin embargo, le propongo que no me deje sólo, pero que vayamos juntos a divertirnos y a pasarla bien, aunque no salgamos un poco del carril. No accede, él es ángel de la guarda y tiene que custodiarme. Imposible convencer a Clarabello.

Junto con mis traviesos compañeritos me fui a recorrer el pueblo. Vi y sentí amor por todas partes, aclarando que no solo presencié escenas amorosas como aquella bajo el árbol donde la joven compañera llevó el tradicional portaviandas repleto de chorizo con huevo, nopalitos y frijoles aguaditos con un pedazo de panela, aunque el hombre difícilmente podía disfrutar tan suculentos platillos, pues la joven dama no lo soltaba del pescuezo hablándole en corto a la oreja y quien sabe que más cosas. Afuera de las escuelas vimos tantas parejitas bonitas en diálogos muy personales, tomados de la mano y de donde se pudiera. Vimos muestras de amor en varias formas. Te cuento que visitamos las oficinas del Ayuntamiento y el trato a los antes vapuleados ciudadanos era servicial, atento y hasta cariñoso. Sé que no lo crees pero una de las servidoras públicas hasta un dulcecito envuelto en color rojo entregaba a cada persona que solicitaba su lado del predial y vimos más cosas, los camioneros y sus otroras máquinas infernales cedían el paso a los peatones; en Sams abrieron todas las cajas y los antes austeros cajeros ayer recibían a los clientes con alarde de buen gusto y atención evitando que se formaran colas de más de dos carritos; el amor pululó ayer en los aires de  Puerto Vallarta, se sentía, se palpaba, olía a amor por todas partes.

De regreso a mi balcón, desde donde me dirijo a ti mi leal y solitario lector, de regreso platicaba con mis traviesos compañeritos de travesía de una historia cuando estaba en sexto año de primaria. Allá en la escuela de Doña Concepción Larrea de Soria, tenía un compañero de salón, Tarciso de nombre, que escribía desde entonces cartas de amor. Tarciso escribía cartas a una niña llamada Isabel, novia imaginaria, escribía cartas de amor a alguien que no existía. “Te acuerdas -le decía- cuánto nos divertimos, ayer fuimos a la Plaza Zaragoza, espero que guardes aun sobre tu cómoda la rosa amarilla que corté en la plaza. Yo recuerdo perfecto el aroma de la flor, pero más fresco tengo el aroma de tus manos. Me paso horas repitiendo de memoria tus palabras y al fondo escucho las campanadas del reloj del palacio municipal que marcaban las siete de la tarde, hora que debíamos regresar a nuestras casas. Isabel, cuánto te quiero, cuánto te extraño. Tuyo por siempre, Tarciso”.

Mi compañero de aula un niño de primaria, así le escribía todos los días cartas de amor a su novia imaginaria. Un día, por descuido, Tarciso dejó las cartas en el mesabanco, cuando salió con permiso al baño. El Güero Kelele, el más rudo de la clase, encontró las cartas y en son de burla empezó a leer en voz alta, para que todos lo escucháramos: “Querida Isabel: cuánto te extraño”, leyó en medio de unas risotadas sarcásticas. La maestra Sofía arrebató, la carta la leyó rápido y la llevó a la dirección, a donde Tarciso fue convocado de inmediato e interrogado sobre cómo era posible que “perdiera” el tiempo en el salón de clases escribiendo cartas de amor. Gracias a la maestra Chonita, quien exclamó: “Déjenlo, Déjenlo soñar”, mi amiguito fue liberado; eso sí, sin su carta de amor, que quién sabe dónde quedaría.

A los pocos días, no recuerdo cuántos, la niña de cabellos negros y rizados de nombre Marilú, se acercó a Tarciso y le entregó la carta que se había encontrado: “Debe ser muy linda Isabel, con su cabello rubio y sus ojos muy azules y debe ser muy buena e inteligente, por eso la quieres tanto”.

Tarciso platica desde entonces todos los días con Marilú y hablando sobre cómo era Isabel, fue descubriendo en esta niña de verdad que para amar a alguien no se necesitaba ser perfecto. Marilú era bonita, pero chaparrita; era simpática, pero de voz un poco chillona, no era tan aplicada en la escuela, pero era maravillosa gimnasta. Pero, sobre todo, era una niña de verdad, que platicaba, que se quejaba, que reía y que podía acompañarlo de a de veras a la Plaza Zaragoza. Fue descubriendo Tarciso el significado del amor, querer lo que se tiene, con sus virtudes y sus defectos, con lo que tienes y lo que careces. Entendió que amor no es solo recibir si no que hay que dar, es generosidad y humildad, es perdonar y saber pedir perdón. Supo lo que era disfrutar los pequeños detalles cuando hay amor: es compartir, es gozar, es soñar y ser realista. Amor es libertad, es confianza, es buscar siempre el bien del otro. Es respeto, es sencillez, es querer a otro y quererse a sí mismo.

Así, Tarciso fue descubriendo a través de Marilú la esencia del amor. Aprendió que el amor no solo es para un hombre y una mujer. Los amigos, la amistad es una forma de amor, la contemplación y el respeto a la naturaleza es también una forma de amar, también lo es el respeto a las ideas de otros. Ni qué decir el amor a los padres, a los hijos, a los maestros, a los empleados.

No sé exactamente dónde está hoy Tarciso. Supe que seguía escribiendo cartas de amor a todo lo bello de la vida, que también escribe poesías, supe que reparte amor a manos llenas por donde pasa y supe también que es un hombre muy feliz.

Propone Chipo, aquí mismo en el balcón, porque hoy aunque ya no es día de San Valentín, que salgamos todos, en lugar de andar haciendo travesuras, a decirle a nuestros seres cercanos cuánto los queremos, cuánto los necesitamos, cuánto les agradecemos su cariño y amistad, cuánto apreciamos su vida y su trabajo.

Yo me solidarizo con Chipo y te digo: gracias por ser mi lector, gracias por tenerme paciencia, gracias por apreciarme. Al cabo que hoy también, como todos los días, es el Día del Amor.