Puerto Vallarta: evolución de un destino turístico 2008

El valor del estudio histórico es que nos enseña a ver el presente en el pasado.

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Por Héctor Pérez García
(PRIMERA PARTE)

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Hace una década se publicó el libro cuyo título llevan estos comentarios. En el mismo se analizan los problemas de una ciudad que encontró en el turismo su vocación. No eran tiempos entonces de vacas gordas y se señalaban algunas oportunidades para conservar los atractivos de la ciudad. Algunos problemas se han resuelto, otros a medias pero los más importantes se han ignorado y siguen agravando la imagen y valor de la ciudad; el desorden urbano que erosiona la otrora bella ciudad y la sustentabilidad cuya falta de aplicación y respeto afecta la calidad de vida de sus habitantes.

El turismo es vulnerable, caprichoso y frívolo. Se ve afectado por infinidad de factores, los más fuera de nuestro alcance. También es cíclico y lo vemos en la historia de todos los países emisores y receptores. Los pueblos que viven del turismo deben esperarlo.

El libro que comentamos fue publicado por el Centro Universitario de la Costa en 2008 y escrito por Héctor Pérez García. Esperamos publicar algunos capítulos del mismo como un recordatorio de nuestra evolución con el propósito de no perder el rumbo.

En esta primera parte compartimos el Prólogo del libro escrito por el Arq. Guillermo García Oropeza.

Don Héctor Pérez García —no me atrevería a quitarle nunca el “don”— es un personaje rico de cualidades y virtudes. Hombre pleno de caballerosidad y prudencia en el trato personal, puede ser muy valiente y claridoso cuando escribe sobre los temas que lo apasionan. El experimentado hotelero y restaurantero se convierte en un agudo e insobornable periodista que sabe muy bien de lo que está escribiendo. En sus temas es, por encima de todo, un experto que intenta despertar en autoridades frívolas, insensibles y caprichosas la urgencia de enfrentarse a una realidad que está frente a todos los que quieran verla. Sin perder jamás el buen tono y sin recurrir a violencias verbales, don Héctor prefiere convencernos a través de un análisis perfectamente estructurado y que se refiere siempre a fuentes irreprochables. Hay en los escritos de don Héctor algo de la solidez académica que tanto falta a nuestros periodistas. Uno podrá no estar de acuerdo con las ideas de don Héctor pero ciertamente las tomamos en serio, muy en serio.

Tequileño de origen, don Héctor pasó sus primeros años en el campo, ése que el agave azul da una coloración y atmósfera únicas. Ahí recibió esa educación basada en la realidad y en la experiencia de los mexicanos que tuvieron la oportunidad de crecer en el campo y en pueblos chicos. Y yo pienso que muchos de nuestros males actuales arrancan del hecho de que la gran mayoría de los nuevos mexicanos han nacido y crecido en ciudades, en su estrechez, caos y confusión. Educados por la tele y creciendo muchas veces en la soledad esos mexicanos nuevos se han perdido del contacto inicial con la naturaleza, sobre todo, cuando es tan espléndida como aquella que rodeó los primeros años de don Héctor.

El cual a su debido tiempo dejó para irse al mundo, a prepararse para una brillante carrera profesional. Y el descubrimiento del mundo lo continuó don Héctor a lo largo de toda su vida pues se convirtió en viajero de esos buenos que van con los sentidos muy abiertos para descubrir vistas, paisajes, arte y arquitecturas y sobre todo —es su especialidad— sabores.

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ANECDOTARIO INTERMINABLE

Conversar con don Héctor es una delicia de inteligencia y de memorias. Sin perderse en literaturas y anecdotarios interminables don Héctor va al grano y nos hace acompañarlo en ésos sus viajes por el ancho mundo.

Don Héctor conoce las cocinas de ese ancho mundo como pocos y al escucharlo comprobamos lo que ya sospechábamos —que la cocina es una de las artes mayores. Nos sumamos a su gusto clásico que le hace preferir la cocina francesa sobre otras novedades hoy tan de efímera moda. Su conocimiento de la cocina de Francia es bien precisa. Distingue la buena cocina que nos ofrecen aquí la mayor parte de los restoranes franceses o afrancesados y que no pasa de ser burguesa, de la gran cocina histórica que produjo una de las aristocracias más refinadas del mundo. Pero el paladar y memoria de don Héctor se siente a su gusto en otras cocinas incluyendo, claro, a la nuestra que está entre las más creativas y diversas.

Hombre de restoranes, buen cocinero él mismo, don Héctor es generoso anfitrión que nos sorprende con recetas sofisticadas o sencillas pero siempre excelentes.

Y el conocimiento de la cocina se acompaña, el verbo es inevitable, de una sabiduría del vino que en su infinita variedad debe complementar y completar, como una buena pareja amorosa, a un platillo. Don Héctor conoce de vinos de una forma profesional, algo raro en este País donde la cultura del vino nos es tan ajena —por diversas razones sociales e históricas— y cuando alguien presume de conocerla es generalmente por esnobismo superficial. Don Héctor, en cambio, ha vivido los vinos como una experiencia de trabajo y como un placer personal. El vino en sí, con su cuerpo, aroma y sabor; el vino como producto de una tierra, de una historia y de un clima y el vino como parte de ese juego complicado y hermoso que es el buen comer. Uno de los logros más apreciables, más entrañables de nuestra civilización.

Queden estas líneas como retrato de introducción de la personalidad de don Héctor Pérez García, caballero y gran amigo.

Lamentablemente este libro no pertenece a ese género tan agradable, tan placentero que es el de la cultura de la buena mesa. Mucho hubiéramos querido que don Héctor nos pusiera sobre el papel sus sabidurías de cocina y bodega, en ese género que tan pocos han practicado en México —uno de sus practicantes fue don Salvador Novo y otro don Alfonso Reyes— sino que don Héctor se lanza sobre un tema serio y urgente que no nos deja una sensación de placer, como hubiera sido uno de cocina, sino de preocupada reflexión y, diría más aun, de alarma. Me refiero al tema de Puerto Vallarta que conoce tan bien y que expone en profundidad en su libro Puerto Vallarta, la evolución de un destino turístico.

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LOS AÑOS FELICES DE VALLARTA

Don Héctor conoce Puerto Vallarta desde hace muchos años. A él llega con la experiencia amplia de un hombre de hoteles y turismo y a él le tocan también los años felices de Vallarta cuando lo descubre el turismo internacional tras de aquel verdadero cuento de hadas de la película de la Taylor, la mujer más bella de su momento con sus amoríos escabrosos con el tal Burton, un gran actor galés que se convirtió en estrella de Hollywood. Claro está que Vallarta ya existía pero como pueblo pequeño y pleno de sabor al que acudía un turismo caserito y modesto. Pero la película y todo el ruido que engendró iniciaron lo que don Héctor llama un boom que sería el arranque, el despegue de Vallarta. La llegada del turismo ya en serio con todos sus bienes y peligros.

Don Héctor va siguiendo la evolución, la historia reciente de Vallarta donde se mezclan, en forma muy compleja, un fenómeno económico muy dinámico con una situación política que, al parecer no ha tenido la fuerza o la integridad para conducir el fenómeno económico por un buen cauce y que ha llevado a Vallarta a una situación que de no componerse puede conducir al estancamiento de Vallarta, a la pérdida de su vigor turístico. A convertirse, como ha sucedido en otras partes de México y allí está el caso de Acapulco, que es un verdadero “case story” de lo que no se debe hacer.

Don Héctor analiza con un total conocimiento de causa de cómo paso a paso se ha ido contagiando la actividad turística vallartense de ciertas enfermedades modernas como los tiempos compartidos, el todo incluido y hasta la llegada tan espectacular de los grandes cruceros. Don Héctor, como un médico sabio y competente hace el diagnóstico de estos fenómenos que al observador superficial podrían no alarmar pero que vistos tras del análisis de Pérez García se convierten en algo muy obvio y tangible.

Y don Héctor no quiere predicar en el desierto, menos aún en un desierto tropical, sino que se dirige en varias ocasiones a las autoridades locales en especial a la suprema que es el Alcalde para alertarlos de la situación. “Rey don Sancho, rey don Sancho no digas que no te aviso…” como decía el romance castellano. Don Héctor, en sus advertencias es claro, informado y honesto. Mal harán sino lo escuchan.

Pero Vallarta no es solamente un problema académico de turismo sino una realidad física y humana y don Héctor dedica su atención a un problema de urbanismo, conservación y buen gobierno —que es el del Centro Histórico como hoy se ha dado en llamar a lo que antes era simple y llanamente Puerto Vallarta. La conservación de un pueblo cuya arquitectura es espontánea y tradicional y que cambia espectacularmente de vocación y de economía y que no tiene las normas claras y seguras de conservación de un patrimonio que es de todos, y diría de todos los mexicanos y no sólo de los vallartenses.

Pero parecería que la ausencia de conciencia urbanística y patrimonial es mal de muchos en este País que ha derrochado sus atractivos y su herencia y en donde en sólo unos cuantos sitios, pienso en Zacatecas, autoridades y habitantes se han unido a conservar el pasado con su belleza y memoria. Ojala que la voz de don Héctor sea oída porque el deterioro de Vallarta a todos nos empobrecería. Pero parece que el panorama es más bien pesimista y que especuladores y gobierno se han empeñado en acabar con la atmósfera mágica y maravillosa sencillez del pueblo. Y eso para no hablar de su ecología.

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TOLERANCIA E INTELIGENCIA

En su análisis del turismo nada le es ajeno a don Héctor y así no rehúye ese fenómeno social y económico que es el del turismo gay, como ahora se llama, que ha encontrado un nicho en Vallarta y que tenemos que ver con tolerancia e inteligencia y ante el cual sería absurdo asumir posturas conservadoras que ignoran que vivimos en un mundo muy complejo donde los diversos grupos buscan su expresión y reclaman su derecho a un espacio.

Vallarta que no sólo está en un ancho mundo al que está conectado por un potente puente de comunicaciones aéreas, terrestres y marítimas sino que pertenece a un sistema regional que traspasa líneas estatales y lo hace extenderse en una gran ciudad lineal. Algo que, por supuesto, ha sucedido en muchos sitios turísticos marítimos donde una vía costera es la columna vertebral del desarrollo. Y uno de los retos de esta ciudad lineal que don Héctor conoce muy bien es la posibilidad de que Vallarta, perdido su dinamismo, se convierta en estática zona residencial y en simple proveedora de servicios para esa prolongación urbana donde no tiene ni voz ni voto.

Pero don Héctor no es únicamente una voz crítica, aunque su crítica sea tan demoledora justamente por ser tan racional y objetiva, sino que además es propositiva y nos habla del Vallarta que deseamos tener si revertimos las amenazas y tomamos las decisiones adecuadas. Porque, claro, no todo está perdido si seguimos interesados en dar la batalla para que ese regalo de Dios y la naturaleza que es Vallarta no sea destruido por la ambición desmedida, la codicia empresarial y la cobardía, miopía y corrupción de los políticos.

Para todos los que nos interesamos en Vallarta este libro, Puerto Vallarta, la evolución de un destino turístico de don Héctor Pérez García es absolutamente indispensable. Tan sencillo como eso…

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(*) El autor es analista turístico y gastronómico.