Lecciones del silencio

Por María José Zorrilla

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Pareciera que la edad podría estar en función del nivel de decibeles que estamos dispuestos a tolerar.  A mayor edad menor capacidad para soportar altos volúmenes.  No obstante, hay ruidos que a ninguna edad estaríamos en posición de tolerar porque han excedido los límites de la lógica.

En las ciudades, el mayor generador de ruido es el parque vehicular.  Vallarta no escapa de esa estadística.   Automóviles, camiones de carga, camiones urbanos y camiones turísticos con el motor prendido, son los principales causantes del ensordecedor ruido en el centro de la ciudad. Pero también tenemos otros tipos de ruido.  El que se genera al interior de bares y restaurantes, el de las tiendas que promueven un servicio nuevo, un aniversario o un evento especial para atraer clientela como farmacias, equipos de sonido, tiendas de telas, de ropa, zapaterías, venta de llantas y autos.  El ruido de los hoteles se produce a través del encargado de entretenimiento en albercas, gimnasios, cenas tema o eventos; en las embarcaciones turísticas alcohol y música a todo volumen son ingredientes casi infalibles.   En barrios, vecindarios y condominios también abundan las fiestas privadas o individuos alcoholizados que ponen su estéreo a todo volumen, sin importar perturbar al vecino de al lado.

Nos hemos vuelto una sociedad donde el ruido pareciera llenar nuestro vacío interior.   Cada vez estamos más dispuestos a soportar esta continua agresión al cuerpo sin percatarnos del perjuicio a nuestra salud.   Indistintamente al tipo de evento, la tónica es subir el volumen.  Este fenómeno está presente en muchos restaurantes sin considerar que la gente quiere ir a disfrutar de un momento de esparcimiento y tranquilidad.  La música no debe constituir el enemigo a vencer en un restaurante.   Muchas veces la música es del gusto del cajero o encargado del bar y no sólo es el volumen el problema, sino que la selección no va acorde al ambiente que se quiere recrear, ni la experiencia que se desea ofrecer.

Uriel Waisel un experto en adecuar música para restaurantes según el tipo de menú, ambientación y de clientela, considera que “la música debe llenar un espacio y afectarlo como un tinte. Debe estar lo suficientemente presente como para afectar positivamente el estado de ánimo del público, sin interrumpir sus conversaciones.  El objeto de la música en los restaurantes es también el de contrarrestar los silencios incómodos, a la par de ocultar sonidos de poca etiqueta, como el de los cubiertos en los platos”.    Vallarta desgraciadamente se ha convertido en un lugar ruidoso por tierra y por mar.  Caminar por el centro no es agradable porque el ruido es insoportable.   Por las noches, cuando baja la afluencia de vehículos, empieza el ruido de antros, discos y bares.  En la Zona Romántica y la zona del malecón, nada más oscurecer y el ruido lo invade todo.  Ojalá pronto echen andar el reglamento de control de decibeles y límite de horarios para dormir.  Los vecinos y colonos de la Emiliano Zapata suplican sean escuchadas sus quejas para poner en marcha cuanto antes este tipo de regulación.

Por mar, la mayoría de las embarcaciones venden el paseo con música a todo volumen.  No quiero imaginar el daño que provocan a la fauna marina.  Los cetáceos son muy sensibles al sonido, particularmente las ballenas cuyo órgano sensorial más desarrollado es el oído que atraviesa una amplia región frontal en su cuerpo.   En días pasados estuvieron de visita una sobrina que estudia en Argentina con su novio alemán.  Tomaron una excursión a Las Marietas y su asombro ante el nivel de la música fue mayor.  Mi sobrina y su pareja no pasan de los 28 años, no obstante, estaban muy frustrados por el ruido.  Insistieron en bajar la música y no les hicieron caso.  La segunda vez les dijeron a los del barco.   “En casa no podemos escuchar las olas del mar, hemos venido a disfrutar del mar; la música la puedes poner en cualquier lugar”. Finalmente decidieron hacer dos secciones; una donde desconectaron la bocina y otra con música muy alta.   Para sorpresa de la tripulación, la gran mayoría integrada por turistas de habla inglesa y algunos de origen asiático, prefirió la sección donde habían desconectado la bocina.   Los mexicanos parecemos tenerle pánico al silencio.  Hay que llenar el hueco a cómo dé lugar porque bullicio y música alta generan alegría.  No siempre es así.  Vaya lección que dio el silencio a esa embarcación.