Hoy me enamoré del viento

Por Nacho Cadena

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Nuestro primer encuentro fue por el tacto. Sentía yo una suave caricia por toda la piel; tenía la suavidad y la textura de una pieza de terciopelo. Como delicadas manos que repasaban mi cuerpo, una tras otra, sin pausas y sin espacios.

Era la sensación máxima de placer y eso mantenía mi cuerpo muy relajado, mis ojos cerrados y la mente empezó a dejarse llevar por la ausencia de pensamientos. Las caricias seguían suaves pero continúas, de abajo  hasta arriba, los pies descalzos, las piernas, el torso, la cara, los ojos. Nunca había disfrutado de ese terso masaje sobre los párpados de los ojos cerrados; parece que te llega el epicentro del alma. Creí mesarme los cabellos, pero no, mis manos lánguidamente colgaban de mi cuerpo hacia debajo de la hamaca… eran las mismas caricias, esas manos de seda que alborotaban mi cabellera de tal forma que sentía una ternura apacible en mi cuero cabelludo. Dejé correr el momento, me dejé querer, permanecí con los ojos cerrados por el propio peso de la felicidad. Mi piel estaba fresca, a una temperatura que no existe. Floté y caí dormido, en un sueño profundo y placentero, me entregué al sueño, me quedé dormido profundamente.

Después de más de una hora de estar en el más perfecto de los descansos, abrí los ojos, desperté, tomé conciencia y aun, después de todo este tiempo, la brisa, la que corre de mar a la tierra, la brisa, el viento, seguía acariciando mi cuerpo de arriba abajo.

Ya despierto, di vuelo a la imaginación, empecé a hablar con todos y me doy cuenta de que el viento es el elemento más desconocido para mí. La tierra, el agua, hasta el fuego es cotidiano en nuestro pensamiento.

A lo lejos, muy allá, cerca de Punta de Mita observo un grupo de veleros, todos con la vela blanca, que recorren parejos uno al lado de otro, el color azul del mar de la bahía. Quisiera ver la cara de los tripulantes, hombres y mujeres, dando frente al aire, cortando con su cuerpo la caricia de los vientos; me gustaría ver como vuelan sus cabellos sobre los hombros en señal de gusto, pero sobre todo me gustaría leer su felicidad, que el ánimo que el viento les produce. Las velas hinchadas por el viento empujan los barcos hacia delante como poderío y mando. Surcan el agua, rajan la superficie, hacen brechas y al final producen el blanco de la espuma que escolta orgullosa la proa de la embarcación que es la punta de lanza mirando hacia el destino, destino que ha sido impuesto por el navegante que con mano firme en el timón conduce la nave. El viento, aquí es fuerza, es energía, es motor; también es juego, es diversión, es entretenimiento. El viento es deporte, es tantas cosas al mismo tiempo.

El viento es música. Cuando corre entre las calles arrinconadas forma un silbido que semeja el sonido de una flauta dulce. Entre los pinos del bosque o en la selva tropical forma música, melodías continuas que arrullan al oído. Cuando mueve los móviles que colgamos en terrazas forma acordes cadenciosos al hacer chocar una pieza con otra.

Los que fuimos a escuchar la Filarmónica de Jalisco aun recordamos la música producida por el viento que salía de las flautas, los clarinetes, los cornos, los oboes, magistralmente tocados por los hombres y mujeres que han dedicado su vida a producir belleza.

El viento es escultor. Lo he visto mover las arenas doradas del desierto hasta formar unas dunas onduladas de formas increíbles… y al día siguiente las cambia de lugar y de forma, porque el viento es incansable, nunca para, nunca duerme. También cuando contemplo Los Arcos de Mismaloya admiro la labor del viento; dime tú si no es maravillosa escultura: la fuerza y la dedicación diaria realizada por miles de millones de años. El viento es perseverante, sigue trabajando hasta lograr lo que quiere.

El viento es poesía. Es inspirador de poetas y autores. Cuantos versos inspirados en este precioso elemento, cuantas canciones, cuantas novelas, cuantas películas, cuantos cuentos infantiles. Recuerdo aquella de título “Viento Negro”, la historia del hombre del desierto.

El viento es vida; los humanos vivimos de él, lo respiramos, purifica la sangre que corre por nuestras venas. Es aire, ese que debemos cuidar como a nuestra propia vida, ese que no debemos contaminar con el veneno que expiden los humos de los carros mal carburados, ni con ninguna otra forma que quite esa sana transparencia a la vida que inhalamos en forma de aire.

El viento es energía cuando mueve las aspas de los dínamos en la punta de los mástiles. Es fertilidad cuando transporta el polen de una planta a otra y hace que fecunden. Es patriota cuando orgullosamente hace ondear la bandera nacional. Es estilista cuando vuela las largas cabelleras de las hermosas mujeres. Es niño cuando juega con los papalotes de papel. Es atleta cuando desliza los wind surf sobre las olas. Es travieso cuando se excede y tira del tendedero la ropa recién lavada.

Sin viento no habría nubes y sin nubes no habría lluvia y sin lluvia no habría ríos y sin ríos no habría trigo y sin trigo no habría pan. El viento es alimento.

Interviene Champoleón, mi consejero en asuntos de filosofía y me dice: “No se te olviden dos cosas. Sobre todo, el viento es libertad; anda por donde le da la gana, se mete por todas partes, nadie lo detiene, nadie puede aprisionarlo, nadie puede limitarlo, nadie puede encajonarlo. Es libre, es la libertad en su esencia más pura.

“El viento nos hermana Tú y yo, todo el género humano lo compartimos, sin problemas, sin rencores, sin envidias. Tú usas el que necesitas, yo hago lo propio, nunca nos peleamos por un pedacito de aire”.

Interviene Ventus, mi caballo alado, mi pegaso, el de las grandes alas de ocho metros: “No se te olvide, el viento es nuestro espacio, es donde tú y yo volamos, hacemos piruetas, recogemos polvo de estrellas, navegamos cruzando los tiernos rayos de luz del amanecer. No se te olvide: es nuestro espacio para vivir realizados”.

Interviene Clarabello, mi Ángel de la Guarda: “No se te olvide, el viento, el aire es el camino al cielo”

Interviene Allegra, mi consejera en las cosas bellas de la vida: “El viento es felicidad, esencialmente es felicidad. Es un compañero que nos acompaña durante toda la vida, no nos deja un solo instante, es un amigo, un buen amigo.

Silencio absoluto. Y te confieso mi conclusión y te confío una intimidad: Hoy me enamoré del viento.

Por hoy fue todo. Muchas gracias. Hasta el próximo viernes.