Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 23

Por Federico León de la Vega
fleondelavega@gmail.com

.

Cuando Íñigo llegó a su cabaña en la montaña, abrió la cochera y guardó el auto de José. Permaneció un rato más deleitándose con jazz en el excelente aparato de sonido. Luego quiso apagar las luces, pero el vehículo, que era muy inteligente, se le adelantó y tan pronto tocó la manija para abrir la puerta, se apagó todo excepto una tenue luz de cortesía. Íñigo se quedó esperando cerciorarse que ésta última se apagara sola.

A la mañana siguiente, después de prepararse el desayuno y beber una taza de café, leía un ejemplar de la revista “Wired” que le habían obsequiado. Luego siguió su rutina y entró a su taller, que estaba integrado a su cochera. Sobre las paredes tenía colocadas muy en orden sus herramientas, en un extremo las  de carpintería y en otro las de mecánica. Pensó que haría un favor a José revisando los niveles de aceite, agua, anticongelante, líquido de frenos y demás del Jaguar. Jaló la perilla correspondiente y levantó el capó. ¡Oh sorpresa! No pudo ver el motor.

El compartimento estaba tapado de lado a lado por una pared de plástico negra fijada con tornillería especial. Una etiqueta daba, en tres idiomas, la simple instrucción de acudir al concesionario para que, conectado a una computadora, el auto fuera diagnosticado. Cualquier interacción entre máquina y humano se limitaba a la información que en forma digital ofrecía el tablero: hasta la temperatura de la cabina y la presión precisa de cada llanta, incluyendo la refacción. Un poco frustrado, Íñigo abrió la cajuelilla de guantes para buscar el manual del vehículo. El manual era muy simple, casi para niños; no dejaba al propietario ninguna posibilidad de mantener o de reparar nada. Más bien hablaba de todas las virtudes y funciones que ofrecía así como de las “apps” de su sistema computarizado y del GPS. Todo era accesible solamente a través de la pantalla “touch”.

Los días siguientes pasaron tranquilos. Íñigo comenzó a disfrutar de los paseos en el lujoso auto prestado. Se acostumbró a sus comodidades y en especial a su extraordinario sistema de sonido. La cabina del auto era tan hermética que no se oía el motor, ni siquiera el viento a alta velocidad. Aprovechó para hacer algunos viajes a poblaciones cercanas.

El nuevo Jaguar E era un auto extraordinario, muy superior a sus bellos antecesores (que aunque eran autos hermosos, tenían un sinnúmero de problemas, sobretodo en el sistema eléctrico).  La revista Car and Driver lo evaluó con cero defectos. Íñigo tuvo que aceptar que la tecnología actual era inmensamente superior en todos sentidos, aún comparado con su viejo Porsche.

Lo viejo era simplemente viejo. Llegó a contemplar la posibilidad de comprar un auto nuevo. Esto lo hizo reflexionar acerca de la inteligencia artificial que tanto aborrecía: no tenía nada en contra de la alta tecnología. Sus ventajas eran evidentes. Lo que no aceptaba era la dependencia en grandes corporaciones, que parecían poner barreras deliberadas para capturar al comprador y mantenerlo atado, comprometido a pagar servicios de sus distribuidores. Ya ningún consumidor repara nada. Los autos y los aparatos se desechan o se envían a talleres de la misma marca.

Finalmente llegaron las partes para reparar el auto de Íñigo. Muy temprano tomó carretera. Llegó al taller para supervisar la reparación personalmente. Disfrutaba entender por completo a su viejo Porsche. Al anochecer salía orgulloso: hombre y máquina en perfecta simbiosis. Se dirigió a cenar y estacionándose en el lugar acostumbrado cerró la puerta, pero olvidó apagar las luces. Se quedaron encendidas lo suficiente como para agotar la batería.