Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 24

Por Federico León de la Vega

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Para Íñigo, el encontrar su auto recién reparado ahora con la batería baja no resultó tan molesto, porque sabía bien qué hacer; solo tuvo que pedir ayuda a un par de muchachos para dar un empujón al viejo Porsche, y éste arrancó enseguida. Lo que realmente le contrarió fue que bastaran tan solo unos días de usar un hiper-moderno auto prestado, lleno de inteligencia artificial, para reducir su inteligencia personal. Las excesivas comodidades lo habían adormecido, al igual que pasa con la mayoría de la gente. Vivimos una codependencia con las instituciones y grandes compañías que embota la agudeza y nos impide pensar fuera de la caja. Somos incapaces de sobrevivir sin la tecnología y no caemos en cuenta que somos conducidos como ganado.

De pronto sonó su celular. Era Jenny:

-Hola Íñigo. Dime la verdad ¿fuiste tú quien me llamó hace unos días desde el auto de José?

-Pues…sí –le respondió con timidez, pues hubiera preferido que ella no se enterara.

– Entonces… ya sabrás que me encuentro cerca. Que te mentí al decirte que me iba.

-Mmm, bueno, sí. Pero no te preocupes. No tenemos ningún compromiso.

-Yo sí siento un compromiso contigo. Al menos debo contarte qué pasó. Es más grave de lo que podrías imaginar.

-De verdad Jenny, no es nec..   -¡Sí que los es! –interrumpió ella – Me urge verte

– Bueno, ¿qué te parece mañana temprano?

-Mejor ahora mismo. Necesito pasar la noche contigo. Además ¡estoy a unos metros de ti! Voltea a tu izquierda.

Y ahí estaba Jenny, muy cerca y dirigiéndose a Íñigo con paso apresurado. No era precisamente una carrera de esas de enamorados que se encuentran. Había en la mirada de la chica una especie de angustia, de miedo. Abrazó a Íñigo y se mantuvo asida a él largo rato. Luego empezó a llorar. Él la acarició el pelo y limpiándole las lágrimas, con actitud paternal le preguntó que pasaba, qué podría ser tan terrible.

-Es peor de lo que puedas imaginar. Vamos a un lugar donde podamos estar solos. No traigas tu celular. Dejemos los teléfonos en el auto.

Y caminaron hacia el mar. Él abrazándola por el hombro en actitud protectora. Ella sollozando un poco y limpiándose la nariz de vez en vez. Una vez en la playa Jenny comenzó su historia.

-Yo no le di mi número de teléfono a José. Sólo hice una llamada desde mi cel dentro de su auto, aquella vez que me llevó a la estación. ¿lo recuerdas? Pero su auto registra todas las llamadas y almacena la información de quienes llaman. Cuando José me llamó yo pensé que tú le habías dado mi número.

-Yo no haría eso sin preguntarte a ti. José hizo mal en llamarte, pero no tengas pendiente. No soy celoso y tú eres libre de hacer lo que gustes.

-Cuando José me llamó tú y yo andábamos de pleito y él estaba ebrio. Hizo lo que hacen los hombres: andaba de pesca a ver qué le salía. Cuando sintió mi rechazo me hizo plática paternalista, como queriendo ayudar. Llegamos al tema del dinero y me preguntó qué tal andaba mi economía. Aunque yo rechacé toda oferta que pudiera malinterpretar, sí admití que podría usar más dinero, porque mantengo a mi madre y a mi hijo. Entonces él mencionó que sabía de unos laboratorios de investigación científica que pagaban muy bien. Me dio los datos, y yo pensando que se trataría de un empleo, les llamé. Me dieron una entrevista, pero no quisieron darme más datos. Nada de esto me extrañó, pero…

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