Sin partido de Estado no habrá Cuarta Transformación – Mar de Fondo

José Reyes Burgos
Opinión


Contra todo pronóstico, el partido oficialista del gobierno federal, Morena, decidió cocar liderazgos estatales provisionales a quienes denominó “delegados presidente”, en un contexto en el que la democracia interna de ese instituto político ha quedado suspendida hasta nuevo aviso, dejando huérfanos de liderazgos a millones de simpatizantes y militantes que apoyaron al presidente Andrés Manuel y sus candidatos locales durante las campañas.
En Jalisco, tocó al ex emecista y ex diputado local Hugo Rodríguez ser asignado con este cargo, asumiendo el enorme reto de unificar la estructura que se quedó desmoralizada, dividida y dispersa tras el garrafal fracaso electoral de Morena en la entidad, ante la aplanadora de Enrique Alfaro.
Y en Jalisco, el presidente está desaprovechando el potencial de sus militantes al permitir que las estructuras divaguen en proyectos personales y se dividan, toda vez que hay una larga lista de espera de personas provenientes de otros institutos queriéndose adherir a Morena, y ejerciendo presión sobre la poca organización que existe.
Esto ha creado un enorme nicho para que Movimiento Ciudadano, que cada día pierde más credibilidad y presencia desde los cargos ejecutivos que sus funcionarios electos ejercen, a ganar estructura política y terreno rumbo a una elección en el 2021 que quienes no gobiernan, ya preparan.
Para ser más claros: el capital político que MC utiliza para gobernar lo administra también para ir ganando simpatías, cuando aquellos a quienes no insertó como funcionarios políticos no han realizado ya un trabajo territorial de campo con la gente. Mientras, Morena concreta un discurso de oposición no unificado pero en el trabajo interno no posee mayor integración y los militantes y simpatizantes se sienten, mejor dicho, dirigidos por el propio Andrés Manuel y no una dirigencia estatal ni municipal.
De aquí surgen dos planteamientos muy concretos:
El primero, que de estarse haciendo, capitalizar todo el capital político hacia un solo personaje y de manera directa, el presidente Andrés Manuel López Obrador, sin mayor intermediarismo regional, no es una apuesta democrática, o por lo menos, no una que funcione dentro de las reglas del pluralismo democrático liberal.
Lo anterior porque se está mitificando y trazando la lealtad al presidente como meta máximo a seguir y no se obliga a la participación interna dentro del partido de Estado. Este esquema es más propio de los regímenes autoritarios que abundaron en el siglo XX y cayeron.
Pero también, debilita cualquier intento de generar fuertes estructuras locales capaces de responder por sí mismas a las competencias democráticas regionales, ya que México no es una dictadura ni un sistema unitario en donde el poder se concentre y por tanto, el responderle al presidente de forma colectiva garantiza una victoria política municipal o estatal.
El segundo planteamiento es que, como partido de Estado, Morena debe ser capaz de generar el trabajo político que el presidente de la República no puede por respeto a la legalidad de su investidura, mientras que el propio presidente hace todo lo que el partido no puede por las limitaciones que tiene al no formar parte de la administración pública. Se trata de un binomio históricamente funcional de una democracia presidencialista.
Pero, contrario a esta tradición, el presidente pretende hacerse presente en todos lados y generar su filas con estructuras paragubernamentales, los famosos delegados, mientras la consolidación de un partido fuerte con elecciones internas a nivel nacional se deja en un tercer plano por tiempo indefinido.
Sin saberlo, quizás, el presidente está debilitando a su propio movimiento político, y apuntando muy lejos al apostar que el éxito total de sus políticas al frente del gobierno generarán simpatías suficientes para ganar otras elecciones a costa de la pura aprobación colectiva y mayoritaria. Es una apuesta muy arriesgada.
Pero robustecer a la partidocracia no es ningún acto indebido ni tampoco es sinónimo de corrupción. Por el contrario, facilitar la práctica de elecciones de partido y dinámicas de deliberación internas son cuestiones que nuestro orden jurídico democrático contempla y presupuesta. No hacerlo, es pecar de autoritarismo de forma indirecta, porque la ciudadanía no solamente debe participar en tiempo de elecciones. Ojo con la Cuarta Transformación, porque sin partidocracia democrática en el partido de Estado no podrá haber tal cosa.