El turismo en Puerto Vallarta: La historia de pueblo mágico

  • El valor del estudio histórico es que nos enseña a ver el presente en el pasado.

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Por Héctor Pérez García (*)
PARTE IV

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Extracto del libro Puerto Vallarta. Evolución de un destino turístico / Centro Universitario de la Costa 2008.

La historia. La vocación turística de nuestra región comenzó a gestarse hace miles de millones de años, mientras los océanos se acomodaban sobre la faz de la tierra, surgieron montañas y valles rodeando a la inmensa bahía. Las rugosidades montañosas propiciaron la formación de cauces, y arroyos, afluentes y ríos encontraron su camino al mar. Así surgió la sierra que alberga una rica y numerosa flora y fauna y que amamantó a los primeros pobladores humanos.

La región la habitaron tribus nómadas procedentes del norte. Jamás se asentaron aquí aunque dejaron huella de su paso en varios vestigios que se encuentran desde Ixtapa hasta Tomatlán. Ambos nombres de origen náhuatl. Tal vez no se asentaron en la rivera de la bahía por la natural animadversión de los indios de esta parte del país al mar. Los mexicanos jamás fueron hombres de mar. A pesar de Mexticacán origen del peregrinaje Azteca.

Durante muchos siglos este hermoso lugar del Pacífico, originalmente denominado Las Peñas, esperó la realización de su destino a partir de que el capitán Francisco Cortés de Buenaventura, sobrino del conquistador, desde sus montañas divisara el mar y un valle hermoso poblado de indios “belicosos” por lo cual solicitó la posesión de estas tierras. Fue este capitán quien impuso nombre a una de las más grandes bahías del mundo, Bahía de Banderas, en 1527. Trece años después, Pedro de Alvarado desembarcó sus tropas en costas vallartenses y las describió como “hermosas playas y rocas horadadas que emergen del mar”, razón por la cual a partir de entonces quedaron identificadas como “Las Peñas”.

Tierras pródigas como las de Yánez, han sido las planicies de la bahía. Clima benigno como bendición de Dios, fue lo que atrajo a las gentes de las montañas una vez que don Guadalupe Sánchez decidió asentarse en estos benditos lares.

Y así, familias procedentes de Mascota, de Talpa, y de un sinfín de rancherías serranas, comenzaron a poblar el lugar destinado, y a trazar una ciudad entre dos cauces, por el norte la vena pluvial de Santa María, por el sur el río Cuale.

Belleza prístina aquella que sedujo a los primeros inmigrantes. Todavía hace cien años hubiera sido extremadamente hermoso echar un vistazo a ojo de águila del inmenso valle, plano como una sábana; salpicado con grandes parotas, cruzado por serpenteantes ríos y rodeado de altas montañas cubiertas de bosque. En lontananza la ondulante y argentífera línea del litoral enmarcando la plétora de tonalidades verde-azul en su infinita comunión con el cielo.

Abrevando vida al caudal de flora y fauna, innumerables esteros rompían la geografía de la costa sin sospechar siquiera que serían presa fácil de tiempos por venir.

Pueblo Mágico. El pueblo creció y se fue dando forma así mismo, ajustándose al corsé de las formas caprichosas de los cerros. La tierra era escasa en los asentamientos originales, pues era sólo un estrecho entre el mar y la montaña.

Llegar y salir de la ciudad era una odisea por la falta de caminos, principalmente durante la época de lluvias por las crecientes de los ríos. La vía del mar era una opción que se aprovechaba para el comercio.

El pueblo comenzó a treparse por las verdes laderas y cañadas como sinario desventurado de su futuro. Como augurio maléfico de ambiciones desmedidas. Como señal de irreverencia a la madre naturaleza.

A mediados del siglo XX abrió sus puertas una hospedería que marcaría un hito en el futuro desarrollo del pueblo en esa dirección. Ésta se ubicaba a las orillas de la ciudad hacía el norte, junto a un puerto de pescadores y al comienzo de la calle principal del pueblo, hacía el sur. Aún está ahí con un costal repleto de memorias.

Ahí llegaban agentes de comercio y una que otra pareja de recién casa- dos en busca de emociones exóticas. De ahí se embarcaban a las playas de Yelapa para quedarse una o dos noches en las rústicas cabañas del lugar; para disfrutar el original manjar de la ínsula: langosta asada, frijoles de olla y tortillas recién hechas. Eran los tiempos del comienzo de una vocación que nadie sabe a ciencia cierta donde terminará: el fenómeno del turismo.

Así fueron los comienzos de Pueblo Mágico.

Pueblo Mágico era un pueblo próspero y feliz. Habían pasado un par de lustros desde que el único hotel con pretensión turística recibió al primer huésped. Luego vino un extranjero y construyó un hotel con clara vocación turística y novedades que dejaban con los ojos abiertos a los lugareños, se asentaba en el extremo norte de la población, cerca de un estero y una playa paradisíaca llena de palmeras, era favorita de los turistas que arribaban a Pueblo Mágico.

Como todos los pueblos necesitan una leyenda Pueblo Mágico inventó la suya; a raíz de la filmación de una mala película de Hollywood, con la presencia en el pueblo de personajes de la farándula internacional, se creó el mito del despegue de la ciudad hacía el mercado turístico mundial.

Lo cierto fue que eso sucedió gracias al apoyo de los gobiernos para crear la infraestructura necesaria para el arribo de turistas por la vía aérea y terrestre, sin ello, se podrían haber filmado cien películas con todo el firmamento estelar y el turismo no hubiera llegado jamás. Como todos los mitos, éste va desapareciendo entre los humos del tiempo.

Con infraestructura suficiente se atrajeron inversionistas y comenzó la construcción de modernos hoteles, hospederías con niveles de calidad mundial que a su vez atrajeron al turismo solvente y dispendioso. Al turista ex gente y discriminatorio.

En estos hoteles las camas se “abrían” por la noche y la camarista dejaba un pequeño dulce sobre la almohada, como un delicado detalle de calor humano.

Los baños se “refrescaban” por la tarde, después que los habitantes regresaban del mar y las toallas se cambiaban por limpias, frescas y esponjadas. En los restaurantes de esos hoteles la buena comida se daba por hecho sin chefs de concurso ni precios exorbitantes. Se privilegiaban los frutos del mar frescos y naturales.

El comercio turístico se beneficiaba al mismo ritmo que la hotelería. Floreció la manufactura de ropa femenina con diseño, estilo y materiales propios que se esparcía por el mundo a través de miles de turistas que lucían modelos originales de Pueblo Mágico.

El pueblo progresaba y poco le faltaba para contar con todo lo que necesita un pueblo para crecer con seguridad, en todo caso las comunicaciones aéreas con la capital eran disponibles, frecuentes y accesibles.

A finales de la década de los sesenta se abrió uno de los mejores hoteles de playa en todo el litoral del Pacífico mexicano. Al formar parte de una cadena internacional, el hecho se difundió por el mundo en folletos y promociones. En un radio geográfico más cercano; sus mercados específicos, el hotel hizo lo mismo. Luego aparecieron en el escenario local nuevas hospederías que competían entre sí por el lucrativo mercado de Norteamérica y el afluente cliente nacional de las capitales de los estados del centro y oeste del país.

El mercado hotelero, es sabido, consta de varios segmentos, los hoteles de Pueblo Mágico, en aquella época tenían muy bien definidos los segmentos que buscaban.

En aquellos años las ventas se hacían directas a los mercados. Por excepción a través de mayoristas. A éstos se les asignaban “allotments” en forma de pocas habitaciones y dependiendo de su desempeño y rendimiento se quedaban en el hotel. La hotelería tenía el control de su producto: las habitaciones hoteleras. Las tarifas se determinaban de acuerdo con los mercados de origen y a la fuerza o debilidad de la demanda. Jamás condicionadas por los grandes operadores.

Existía una alianza de facto entre hoteleros y las líneas aéreas que volaban al destino. La ecuación era exitosa. Los inversionistas estaban contentos con los dividendos de sus hoteles, los trabajadores recibían justa paga por sus esfuerzos y los turistas se enamoraban del pueblito de pescadores que tenía una magia irresistible.

Fue aquella una época en que la hotelería, pilar del turismo era dueña de su propio destino.

La ecuación era perfecta: calidad de producto = a calidad de turismo = a tarifas altas = a ingresos para la comunidad = distribución del ingreso.

La clave era perfecta: las ventas se hacían al consumidor no al intermediario.

(*) El autor es analista turístico y gastronómico.