Gajes del futbol

Por José M. Murià

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“¡Ya se veía venir!” dijo, entre otros, el locutor  Carlos Albert. Muchos otros de la tercera edad lo hemos suscrito.

Cuando el señor Jorge Vergara compró –al parecer no muy nítidamente- el club Guadalajara, con todo y su entonces emblemático equipo de futbol, empezó el deterioro. Si el distinguido empresario hubiera leído el excelente libro de Andrés Fábregas Puig, titulado “Lo sagrado del rebaño”, que editó El Colegio de Jalisco, o al menos una columna de este servidor, basada en la experiencia propia y también en dicho libro, y hubiera asimilado lo que ahí se dijo, tal vez no estarían sucediendo estas cosas.

Fábregas explicó el papel de ícono y de cohesión social que desempeñaba el equipo de marras; mi artículo advertía que el derrumbe que estaban provocando sus modificaciones, con ánimo de ganar más pesos, podría traer consecuencias funestas en cuanto a la seguridad que había prevalecido en el estadio Jalisco cuando jugaba el Guadalajara.

Cabe recordar que no se requería de una porra artificial y mercenaria para animar a los jugadores. Bastaba que el equipo avanzara, “a banderas desplegadas”, se decía, para que los ánimos se encendieran. Siempre en paz. En las tribunas eran aficionados y sus familias también aficionadas las que gritaban, y no malandrines patrocinados y azuzados artificialmente.

El domingo a mediodía, era la novia, los hijos, la esposa quienes estaban con el aficionado en jefe. Este se tomaba alguna cervecita, que sudaba rápido. Rara vez se le pasaban las cucharadas.

Cuando empezaron los movimientos para adueñarse del club aparecieron los aficionados pagados que gritaban enardecidos: “¡Vergara. Vergara!” De ahí pa’l real.

No fue él quien empezó con las ahora llamadas “barras”, pero sí quien las estableció en las tribunas cuando jugaban las Chivas. Cambió de hora y día los partidos y luego, hasta de estadio. Todo para mal…