PV, evolución de un destino turístico

  • El valor del estudio histórico es que nos enseña a ver el presente en el pasado.

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Por Héctor Pérez García (*)
Parte 5

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El libro que comentamos en el presente artículo fue publicado por el Centro Universitario de la Costa en 2008 y escrito por Héctor Pérez García. Esperamos publicar algunos capítulos del mismo como un recordatorio de nuestra evolución con el propósito de no perder el rumbo.

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LA ECUACIÓN

La modernidad llegó a México a finales de la década de los setenta y alcanzó a contaminar a Pueblo Mágico. Los cielos del país se abrieron sin control a las líneas aéreas extranjeras haciendo posible los vuelos extranjeros de fletamento.

Primeras víctimas: las líneas mexicanas de itinerario. La competencia era insostenible y comenzaron a reducir vuelos hacía Pueblo Mágico, en especial desde los principales mercados del oeste y centro del país, del norte; Los Ángeles, San Francisco, San Diego, Chicago, etc.

El siguiente fue un paso lógico; apoyándose en las fleteras los grandes operadores de turismo tomaron control del mercado de los viajes hacía Pueblo Mágico.

Mientras esto sucedía los hoteleros, cómodos y confiados limitaban sus esfuerzos de ventas para pasear: ITB Berlín, Madrid, Milán, y el inmortal Tianguis de Acapulco. El eterno circuito de la ilusión.

Las ventas se hacían y se hacen en las oficinas de los compradores o en los propios hoteles. Lo demás son relaciones públicas, y éstas no venden. Si acaso son el moño del regalo o la cereza del pastel.

Los grandes operadores se convirtieron así en los grandes comercializadores de los hoteles de Pueblo Mágico. Con el control del mercado detallista y los asientos de avión, los grandes operadores se apoderaron de nuestro turismo y pusieron condiciones: tarifas bajas y cuartos garantizados.

Ambiciosos como son, (la mayoría de ellos son de origen judío) a los operadores no les bastaban los grandes márgenes entre las tarifas que imponían y las condiciones con que vendían en los mercados. Pugnaron por mayores garantías para sus productivos negocios y alentaron una modalidad en la hotelería: el tiempo compartido.

No sólo lo recomendaron sino que en muchos casos lo apoyaron financieramente. Algunos inversionistas ambiciosos cayeron en la asechanza, sea por necesidad, fuese por falta de visión. El espejismo del negocio superaba los rendimientos de la hotelería tradicional. Además, se esquilmaba al fisco al triangular los recursos a paraísos fiscales en el Caribe.

El tiempo compartido, sabemos es un híbrido de la hotelería, el aspecto del bien raíz es prioritario y se utiliza el hospedaje para vender varias veces el inventario de cuartos.

Poco importaba que la calidad de turismo que atraía y atrae esa modalidad del turismo no fuese lo mejor para Pueblo Mágico, nada importa que su sistema de comercialización arremeta y moleste. Poco importa que de un recurso no perecedero como debiera ser el turismo, estas modalidades lo conviertan en perecedero.

La hotelería, se sabe, es un negocio a largo plazo, el aspecto del valor del bien raíz aunque es importante es secundario. En la hotelería se busca el rendimiento de la inversión a través de la práctica profesional de la venta de ocupación hotelera y la oferta de servicios.

La ecuación resultante: el abaratamiento del destino = la caída de las tarifas = a la especulación manipulada por los grandes operadores = menos ingresos para la comunidad.

Víctimas: la hotelería tradicional, el comercio local.

Beneficiarios: los inversionistas del negocio + el gran comercio venido de fuera en forma de los Sam’s, Mega’s, y demás familia comercial.

Insaciables, a su tiempo, los grandes operadores promovieron la idea hispana del todo incluido. A mayor precio del paquete turístico mayores utilidades. Poco importaba que operar dicho sistema copiado al fin de los prestigiados Club Mediterranee, tuvieran que ofrecer alimentos y bebidas de dudosa calidad (en la mayoría de los casos). La gastronomía de la conveniencia. Pan y circo, ambos de fantasía para un mercado poco exigente. Para un mercado de volumen que es el que llena los grandes aviones y más grandes hoteles de la nueva hotelería.

Un nuevo golpe a las tarifas hoteleras, una acción adicional en contra de la justa distribución del ingreso turístico.

La ecuación: todo incluido = centralización de ingresos en los hoteles = reducción de la derrama por el gasto turístico en la comunidad = caída del comercio local; restaurantes, taxis, tiendas y boutiques.

Con el terreno fértil llegaron los españoles a reconquistar el país, no sólo Pueblo Mágico.

En el sureste mexicano, ya el 40.0 por ciento de los cuartos de hospeda- je son propiedad de los hispanos, todos, desde luego con el concepto de todo incluido. Ellos, además, tienen sus propios aviones de fletamento que vuelan directo desde Europa, mantienen una red de agencias minoristas y venden y cobran allá, operan sus propios autobuses para el traslado terrestre y sólo dejan al país migajas en forma de sueldos y salarios, contribuciones y parte del coste de sus insumos. Mucho lo importan.

Víctimas: la hotelería una vez más. La comunidad que es convertida en maquiladora y el medio ambiente del cual se han mostrado poco respetuosos. Los cambios sufridos en el escenario turístico acabaron primero con las líneas aéreas mexicanas de itinerario hacía Pueblo Mágico, están acabando ya con la hotelería tradicional. (50.0 por ciento de la disponibilidad de cuartos hoteleros en la región son ya de tiempo compartido) están erosionando el mercado de los servicios: restaurantes, artesanía fina mexicana, boutiques, taxis, y el comercio en general.
Cuando antaño el turismo paseaba seguro por las calles del centro histórico de Pueblo Mágico adquiría ropa autóctona fina, regalos de calidad, típicos huaraches para la playa.

Regalos de artistas y orfebres mexicanos. Hoy se encuentran muchos locales vacíos que paulatinamente son ocupados por tiendas para la población de bajos estratos sociales y económicos. Precioso y valioso terreno desperdiciado. Al desaparecer el turismo solvente desaparecen los comercios para el mismo. Su lugar lo han empezado a ocupar comercios que debieran estar ubicados en los barrios populosos del Puerto, jamás en el primer cuadro.

Si acaso han proliferado joyerías de manufactura extranjera, sobre todo, en el malecón, mismas que han suplantado a la fina platería de Taxco y al arte y artesanías mexicanas.

Esta proliferación de tiendas populares en el centro histórico tiene doble efecto, ambos negativos para un destino turístico: el incremento del flujo de residentes locales a la zona, y la necesidad de transporte público, ambos contaminantes de las estrechas calles de la zona.

Pocos de los muchos hoteleros involucrados se dan cuenta del daño que el resultado de esta ecuación ha causado a Pueblo Mágico. Los tradicionales se resisten. Aquellos inversionistas que contribuyeron a la construcción del destino, ahí siguen enfrentando una competencia injusta. (Algunos han claudicado) compitiendo contra el tiempo compartido y el todo incluido.

Las autoridades de turismo permanecen impasibles. Inmersas en una somnolencia de eterna ignorancia de lo que sucede a su alrededor.

Hace 4 lustros la tarifa promedio anual del primer hotel de calidad internacional era lo doble que la que actualmente obtiene. ¿Mala mercadotecnia? No necesariamente. Las condiciones han cambiado.

La carga poblacional ha rebasado la capacidad de Pueblo Mágico. El crecimiento sin control sigue provocando cuellos de botella para un crecimiento equilibrado y sostenible.

La ciudad se empieza a deteriorar, la magia del pueblito de pescadores se empieza a desvanecer, nos estamos convirtiendo en un destino de masas. Jamás en un resort internacional. Resort significa algo más que cuartos de hotel y estrellas en la fachada.

Pueblo Mágico no necesita crecer más, necesita progresar. Se necesita elevar el nivel de vida de la población. Somos un pueblo pobre en medio de una abundancia inaccesible.

No es casualidad, es un hecho: el hotel de más calidad en la región, ubicado por el rumbo de Punta de Mita, es el más caro, es el que goza de mayor ocupación y más alta tarifa promedio. Es posible, también de los mejo- res rendimientos a su inversión.

En contra partida un hotel ubicado en Bucerías encuentra su punto de equilibrio operativo al 80.0 por ciento de ocupación. Es el turismo de masas vis a vis el turismo de calidad.

El restaurante más pomposo, más caro, más pretencioso, es el más exitoso de Pueblo Mágico. La tienda de arte y regalos más cara de la ciudad mantiene sucursales en el centro histórico.

Estos son ejemplos de que el mercado que discierne existe y es alcanzable.

Pueblo Mágico era un pueblo sano, limpio y organizado. Los turistas podían cruzar cualquier bocacalle en el centro histórico sin arriesgar su vida. El tránsito vehicular era mínimo. El gasto en el comercio y en los restaurantes era en la misma proporción de la tarifa promedio del primer hotel que abrió sus puertas por el rumbo de Palo María. El pueblo progresó. El municipio podía atender las necesidades de una población moderada.

Un nuevo elemento se ha incorporado a la ecuación: el turismo de cruceros. Un segmento que sí bien en ocasiones transporta turismo de calidad, de manera general genera turismo de poca calidad. Aun cuando regresaran, lo cual es dudoso en su mayoría, éste no es el turismo que Pueblo Mágico necesita para robustecer su economía y para progresar con una derrama más justa del gasto turístico. El negocio de cruceros propicia la corrupción desde sus propias bases en Miami, al operar sobre la base de exigir comisiones para recomendar negocios, frenando con ello el libre comercio y facilitando los monopolios de transportistas, al ofertar a bordo excursiones a mayores precios que en tierra. Al utilizar a Pueblo Mágico como un Disneylandia gratuito y por lo tanto como un atractivo para sus pasajeros a quienes ellos sí les cobran la entrada.

Los miles de cruceristas desgastan el pueblo y no pagan impuestos locales. Es un negocio subvencionado indirectamente con nuestros impuestos para beneficio del negocio internacional más redituable: las armadoras de barcos sin nacionalidad.

Se necesitarían 70 cruceristas con un gasto promedio de 50 dólares para suplir el gasto de un turista tradicional que en una estancia promedio de siete días gasta 3,500 dólares entre hotel, restaurantes, tiendas, taxis, etc.

La respuesta sería legislar para normar, para acotar para obtener beneficios de lo nuestro que, como en el caso de los cruceros, explotan nuestra imagen e infraestructura sin dejar lo suficiente para conservar y mantener.

Ecuación: cruceristas = ráfagas de carga poblacional = poco gasto turístico = desgaste del pueblo.

(*) El autor es analista turístico y gastronómico.