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Las metas de un muerto

Las emociones difíciles son parte de nuestro contrato con la vida. No se consigue tener una carrera significativa o formar una familia, o hacer del mundo un lugar mejor, sin estrés o aflicción.

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Por Carmina López Martínez
(carmina.lpm@gmail.com)

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Existe la costumbre por desechar los pensamientos negativos, aquellos que son considerados tóxicos e impiden distinguir con claridad las oportunidades.

Esos momentos nebulosos podrían llevarnos a una desconexión emocional interna, lo que quiero decir, es que bloqueamos continuamente los estados de ánimo que consideramos desagradables.

La ecuación es compleja, como casi todo en la vida, creo. Si miramos detenidamente el paralelismo entre pensamiento y emoción, podríamos descubrir el origen del primero, el cual tiene una relación intrínseca con lo segundo.

Pero hoy el bombardeo mediático es demasiado ruidoso para comprender lo que sucede en nuestra mente y la de las personas que amamos o admiramos.

Entonces uno de los retos es romper con una rutina mental y emocional que casi siempre nos resulta bien completar durante el día. Aunque usted no lo crea, continúa desarrollando sus actividades en un lapso de 24 horas diarias y seguirá leyendo en el calendario 365 o 366 días al año.

Nada de eso cambiará en mucho tiempo. Entonces por qué la premura por vivir desconectados la mayor parte del tiempo, mostrando una tibieza para generar cambios, con vergüenza por las emociones descontroladas y naturales del ser humano.

Ver a un ser querido sumirse en un sentimiento de fracaso es un choque emocional inmediato, incluso si es propia la reacción natural –para muchas personas- es alejarse.

Haga un sencillo ejercicio en este momento y responda con sinceridad, ¿cuándo fue la última vez que se permitió sentirse mal (emocionalmente)? O ¿Quién fue la última persona que se acercó a usted para compartirle su tristeza?

Sería interesante hacer una pequeña lista con los nombres y situaciones –consideradas negativas- para entender si le dimos el interés de resolver el conflicto material, o si quiera tuvimos la apertura para escuchar a la otra persona, sin intentar manipularla a nuestra conveniencia.

Escuché recientemente a Susan David, quien mencionó que actualmente las personas ocultan sus pensamientos y emociones negativas; se vuelve un tabú en familias o entre amigos.

Ser positivo se ha convertido en una nueva forma de corrección moral. En una encuesta realizada a más de 70 mil personas, se encontró que un tercio de nosotros, nos juzgamos a nosotros mismos por tener malas emociones, como la tristeza, la ira e incluso el dolor. O activamente intentamos dejar de lado esos sentimientos.

Nos hacemos eso a nosotros mismos y también a aquellos que amamos, como a nuestros padres o hijos. Inadvertidamente les hacemos avergonzarse por tener emociones consideradas negativas, buscamos la solución y fracasamos en ayudarlos a ver estas emociones como intrínsecamente valiosas.

Las emociones normales, naturales ahora, son vistas como buenas o malas, pero cuando ignoramos las emociones normales para abrazar una falsa positividad  perdemos la capacidad de desarrollar habilidades para afrontar el mundo real tal cual es, no como quisiéramos que fuera.

Cientos de personas me han dicho que no quieren sentir, dicen cosas como “no quiero intentarlo porque no quiero sentirme decepcionada”, o “solo quiero que este sentimiento desaparezca”.

Entiendo, pero usted tiene las metas de un muerto. Solo a los muertos no les causan molestias sus sentimientos. Solo los muertos no se estresan nunca; nunca les rompen el corazón; nunca experimentan la decepción que sucede al fracaso.

Las emociones difíciles son parte de nuestro contrato con la vida. No se consigue tener una carrera significativa o formar una familia, o hacer del mundo un lugar mejor, sin estrés o aflicción. La aflicción es la tarifa de entrada a una vida significativa.