Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 29


Federico León de la Vega

Desde la cubierta  del queche de Paul, Íñigo distinguió otros vecinos, también bebiendo café. Esa primera taza, cerrando los ojos mientras aspiraba el delicioso aroma, gozando del solecito del amanecer chispeando sobre el agua, resultaba magnífica. Los pelícanos volaban a milímetros de las quietas aguas en pleamar.

En su vuelo, ocasionalmente bajaban el extremo de un ala para usarla como punta de compás y con ello hacían un amplio giro, dejando la línea de su ruta trazada sobre el agua. De pronto, una docena de pelícanos se apresuró alrededor de un bote de pesca atentos a recibir algún desecho de los pescadores, que preparaban su mercancía para colocarla en cajas con hielo. Más arriba en el alto cielo, las fragatas, con sus alas en forma de alargados diamantes,  parecían suspendidas en el aire, contemplando el panorama de los barcos y tal vez esperando la oportunidad de pescar. A esa hora temprana algunas gaviotas arrojaban almejas sobre las rocas, para romper las conchas y desayunar su delicioso contenido. La mañana en la marina, entre naturaleza y veleros inundaba todo de un espíritu tranquilo.

Caminando sobre la escollera sur de la marina, Íñigo distinguió a un hombre de camisa muy blanca y sombrero. Se dirigía resuelto hacia las rocas. Llevaba algunas cosas bajo el brazo. Era un pintor. Reconoció entonces a León, un amigo que había hecho en sus frecuentes visitas a la marina. Al igual que Ínigo, León  había cambiado el ajetreo de la gran ciudad por la tranquilidad de la provincia, la corbata y el saco por la ropa de paisano. Para quienes se acomodan en este estilo de vida provinciano la vida transcurre con parsimonia, sin más horario ni calendario que el sol y las estaciones. El pescador, el agricultor, el carpintero, el herrero y demás oficios de pueblo, se levantan temprano si hay trabajo que hacer, pero si no lo hay se van al café con los amigos. Hay quienes nacen dentro de esta cultura más natural y humana, diferente a la de las grandes metrópolis, en las que se observa con disciplina un puntual itinerario, cumpliendo un programa de obligaciones dictadas por el organigrama de cada empresa, que exige cumplir metas y presupuestos, sin otra consideración que subir el valor de las acciones bursátiles. Hay quienes escapan del estrés y una vez conociendo la vida de los pueblos se acomodan a su ritmo y ya no pueden volver atrás.

En esto se habían coincidido Íñigo y el pintor, en que siendo citadinos habían optado por una vida de pueblo. Se lo había topado a veces pintando algún paisaje de mar, o en las calles de los pueblos cercanos, hasta que un día se habían vuelto amigos. Cuando Íñigo se enteró que en su estudio León pintaba desnudos de mujeres, lo movió una mezcla de morbo y curiosidad para inscribirse en unas clases. En la primera clase la modelo, una mujer joven regordeta pero de buena figura, entró al estudio cubierta con una bata que súbitamente soltó, dejando ver sus tersas carnes. El shock inicial de la desnudez duró solo unos segundos.

Para empezar, Ínigo la puso a hacer algunas poses rápidas, de calentamiento. Luego colocó unas luces a manera de crear contrastes y acomodó a la chica con los brazos levantados, de espaldas, como si estuviera tendiendo ropa. El maestro dio luego una detallada explicación de la anatomía de los músculos en hombros y espalda, y de su relación con el esqueleto. Íñigo recordó a mujeres peinándose frente al espejo. Desde entonces las comprendió con una nueva dimensión extasiada, pero distante.

fleondelavega@gmail.com

Tags: