Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos/ Entrega 30


Federico León de la Vega

En las clases de dibujo León subrayaba lo importante de pensar con el hemisferio derecho del cerebro. Recordó conversaciones:

-Nuestra sociedad actual, acelerada al ritmo de tanta tecnología, opera casi todo el tiempo con el hemisferio izquierdo. No queda tiempo para soñar ni abstraerse porque los aparatos absorben toda nuestra atención: celulares, computadoras y un mundo de negocios que opera “24×7”

-Veo a la gente que viene de vacaciones a la costa, pero siguen conectados a sus aparatos. Es mentira que los aparatos ahorren tiempo. Cuantos más aparatos, menos tiempo te queda para la introspección, para meditar y entender lo que en verdad importa: la creatividad y el amor. Los turistas me ven aquí pintando y piensan que yo no viajo; no saben que desde mi caballete yo viajo más lejos, a más lugares. Me pregunto, hace cuánto que no te levantas por la mañana preguntándote ¿qué haré hoy? Ya casi no hay tiempo para el ocio, Ni para desarrollar un estilo personal de expresarse. Las expresiones personales como el dibujo y la escritura manuscrita han sido absorbidas por programas digitales prediseñados.  Las almas se van estandarizando, perdiendo su identidad personal, su estilo propio.

Mientras caminaba por el muelle a su auto, el café y el agradable mecimiento por dormir en el barco seguían con él y le hacían sentirse ligero. Tanto, que decidió correr hasta la playa junto a la escollera y dejando atrás lo que llevaba puesto se dio un chapuzón desnudo. La playa estaba desierta. Aún era muy temprano y la temporada de turismo había terminado. Bañarse sin nada sería parte de su expresión personal aquel día, que dedicaría al dolce far niente. El agua fría le tonificó, al sumergirse entró en un breve trance de liberación. Luego se vistió rápidamente, mirando de reojo los edificios, por si alguien lo viera. En una ventana una cortina se movió y él sacó una risita traviesa, de chamaco viejo.

Manejaba de regreso por el camino de la sierra, con la capota baja, despeinado y sin rasurarse. Con la piel salada y una euforia acentuada al ritmo de “I’d Really Like to See You Tonight” (England Dan & John Ford Coley, 1976) La única pieza digital de su auto, el estéreo, traía en una memoria con 32GB de rock de los setentas. Era regresar a la juventud. Entrando a una curva cerrada redujo un poco la velocidad con un cambio en la palanca para después, hacia la mitad de la curva, comenzar a acelerar incrementando el agarre de los neumáticos sobre la carretera. De súbito, por completo inesperado, ¡se topó con un auto estacionado a medio carril! Íñigo dio un golpe de volante hacia la izquierda, para librarlo, pero en ese justo instante la puerta del conductor del auto se abría. Un golpe de volante más le hizo invadir el carril opuesto y casi salir de la carretera. Íñigo corrigió con rapidez hacia la derecha, pero el peso del motor trasero del viejo 911s excedió a su pericia. El deportivo se coleó 180º, derrapando sobre unos matorrales al borde de la carretera hasta detenerse bruscamente.

Con los ojos desorbitados, los pelos de punta, asustado y fúrico, Íñigo apareció entre una nube de polvo para buscar al conductor del auto que obstruía el camino.

La puerta se había cerrado con rapidez, de otro modo hubieran chocado. Al acercarse él, la ventana se abrió un poco.
Una voz de mujer exclamó suave   -¡Perdón!
Los hombros de Íñigo se relajaron –No se preocupe- mintió él.
-Mi auto se detuvo así nomás, sin que yo pudiera hacer nada.

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