“El valor del estudio histórico es que nos enseña a ver el presente en el pasado”

Enrique Ramos Flores, en una de tantas visitas a Puerto Vallarta como secretario de Turismo durante la pasada administración estatal.


Por Héctor Pérez García

Fungió como secretario de Turismo del estado durante la administración anterior que terminó a finales del 2018. Un hombre probo, profesional y apasionado del turismo, actividad con la que vivió de cerca durante toda su vida.

Enrique Ramos Flores ha muerto. El cáncer le arrebato la vida. Que Dios lo reciba en su seno y en este mundo sus amigos respetemos su legado de un caballero completo y un ejemplar esposo, padre y abuelo.

Hace seis años se publicó el artículo siguiente y no hace mucho tuve el gusto de saludarlo en las instalaciones del Club Atlas. Ambos enfermos del temible cáncer.

Por más de tres décadas la Secretaría de Turismo estuvo dirigida por empresarios no turísticos. En esta ocasión estamos de plácemes porque un ex hotelero de la vieja guardia viene a apoyar el turismo de Jalisco. Hablaremos el mismo idioma y sabemos que sabrá escuchar, no solo a los grandes capitalistas, sino también a los actores de la cotidianidad que al fin y al cabo somos quienes hacemos el turismo.

AMIGO. El diccionario nos ofrece opciones para definir el término: apegado, encariñado, partidario, adicto, devoto. Entre otros.

Y sin embargo el término sufre en nuestro hablar cotidiano abusos que lo devalúan, lo deprecian y lo degradan.

“Amigo”, dicen quienes ofrecen algún servicio o mercancía. “Amigo” dicen que son los políticos cuando apenas saludaron a algún jerarca.

En la jerga vulgar se dice: “A tu amigo pélale el higo, y a tu enemigo, el durazno”, que indica hacer todo bien al amigo y todo mal al enemigo.

A Enrique Ramos Flores yo quisiera llamarle amigo, pero apenas si podría decir de él que soy su partidario; no apegado, ni encariñado y muchos menos devoto. <Yo soy chiva y él es atlista>.

Esto porque fuimos compañeros de muchas batallas a favor del turismo para nuestra querida Guadalajara, allá por los años, a partir de los setenta del siglo pasado.

Desde mi posición como gerente general del hotel Camino Real y entusiasta participante de toda iniciativa de la Asociación de Hoteles y de la Cámara de Comercio, y él como propietario del hotel Génova, emprendimos en múltiples ocasiones caravanas al oeste y a la costa del  Pacífico de los Estados Unidos en busca de clientes para nuestros hoteles. En aquella época la hotelería y el turismo se promovía artesanalmente. Don Francisco Javier Sauza proveía el tequila y el mariachi, la Oficina de Convenciones el material impreso y un puñado de hoteleros cubriendo nuestros propios gastos visitábamos plazas comerciales, estaciones de radio y televisión, ofrecíamos ruedas de prensa y organizábamos desayunos para los agentes de viajes minoristas en cada ciudad en nuestra ruta. Dueños y gerentes generales éramos celosos de nuestra responsabilidad. Responsabilidad tan importante que no dejábamos a los vendedores.

Cuando abrimos la Oficina de Convenciones de Guadalajara, el suscrito como fundador y primer director; don Miguel Alemán Valdez como presidente del Consejo Nacional de Turismo y todo el Consejo de la Cámara de Comercio apoyando el esfuerzo, nuestra meta fue bien definida: Elevar la estancia promedio de la ciudad en una noche.

En Guadalajara convivíamos los hoteleros en varias organizaciones: la AMHM, la CANACO,  el Club ETHA, el Club SKAL, la AMEVDH y en todas ellas nos acompañaban nuestras señoras esposas. El respeto, la humildad y la generosidad marcaban nuestras relaciones profesionales, al punto que devinieron amistad.

El progreso, la evolución, el paso del tiempo comenzaron a marcar caminos diferentes para aquel grupo y una nueva época nos convocaría; las reuniones anuales de la Asociación Mexicana de Hoteles. Por muchos años coincidimos y disfrutamos; don Enrique Carothers, el doctor Gabriel Higareda Fong <qepd>, el Ing. Guillermo Martínez Guitrón <qepd) Enrique Ramos Flores <qepd> y el que esto escribe, junto con hoteleros de los cuatro puntos cardinales del país. Puebla, Cancún, Mérida, Morelia, Villa Hermosa, Monterrey, y tantas ciudades que nos vieron juntos promoviendo nuestros hoteles y cultivando nuestra amistad.

Regresa Enrique Ramos Flores al turismo; nació en él. Su familia fue propietaria de una hospedería emblemática en la ciudad de Guadalajara. Un hombre decente, caballeroso y generoso. Su inquietud lo ha llevado a otras actividades económicas y desde luego a la política. Sus antecedentes, su proceder y su conducta nos hacen abrigar esperanzas. Llega en tiempos difíciles. La hotelería que vivió en carne propia como hotelero propietario-operador, ha evolucionado. En muchos casos la mística de la hotelería se ha perdido para dejar lugar a la mítica del “return on invesment”. Los antiguos gerentes de hoteles que conocían la hora en que arribaban sus huéspedes y que esperaban deambulando frente a la recepción del hotel para saludarlos, ahora se enclaustran en sus oficinas calculando costos y estrategias de “marketing”. La impersonalidad ha suplido a la cálida bienvenida.

El turismo de masas compuesto de fisonomías sin forma ha suplido al huésped conocedor y exigente de calidad. Los múltiples operadores de turismo de Norte América se han convertido en un pequeño núcleo de manipuladores que concentran tanto poder como para decidir el destino turístico de un país. Mientras que nuestros gobernantes se han visto omisos de fomentar una verdadera Política Turística Nacional que ponga coto a la situación.

Puerto Vallarta no es excepción; es ejemplo de una situación deplorable. Sólo aquellos que gozan de privilegios desean conservar el “Status Quo”. Son los conservadores de siempre. Ya lo dijo Luis Reyes Brambila en su alocución del viernes 15 de marzo en ocasión del II Encuentro de Periodismo: “Si no hacemos las cosas diferentes no esperemos resultados diferentes”.

Esta es la semblanza de nuestro turismo, estimado Enrique.
Estamos contigo.

(*) El autor es analista turístico.