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Alimento para el alma 

Viendo en perspectiva Puerto Vallarta y CDMX, te das cuenta que una vez más se cumple que no se puede tener todo


Por Consuelo Elipe

Han pasado unas cuantas semanas que no sé dónde fueron, cada año que pasa tengo menos control del tiempo, es como un remolino en el que no hay forma de parar ni siquiera bajar la velocidad.

El año comenzó con tantas cosas que no he podido ni evaluarlas, pero aquí estamos en mayo, ya pasados los mil puentes, Semana Santa, Pascua, Día de la Madre, enamorados y día de todo…a ver si ahora por fin hay una semana completa en la que poder trabajar y cerrar cosas.

Y hablando de todo un poco esta semana pasada tuve la oportunidad de ir a CDMX a trabajar, y precisamente como no me acordé al comprar los boletos que el viernes era día de la madre (no lo digo por falta de cariño y respeto a este día, pero mi madre sigue siendo española y allá se celebra el primer domingo de mayo), pues obvio que nadie nos hizo ni caso y sirvió para conocer dos lugares maravillosos: La Casa Azul y el Museo Soumaya.

La Casa Azul era como un tema pendiente desde que llegué a México, y tengo que decir que no me identifico con Frida ni en sus ideas políticas, ni en casi nada, pero hay lugares que uno tiene que conocer. La casa es… no sé qué palabra emplear…única desde luego, llena aun de la energía de Frida y Diego, algo triste en muchos rincones, como que aún se siente tanto sufrimiento, la enfermedad, la cama, los daños sentimentales… desde luego el amor es ciego y tonto y esta pareja es la prueba como miles y millones en el mundo, quizás cada uno tenemos un momento” Frida y Diego” que callar.

Mi rincón favorito el rincón de la planta de arriba con la vista al jardín, las pinturas en la mesa, ¡uff! me pareció un lugar donde pintar y escribir tuvo que ser mágico. Podía imaginar allí en un día de lluvia…

Pero sí tristeza, de que al final las casas quedan a pesar de sus moradores, no importa lo simbólicos que sean, las veces que se hable de ellos, que se reproduzca su imagen… la realidad es que esos muros y todas sus cosas están allí, pero ellos no, al menos de forma visible.

Y la segunda visita, el Museo Soumaya me dejo enamorada para siempre. Es una colección fantástica, pinturas de los mejores del mundo, allí colgadas, como sin pretensiones, sin larguísimas colas como un Del Prado o el Louvre, pero para disfrutarlo en cada paso. Y como colección temporal tenían un pintor que me resulto fascinante: VLAMINCK.

Sin palabras.  Esos colores, LOS CIELOS, la nieve, la atmosfera, de verdad fue un privilegio poder ver esta exposición. Vale la pena un viaje a CDMX solo por visitar el Museo.

Bravo por la Fundación Slim por hacer posible algo como esto, podemos criticar a las Fundaciones, pero ojalá todas llevaran a cabo un proyecto tan increíble, tan cuidado, tan asombroso. Y no, no todo es dinero, puedes tratar de hacer cosas cuyo resultado no es esta maravilla con todos los recursos del mundo, como les pasa a muchos Estados y países.

CDMX a mí me drena, me deja como un trapo, como si te sacudiera y se soltara ya sin fuerzas, pero cuando te permite ver cosas así es como una compensación justa. Espacios como estos son de verdad nutrir el alma, aunque suene cursi. Te hacen pensar, imaginar, soñar, admirar a genios como todos los pintores o escultores que hicieron a lo largo de la historia cosas tan increíbles.

Es evidente que el arte es un don que solo unos pocos tienen, si quizás cada persona tiene un don o más bien creo que a cada uno de nos da mejor algo, pero un DON como el de estos artistas no lo tiene casi nadie…por eso les admiramos.

Viendo en perspectiva Puerto Vallarta y CDMX, te das cuenta que una vez más se cumple que no se puede tener todo. Vivir aquí es un paraíso, que te permite aun tener calidad de vida, hacer muchas gestiones en un día, ver el mar, que el tráfico no sea una pesadilla… y por otro lado una gran ciudad te ofrece opciones como estos espacios culturales que son una bendición. Así que a disfrutar cada uno en la medida de lo posible y agradecer por ambos.