Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11  Segundos / Entrega 35


Federico León de la Vega

Íñigo solía presumir diciendo que “la aurora nunca lo encontraba dormido”. La verdad de las cosas era que, aunque desde niño sentía que si el sol salía sin él se perdería de algo (nunca supo bien de qué se perdía) ahora era ya como otros viejos, que no necesitan tanto del sueño. Así que madrugó. Se bañó muy temprano, terminando con agua fría, se abrigó con una chamarra, se puso un viejo sombrero de felpa de color verde incierto, tomó un libro y salió a caminar cuidando de no hacer ruido. Del hostal caminó 1,811 pasos hasta llegar a unos establos donde ordeñaban un hato de  vacas. Subió un pie sobre la tabla más baja de la cerca y en la de hasta arriba recargó sus brazos y apoyó la barba. Así esperó tranquilo mientras terminaba la ordeña. Siempre le había gustado ver y oír cómo salía el chisguete del delicioso líquido blanco. Sabiendo que quienes ordeñan pierden el gusto por la leche, nunca se había interesado por ordeñar él mismo, sólo disfrutaba verlo.

-Buenos días Don Íñigo- dijo una voz en la penumbra.

-Muy buenos días Don Reyes, me da gusto verle- le respondió él.

Luego siguió una plática amena de amigos; mientras, los vaqueros que  ordeñaban iban llamando una a una las vacas, recitando varias veces cada nombre: “Morena-Morena-Morena-Morena…” y entonces llegaba Morena obediente, a encontrarse con su becerro para amamantarlo un poco, en tanto que le ataban los patas traseras, luego retiraban al becerro, disponían un banco de tres patas, una cubeta bajo las ubres, y la comenzaban a ordeñar. Así pasaron media docena de nombres. “Tachada”, “Preciosa”, “Matiza” y otras.

-¿Quiere usté  ver la mula?

-Sí…¡vamos!

Mati seguía dormida. Los oscuros de tablones que cerraban la ventana de su habitación detenían la luz. No supo la hora en que salió el sol. Recordó de pronto dónde estaba. Se levantó y entreabrió los oscuros para topar un rayo dorado deslumbrante. Había dormido desnuda, casi no traía equipaje, sólo lo necesario. Miró la hora en su reloj; Íñigo le había advertido que no recargara su celular, por riesgo de ser localizada. Las manecillas decían las 9. Recogiéndose el pelo se dio un regaderazo, se vistió unos jeans viejos, se arregló sin maquillarse, se puso una gorra y salió a buscar a Íñigo. Al ver abierta la puerta de la habitación 8 se asomó a curiosear un poco. No encontró nada importante, solo un aroma a lavanda que ya le resultaba familiar. Caminando por el pasillo una señora de tez blanca y chapeada, falda larga, pelo negro entrecano, le sonrió:

– Los hombres stán onde el café -le dijo.

Mati le devolvió la sonrisa agradecida y salió a la búsqueda. El pueblo era tan pequeño que casi ni pueblo era. Como otras poblaciones remotas se había empequeñecido al írseles los jóvenes. Caminaba pisando tierra húmeda. Sobre los pastizales, el rocío había esparcido diamantes que contra el sol de la mañana destellaban alegres. Inspiró profundo y el alma se le llenó de libertad. Pasando un portal percibió un agradable olor a leña y dentro distinguió a Íñigo. Lo encontró solo, sentado a una mesa cerca del horno, con dos cubiertos, dispuesto para el desayuno.

-¡Hooola guapa! Se levantó, le puso las manos en los hombros, admirando su cara lavada y le acercó la silla.

-¿Tienes hambre?

Mati iluminó el lugar con una enorme sonrisa. Todo parecía difícil de creer: el lugar, la mañana, la situación y ahora la comida. El desayuno en el pequeño restaurante, de sólo cuatro mesas, ofreció todo lo que abunda en el campo: huevos de granja, tocino, frijoles, tortillas maneadas, manzanas fritas y un café fuerte, tal vez tostado en exceso.

fleondelavega@gmail.com