Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 37


Federico León de la Vega

A la grupa de La brava, Mati miró cómo el rancho de Ceferino e Ignacia fue quedando atrás. Pensativa consideraba el estilo de vida tan diferente que esos dos llevaban. El paraje la había cautivado tanto como los personajes. Los implementos, el horno de barro, los cacharros de cocina, el molino de grano, el arado, la gran mesa de trabajo, con sus serruchos, martillos, gubias, sargentos, todo colocado en orden a lo largo del andador de la gran casona… pensaba:

-En realidad tienen todo lo necesario y  más…. El paisaje, la encantadora finca, comida sana, ¡y esa paz!  Ese es un aspecto bastante deseable de esta vida. Pero tal vez solo la gente rara pueda subsistir aquí. Tal vez sean tan diferentes que no encajarían en la sociedad normal. Se preguntó si Ignacia llevaría vida interna, si tendría mucho en qué pensar. La comparó con sus amigas de la gran ciudad: todas con mil actividades y afanes, casadas algunas, divorciadas otras, todas pendientes del celular…muy pocas tenían paz. Las personas con paz parecen tener vida interna, llevan un ritmo propio, como que viven en otro planeta, parecen pasarla un tanto ajenas al bullicio y a lo material.

-Ignacia es su mujer – propuso por fin Mati

-No. Es su hermana. Son el final de un linaje. Ninguno de los dos se casó ni tuvieron hijos. Han vivido aquí desde niños, en la casa que construyeron sus bisabuelos. No conocen otra cosa y no les interesa conocerla. Viven de la tierra y no rinden cuentas a nadie. Alguna vez visitaron la gran ciudad y experimentaron sus efectos. Ahora la vida los va rebasando. En unos años morirán de viejos y su rancho, sus cosas desaparecerán son ellos. Quise que los conocieras porque de seguro es diferente a lo tuyo.

Se sentía una paz enorme ahí, entre los altos fresnos, pinos y robles. Los rayos del sol se colaban entre las hojas y luego chispeaban sobre el río, que deslizaba sobre las piedras. La enorme talla de Ceferino, su fuerza, la tranquila sonrisa de Ignacia y el olor a leña mientras cocinaba: Todo parecía salido de aquellos cuentos que su padre le había leído de niña. Igualmente, los sonidos del bosque le transportaron a la casa paterna. Con el murmullo del agua al fondo, hubo un silencio premonitorio, de esos que reinan en las grandes salas antes de los conciertos: “la música comienza con el silencio” recordó.

¡Sí! pensó. Tal vez pronto toquen Haydn… La sinfonía Apasionada-  y en su imaginación se vio hojeando el programa a la espera del concierto..

La mula reanudó su paso por una vereda en el bosque. Era admirable la fuerza de La Brava, subiendo por desfiladeros de piedra, sin dar traspiés. Hubiera sentido miedo en aquellas alturas, pero percibía en todo lo que le ocurría algún destino, algo le inspiraba con esperanza de entender después lo que ahora estaba haciendo. Hubiera pasado frío, pero cuando soplaba el viento más fresco se abrazaba confiada a la espalda del jinete, al que llevaba tan poco de conocer y cobraba calidez.

¿De dónde venía esa paz que por ahora experimentaba? Los afanes de la vida traen estrés y ansiedad – eso es obvio. Pero no es posible vivir en la aburrición de una vida contemplativa, ¿cómo conservar las comodidades, la diversión y entretenimiento de la vida moderna pero a la vez tener paz? Recordó su vida de niña, sin teléfono celular, con poca televisión, siempre supervisada por sus padres… fueron tiempo felices, pero imposibles de recuperar. Tal vez para vivir en el bosque era necesario ser gigante como Ceferino y tener una fortaleza excepcional. Tal vez Ignacia no pensaba más allá de su cocina, sus cultivos y sus pollos.

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