Gente PVRed Interna

Pasajes llenos de emoción

.Nuestra función como amigo con los amigos y como padres con los hijos, resultará importante si  buscamos las formas de establecer el equilibrio entre lo nuevo y útil, lo trascendente y eterno.-


Humberto Famanía Ortega

1ª parte

Quise recapitular con mucha emoción de la agenda de mi vida, momentos de trascendencia que quedaron grabados para siempre en mi corazón y en mi mente. A unos días de cumplir mis setenta años, me doy cuenta que es importante alimentar a tu espíritu de los tiempos más significativos que han dejado huella. Para esto hice una retrospectiva con la finalidad de aplicar un ejercicio mental para lograr integrar facetas de estos tiempos que nos siguen brindando el amor de nuestro Creador. Trataré en estas opiniones, medir por etapas ya que siete décadas son años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos de transitar a paso firme y contundente.

Primeros días

Nací el 16 de agosto de 1949, tiempo de calor y de fuertes torrenciales. Amaneceres y atardeceres con pinceladas celestiales brindadas por el dueño del universo, nuestro Dios. Mis padres Don Andrés Famania López y María Luisa Ortega Zúñiga; tenían tres años de haber arribado nuevamente a Puerto Vallarta Jalisco, tomando la acertada decisión de quedarse a vivir para siempre.

Desde el momento de mi concepción en el vientre de mi madre percibí el amor de mis progenitores al contribuir a mi arribo a este paraíso escondido que me guardaba grandes sorpresas producto de su tierra prodigiosa, donde la magia impulsada por la naturaleza era sin lugar a dudas el nicho adecuado para crecer feliz.

Recuerdo con suma alegría cuando mi mamá me bañaba en el lavadero y lo disfrutaba escuchando bellas melodías que me susurraban al oído, su voz muy hermosa lo hacía muy bien, todavía la llevo grabada. Creo que de ahí sentí en lo profundo de mí ser el cantar interpretaciones llenas de sentimiento. Cuando me arrullaba con sus canticos y me mecía en sus brazos afloraba un gran sentimiento de amor que envolvía todo mi ser, que dicha tan grande haber sido el quinto hijo de una familia de cinco hermanas y cinco hermanos, creados con mucho amor.

Travesuras

Los paseos al malecón, rio y playa realmente eran motivo de entrega para convivir con la familia y amigos a plenitud, con el roce del medio ambiente, siempre bien vestidos, el susurrar de la máquina de coser de mi madre haciéndonos nuestra ropa, siempre alegre, motivo para permanecer en paz y armonía. Con mis hermanos mayores siempre mirándolos con respeto por la forma como me cuidaban, era un signo de fraternidad que se practicaba en mi admirable familia.

Con mis travesuras nomás oía “Beto eso no”, vivir en un ambiente sano naturalmente es motivo para lograr llevar una vida con control.

Recuerdo que a los 4 años vi en un aparador de una tienda ubicada al final del malecón hacia el norte a dos cuadras más, unas botitas blancas que me gustaron en la tienda de Don Eduardo Guereña. Por lógica le pedí a mis padres me las regalaran al cumplir mis cinco años, eran mi ilusión para poderlas estrenar un domingo en misa. Se llega el día, nosotros vivíamos en la calle Morelos No. 67 en el centro de pueblito bello y pintoresco. Mi padre me dice “hijo trae consigo unos calcetines” ya que recuerdo usaba huarachitos y me gustaba andar descalzo por eso el mote de pata salada con mucho honor. Mi padre toma su bicicleta me sube en la parrilla de atrás yo no obedezco me voy descalzo y muy contento por el futuro regalo tan ansiado.

Pues bien, ya listos para partir por el malecón como a 300 metros, siendo mi emoción tan grande por el deseo cumplido, cometo el error de meter mi pie derecho en los rayos de la bici. Empiezo a gritar mi papa frena al ver la sangre y mi dolor me sube en sus brazos, agarra la bicicleta y con coraje la tira hacia la playa, era muy fuerte. Me lleva con el doctor Manuel Baumgarten Joya para curarme, nunca se me olvidará ese gesto del médico para atenderme con mucho profesionalismo y cuidado, mi sufrimiento amaino, pues se veía mi huesito del tobillo; experiencia para nunca volver a meter la pata en donde no se debe.

Ese día cumplía mi quinto aniversario de vida, recuerdo al llegar a casa mi madre toda angustiada porque no llegábamos, al verme cargado en los brazos de mi padre y con mi pie envuelto con una venda y gasa blanca, vi rodar sus lágrimas con sus bellos ojos. En fin, mis zapatitos blancos se esfumaron, al paso del tiempo llegaron porque duré un tiempo sin ponerme zapatos. El amor de tus padres se refleja a cada instante de tu vida, tan solo al observar sus caras de angustia y sufrimiento brotaron en aquellos momentos algo que sentía dentro de mí, un agradecimiento profundo por ser mis padres, mis zapatitos blancos se llenaron de amor y respeto por siempre.

El kínder y los amigos

Pues bien, con esa experiencia de vida, ingreso al Kinder Ignacio Luis Vallarta a los cinco años, mi papá me llevó el primer día y me sentí muy mal, me puse a llorar, gracias a Dios la maestra Amparo me convenció y me quedé. Recuerdo con mucho cariño a mis compañeros a Rogelio, Federico, Fernando, Jaime, Humberto, Abelardo, Raúl y Alfonso, en fin, muchos de ellos que logramos afianzar nuestra amistad para nunca jamás dejar de ser amigos. Una maestra que la llegué a querer mucho, Anita de Reynoso que cuando falleció por esos tiempos, sentí su perdida me invadió una tristeza le pedí a Dios que mi madre no se me fuera de esta vida, es un golpe que en verdad te estremece.

Esos días de niñez, cuando convives sin crear clases sociales, te hacen sentir como una verdadera familia, después de clases siempre convivíamos, nuestros padres se conocían, intercambiábamos juguetes que no había muchos. Pero el balero, el trompo, las rondanas, las pelotas, los carritos de madera sí que eran los cotizados. La lotería la jugábamos con emoción y naturalmente el futbol, basquetbol, beisbol y aprovechábamos el mar y el río para jugar competencias de nado, sin faltar nuestros hilos de cáñamo o cuerda con mangle para la pesca, enredada en una botella, sí que abundaba la pesca.

A pesar de ser tan chicos, nuestra convivencia era muy respetuosa, y claro, a veces había trompadas, pero al final reinaba el compañerismo. Se ha perdido el tiempo de lo cotidiano, de lo trivial, todos recordamos nuestros años en casa, comíamos muy sanamente, los alimentos tenían como telón de fondo los acontecimientos que cada miembro de la familia aportaba de su día a día. Es necesario rescatar con urgencia los espacios perdidos y actuar en consecuencia, ante tantas frases bellas de amistad podremos construir nuestro propio decálogo y seguirlo convencidos del bien que seguramente alcanzaremos.