Aventuras de un pintorGente PV

Novela 11 Segundos / Entrega 50


Federico León de la Vega

Tiritando con el frío de la madrugada y oliendo a humo, llegó Íñigo al borde de la carretera, otra vez a esperar el autobús. Esta vez no tenía idea de qué hacer, ni dónde ir. En tres días había perdido todo, hasta su casa. No tenía planes, ni familia, ni amistades cercanas que lo acogieran y lo reconfortaran.

Él, el muchacho de seis décadas, el optimista continuo, que tanto había disfrutado la vida, que intentado vivir con disciplina y valores, había mantenido esperanza de formar parte de un mundo mejor, hoy se sentía defraudado y tentado a pensar que tal mundo no existiría jamás. El ferrocarril de la modernidad no llevaba la dirección correcta. Había logrado mantenerse libre. Libre del control tecnológico, de la ignominia social, de la esclavitud financiera de los bancos. Libre de la burguesía inútil, conformada a modas plásticas, pasajeras y ridículas.

La vorágine lo había alcanzado. Había llegado a viejo. Saludable, pero viejo. Había hecho su mejor esfuerzo por vivir “como Dios manda” pero sin los resultados esperados. Después de todo, ¿cómo manda Dios? No importa cuánto cuides tu salud terminarás viejo. No importa que te esfuerces en vivir probo, cometerás errores, sufrirás y harás sufrir a otros –u otras, porque sus errores más grandes fueron en relación con mujeres y familia. Sin embargo, aún en estas circunstancias añoraba el amor, añoraba la compañía.

Todavía le quedaba fuerza para comenzar de nuevo – pensaba. Para conocer a la mujer ideal, para hallar otro escondite, levantar otra casa. Pero no le quedaban ganas. De cualquier forma, al final todo resultaba en pérdida.

Esperaba el autobús escondido entre arbustos, humildemente sentado sobre una gran piedra, en posición que recordaba al Pensador de Rodin, pero con sombrero. Cuando por fin divisó que venía el transporte, se apresuró a incorporarse y hacerle señas. Subió y caminando al fondo, se desplomó sobre el último asiento.

Calándose el sobrero se quedó dormido. Con el meneo del autobús cabeceaba hasta que se fue de lado y terminó ocupando dos asientos, con su cabeza hacia el pasillo. Trató de no babear; varias veces se pasó la mano por la boca y se limpió en el pantalón vaquero. El camino tenía baches y con los tumbos despertaba ocasionalmente. Una pareja se sentó en el asiento anterior al suyo. Se puso el sombrero sobre el rostro procurando no dar un espectáculo de mal gusto. No pudo evitar escuchar fragmentos de la conversación de aquella pareja: habían perdido un bebé recién nacido y ahora tenían otro hijo enfermo. Iban a la ciudad a encontrarse con un reconocido médico. El dolor por los hijos une a las parejas en un sublime interés común. Se hablaban con cariño solidario. Para sus adentros envidió la situación de la pareja, aún ante las dificultades que afrontaban. “Contigo pan y cebolla” recordó…qué épocas aquellas de su vida, en las que había contado con alguna mujer que compartiera su vida con todos los problemas; y había tenido varias, muy buenas, las había gozado y perdido.  Todo mundo tiene problemas, pensó: Yo en mi vida, que ya es larga, no he tenido demasiados. Debería estar contento, pero no lo estoy. Un agujero negro crecía en su corazón.

Pasaron varias horas.

-¡Cht, cht! ¡Señor! ¡Despierte!  – le espetó un chico – el autobús llegó a la estación.

Tambaleante, Íñigo descendió por las escaleras y comenzó a caminar. Estaba molido por el accidentado viaje y le costaba trabajo distinguir a dónde había llegado. Un taxista se le acercó ofreciendo su servicio.

¿Al monasterio? –le preguntó. Íñigo quedó mirando a los ojos del taxista y sin saber por qué, asintió con la cabeza. Mentalmente intentó contar cuánto quedaba en su cartera. No tenía más.

El viaje al monasterio no fue largo. Aunque nunca había estado en ese lugar, ni en aquella pequeña ciudad, observó detalles familiares que le hicieron sentirse reconfortado, como el ver una antigua torre con su cruz.

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