Por Jorge Berry – m.jorge.berry@gmail.com

Entre las elecciones intermedias en Estados Unidos, los argüendes de Trump y López Obrador, y las grandes marchas por el INE en México, la política acapara la atención y domina las conversaciones en cualquier mesa, así como las columnas más recientes en la prensa. Son los acontecimientos más relevantes en estos días y es necesario estar al tanto porque está de por medio el futuro de los dos países y del mundo entero.

Sin embargo, todos hemos visto que estos temas, aunque muy importantes, casi siempre acaban en alegatos, discusiones, confrontaciones, y finalmente poniendo a la gente de mal humor. Así que, como decía mi abuelita, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre, y vamos a cambiar de tema. Esta vez les voy a platicar el final de la historia de las abejas en el jardín de la casa donde vivimos.

Pues resulta que los apicultores expertos en reubicación de panales por fin consiguieron la escalera de 12 mts. que necesitaban para alcanzar el panal. Llegaron con ella como a las 4 de la tarde, y la colocaron recargada en el tronco del árbol para asegurarse de que era la altura adecuada. Acto seguido, nos pidieron que cerráramos puertas y ventanas y nos mantuviéramos dentro de la casa hasta que terminaran, porque las abejas eran africanas, que son más agresivas, se podían alborotar y picarnos a todos, especialmente a nuestra perrita.

Muy bien, pues todos dentro de la casa, pegados a las puertas de cristal que dan al jardín para observar la operación completa. Posiblemente a Dagoberto Puga y Orlando Velarde, los expertos de Apícola Melánica, les llamó la atención nuestra curiosidad y, muy generosamente, nos iban mandando fotos y videos de todo el proceso mientras trabajaban.

El caso es que tendieron una manta blanca en el pasto, abajo del árbol, colocaron una caja de madera, de las que vemos en la carretera en las granjas de abejas, en una orilla de la manta, y los dos señores se pusieron sus sombreros especiales con malla en la cara para evitar los piquetes.

Y empezó el proceso. Primero, como de brujería, quemaron algo (ya averiguaré qué fue) que arrojó un humo gris de olor agradable, asegurándose de que el humo cubriera todo el árbol y una buena área alrededor. Y las abejas empezaron a salir. Después de un rato, uno de los señores se subió por la escalera hasta el panal y cortó una rama del árbol con una parte del panal, con todo y abejas. Bajó e introdujo la rama con el pedazo de panal en la caja de madera, y cosa increíble, cientos de abejas bajaron a la manta blanca y, muy ordenadamente, como son ellas, se empezaron a meter a la caja por una rendija en la parte inferior. Un verdadero desfile de abejas, sin desorden ni alboroto ni daños a comercios, como suele suceder en los desfiles de humanos.

Eran tantas las abejas que tardaron un buen rato en entrar todas, pero todas, a la caja. Una vez que estuvieron dentro, uno de los apicultores cerró la rendija en la parte de abajo de la caja, retiró la rama con pedazo de panal y la puso a un lado, tomó la caja con las abejas adentro y se subió con ella por la escalera hasta el panal. Una vez ahí, colocó la caja de manera que el panal quedó totalmente dentro de ella y la sujetó a varias ramas del árbol.

Para entonces, ya eran como las 5:30 o 6 de la tarde, pero seguía habiendo luz de día. Con las abejas en la caja identificando su hogar, pudimos salir a ofrecerles a nuestros intrépidos reubicadores botellas de agua helada para que se refrescaran. Recogieron la manta blanca y todas sus cosas, y se sentaron en el pasto a unos metros del árbol a descansar mientras fue cayendo la noche.

Nos pidieron que no prendiéramos ninguna luz y, como arte de magia, todas las abejas aventureras que andaban en el jardín se fueron metiendo a la caja poco a poco. Nos explicaron que las abejas se duermen en la oscuridad todas juntas. Ahí salió el peine de los piquetes a los jugadores de dominó – como prendemos las luces de la terraza donde juegan, el brillo de la luz las despierta, las pone de malas, y se lanzan hacia la luz atacando lo que encuentran en el camino, en este caso, los jugadores; y fue horrible porque varios resultaron alérgicos.

En fin, llegó la noche y a las 8 estaba bien oscuro. Uno de los apicultores se volvió a subir por la escalera y bajó la caja despacito, con mucho cuidado y casi sin moverla. La colocaron en el suelo, la taparon y la amarraron. Las abejas quedaron a salvo dentro de la caja, dormidas y soñando con los angelitos de las abejas.

En una charola que me habían pedido, Dagoberto me dio unas “penquitas” que pudieron rescatar de la rama que cortaron al principio: las “penquitas” son pedazos de panal repletos de miel – la miel más deliciosa que jamás he probado. Me explicaron que estos pedazos de panal se pueden cortar en cachitos para masticarlos como chicle hasta que se les acabe la miel y luego se tira la parte sólida, o se pueden exprimir para sacarles la miel y guardarla en algún recipiente.

El destino de las abejas sería una granja especial, donde estarían en cuarentena un tiempo para asegurar que no están enfermas y puedan contaminar a otras, y confirmar la calidad de miel que están produciendo. Luego, cambiarán a la abeja reina por otra ya acostumbrada a la granja de producción, y deberán esperar a que la acepten. Hasta entonces las llevarán a una de las granjas de producción.

Finalmente, subieron todo su equipo a su camioneta, luego la caja sellada, y todos en la puerta les dijimos adiós a las Abejas Berry, seguros de que siguen vivas, a salvo y más contentas, en un lugar adecuado y bajo el cuidado de expertos. Jamás volveremos a comer miel de abeja sin acordarnos de ellas.

Para terminar esta aventura, me queda claro que nunca, nunca debemos perder la capacidad de asombro, y menos ante las maravillas que nos muestra la naturaleza. Por favor, cuidémosla.

¡Hasta el lunes, amigos de Bahía y Vallarta!

(*) Periodista, comunicador y líder de opinión con casi 50 años de experiencia profesional.

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