TERCERA LLAMADA

Por María José Zorrilla

Es difícil lidiar con un vecino más que incómodo y en la colonia donde solía vivir nos tocó padecer a Roque, un joven que consumía droga y su comportamiento era insoportable. No era un adicto pasivo. Su paranoia era de niveles peligrosos, gritaba sandeces, aventaba huevos a las fachadas de las casas, rayaba los carros y más de un vecino le llegó a dar tremenda golpiza.

Su voz bastante grave y sonora con la que proliferaba sandeces podía escucharse a más de 60 metros de distancia. Llegó a quemar el poste de luz de madera de la cuadra y su familia ya no lo aguantaba en su casa. Varias veces llamamos a la policía, pero llegó un momento que ni ellos lo querían levantar. Más de un vecino dijo tal vez aparezca atropellado o tirado en un baldío.

De pronto Roque desapareció y pensé lo peor. Se comentaba entre susurros que estaba en una casa de rehabilitación, pero había mucho sigilo al respecto y honestamente todos estábamos felices que el barrio había vuelto adquirir su carácter apacible y tranquilo.

Pasó el tiempo, creo como un año y hace unos días me lo encontré platicando con su mamá en lo que parecía una situación perfectamente normal. Se había producido el milagro de la recuperación de Roque. El mismo me narró que gracias a su madre que lo había llevado a un centro de rehabilitación, pudo recuperarse de la adicción al cristal y la mariguana.

Me impactó su nuevo aspecto, totalmente recuperado, pelo bien recortado y en perfectas condiciones mentales. No se le ve ningún tipo de retraso como muchos jóvenes cuya salud queda deteriorada y sus facultades mentales en un verdadero caos.

El cristal, entre otros efectos, causa confusión, paranoia, alucinaciones, ansiedad y pérdida excesiva de peso. Me dio gusto verlo bien y cambiado. Su presencia vuelve abrir la ventana de la esperanza que nunca debemos cruzarnos de brazos ante situaciones aparentemente sin salida.

Nuestro planeta está viviendo los estragos de nuestra adicción por destruirlo. Todo parece indicar que los humanos tenemos una propensión hacia la autodestrucción. La droga del desarrollo es tan placentera porque aparentemente nos brinda jugosos dividendos. No importan las consecuencias.

Ayer me enviaron un video realmente impactante de un joven que toma 4 millones de fotos del planeta tierra cada día. Se trata de Will un científico que después de trabajar 6 años en la NASA se dio cuenta que se toman miles de fotos del espacio, pero no se toman suficientes fotos de la tierra.

Junto con un grupo de amigos inventaron un satélite pequeño del tamaño de una hogaza de pan mil veces mucho más barato que un satélite normal que cuesta alrededor de mil millones de dólares por unidad. Han enviado 200 satélites para tomar fotos durante las 24 horas del día sobre el planeta. Tienen recuento de árboles, calles, playas, montañas, ríos, mares, ciudades, casas, edificios. Y los resultados son alarmantes.

Esas fotos espaciales revelan con mayor crudeza la realidad. Los corales están muriendo y las aterradoras imágenes muestran cómo se han perdido bosques, lagos, ríos.

Según Will ya se ha perdido el 68% de la vida del planeta y es sorprendente la rapidez con que el Amazonas ha reducido su espacio en menos de tres años; se han derretido los polos, los glaciares y del mar Aral el cuarto lago del mundo solo queda el recuerdo y un montón de arena.

Hablar del cambio climático dice el video no es sólo una opinión, es algo que está sucediendo y se puede remediar. Tenemos las herramientas para lograrlo comenta Will y en las manos adecuadas se puede revertir el problema. No obstante, la rehabilitación del planeta y de nuestro comportamiento ya no es un tema para mañana.

Roque pudo retomar su vida porque se tomaron medidas a tiempo. Otros no lo lograron. La pregunta queda en el aire. ¿Seremos capaces de retomar el rumbo para la rehabilitación oportuna de nuestro planeta y lograr el cambio drástico antes que sea demasiado tarde?

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