TERCERA LLAMADA

Por María José Zorrilla

Esta tierra está empezando a generar protestas serias de maneras diversas. Inundaciones nunca vistas en Europa, incendios en Siberia en la zona donde normalmente se asienta la capa helada del subsuelo.  En esa estepa tan temida por la disidencia rusa con infame y extremoso clima frío, se han generado más de 300 fuegos que han consumido cerca de 1.5 millones de hectáreas.

Y sobra decir que a más de 18 meses desde su aparición la humanidad globalizada sigue rendida al desconcierto y el temor ante el fenómeno Covid-19 que sigue haciendo estragos sin distinción alguna entre latitudes ni hemisferios. Un virus capaz de detener y alterar la vida del planeta no parece todavía habernos puesto a pensar con seriedad en la necesidad de revertir nuestra forma de proceder.

Hace algunos días entre tanta información que nos llega por las redes sociales me gustó el ejemplo de un maestro que distribuyó globos entre sus alumnos, les pidió le pusieran su nombre a cada uno y los esparcieran por el salón. Luego les pidió que fueran y encontraran el suyo. Pasaba el tiempo y aquella tarea se dificultaba mucho. Entonces el maestro pidió que tomaran el globo más cercano y se lo hicieran llegar a la persona que le pertenecía. La misión concluyó rápidamente con la moraleja subsecuente que el trabajo colaborativo logra resultados exitosos con más brevedad y eficacia.

Ayer leía un interesante artículo publicado por el New York Times (NYT) sobre los descubrimientos de una científica casada con Carl Sagan que en su tiempo nadie hizo caso. Sin entrar a detalle de los trabajos de Margulis en los años 50 sobre el mundo microbiano, la verdad es que su investigación venía a dar al traste con el paradigma darwiniano de la sobrevivencia del más apto como mecanismo de evolución.

Años pasaron con un total desprecio hacia los trabajos de esta bióloga, hasta que casi 20 años después empezaron a tomar en cuenta este cambio de visión que ella suponía que no sólo logra sobrevivir el más fuerte. Es también fundamental que los organismos puedan cooperar para que la evolución suceda, comentan Sabina y Sandra Caula en el mencionado artículo del NYT.

Esta suposición también se hacía extensiva a la versión capitalista del siglo XIX en donde la evolución es producto de una selección natural a través de la competencia feroz entre individuos.

Hoy día sería interesante cuestionar los resultados que a todas luces salen a relucir. Ni el capitalismo a ultranza ni los populismos recalcitrantes como hoy día en Cuba y Venezuela, han podido dar resultados porque más que la competencia, sobrevivimos por la cooperación como sugieren estas investigadoras que han logrado hacer una extraordinaria exposición conjuntando sus profesiones. Sabina es bióloga evolutiva y Sandra es filósofa. Nos hemos olvidado que hasta para generar capital se necesita la fuerza de trabajo en condiciones de equidad y equilibrio.

Nos hemos olvidado que somos una especie más en la tierra que si bien aparentemente somos la más fuerte en términos de capacidades, la sobreexplotación de otras especies del reino animal y vegetal, modificación al espacio geográfico de bosques, desiertos, mares, sierras, lagunas, valles y ríos está cobrando factura de manera feroz con inundaciones e incendios nunca vistos.

Australia, California, Rusia son sólo un breve ejemplo.  Estamos en la cuerda floja. También el mundo biológico se empieza a revelar. No son pocos los que opinan que si queremos menos pandemias tenemos que frenar el tráfico de fauna considerado el tercer negocio ilícito del mundo que genera fructíferas ganancias.

Y gran parte de los últimos azotes que ha padecido el hombre se atribuyen a la interacción entre humanos y animales que no son domésticos y son desplazados de su hábitat natural.

A mí me aparecieron unas raras manchas negras en el torso que tuve que consultar a un especialista, quien aseguró eran producto de la movilización de bacterias, virus y demás bichos que sufrieron transporte involuntario a tierra después que el huracán Kenna categoría 5 azotara en Vallarta, considerado el meteoro más fuerte del 2002.

Hace algunos años mucho me impactó la noticia que la Academia de Medicina de Francia hubiera escogido como presidente de su prestigiosa institución a un veterinario. Hubo mucha sorpresa, pero el consejo de la academia aclaró que más del 85% de las enfermedades que padece el hombre provienen del reino animal, por lo que un veterinario podría ayudar a iluminar el camino de la investigación de la medicina humana.

En efecto, enfermedades como Ébola han sido atribuidos a murciélago frugívoros, el VIH al chimpancé, el SARS a pequeños mamíferos y ahora el Covid-19, parece ser otra enfermedad zoonótica más del contacto entre los humanos y los animales silvestres. Y el mundo empieza a girar en una dirección que nos obliga a replantear con toda seriedad la forma de concebir la economía, la socialización, el cambio climático.

Muchos ya se alistan para ir al espacio.  Más de un millón de personas se han anotado en la selectiva lista para incursionar en otros lares, pero la realidad es que todos incluidos los multimillonarios, los más de 7 mil millones de personas que vivimos en este planeta nos hemos dedicado a deforestar y estamos pagando las consecuencias.

Somos responsables de la sexta extinción masiva de especies del planeta. Y como dijera el ecólogo mexicano Dirzo de la Universidad de Stanford, vivimos en la “defaunación del Antropoceno”.

A pesar de los ultraconservadores del mundo que siguen negando el calentamiento global o como nuestros gobernantes que siguen atados al carbón contra viento y marea, esto puede marcar el inicio de un desastre sin precedentes para el ambiente y para la economía.  No sólo es el tema del clima, también la sobre explotación de flora y fauna que rompe las redes alimenticias que forman todas las especies, poniéndonos nosotros también en peligro. Al tiempo.

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