La fiesta

OPINIÓN

Por Jorge Berry

m.jorge.berry@gmail.com

La tía Eva, hermana de mi abuela, era una rabiosa apasionada de la fiesta de toros. En especial, le llenaba el ojo Lorenzo Garza, conocido como “el ave de las tempestades” en el mundo taurino, a quien, cada que podía, iba a seguir a distintas plazas del país.

La tía Eva nunca casó, y cuando su sobrina Rosita, mi mamá, me trajo al mundo, me convertí de inmediato en la máxima atracción de la casa de mi abuela, donde también vivía la tía Eva.

Cuando cumplí 5 años, doña Eva decidió que yo debía compartir su afición por la fiesta brava. Se convirtió en ritual dominguero el salir a tomar el trolebús en la diagonal San Antonio en la CDMX, que nos depositaba en Avenida Insurgentes, desde donde caminábamos hasta la plaza.

Veíamos las novilladas desde el 2º tendido, y las corridas formales en generales, donde había que llegar con dos o tres horas de anticipación para encontrar buen lugar, y disfrutar de las tortas o emparedados que había preparado ella en la mañana.

Así nació mi afición, y la he conservado todos estos años. Todavía niño, me deslumbró Paco Camino, y Manuel Benítez “el Cordobés”, no tanto. Me volví martinista fanático, y pocas satisfacciones profesionales han podido superar mi cercanía con el maestro Manolo y su círculo cercano, encabezado por mi admirado y queridísimo Rafael Herrerías.

Ya establecido como conductor de noticias en México, luego de un exilio de 8 años en Los Ángeles, tuve el privilegio de conocer y disfrutar de cerca el arte del “Rey David”, el inolvidable David Silveti, el temple y profesionalismo del maestro Enrique Ponce, la izquierda prodigiosa de Morante de la Puebla y la caballerosidad y clase de Ignacio Garibay.

Por todo ello, y mucho más, me entristece enormemente la controversia actual sobre la permanencia o desaparición de las corridas de toros en la capital mexicana.

Los argumentos en pro y en contra de la fiesta de toros reflejan el grado de polarización que vive nuestra sociedad. A los prohibicionistas no les basta con simplemente no asistir al espectáculo taurino. Requieren imponer su voluntad a todos, al grado que, quien guste de la fiesta, tampoco tiene el derecho de disfrutarla.

Conste que soy enemigo de la cacería. Me repugnan quienes viajan a África y regresan con cabezas de leones y alfombras con piel de tigre que ellos cazaron. Esas especies no se crían para ser cazadas. El toro de lidia, en cambio, existe solo para torearlo. Argumentar la defensa del animal para acabar con la fiesta, olvida que, cuando finalmente quede abolida la fiesta brava, como inevitablemente ocurrirá, la especie quedará extinta en unos pocos años.

Pero de que las corridas de toros tienen las horas contadas, no hay duda. Se trata de una evolución cultural, que deja víctimas en el camino.

Cuando el furor por terminar con los animales en los circos, no hubo manera de hacer entender a los fanáticos animalistas que, sin los circos, los animales estaban condenados a muerte. Hoy, el 80% de los animales de los circos han dejado de existir. No hubo albergues suficientes, ni fondos para su manutención. Pero también hubo víctimas humanas. No se sabe el número de circos que desaparecieron, ni cuántas familias y personas se quedaron sin empleo.

Me gustaría saber cuántos de esos enardecidos legisladores que pasaron la iniciativa de ley que prohíba las corridas de toros en CDMX estarían dispuestos a contribuir a un fondo para los miles que perderán su trabajo.

No los toreros, que ganan bien, pero los subalternos, los trabajadores de la plaza, los monosabios, los cubeteros, los vendedores de cacahuates, pistaches, y hasta pizzas, todos los puestos ambulantes que rodean la plaza, y que cada domingo sirven birria, tacos de cecina, mole verde, pambazos, tortas, chicharrones, elotes, monteras, banderillas y estoques de madera, junto con capotes, muletas y hasta trajes de torear para niños. Apuesto a que ninguno. A muchos de ellos, los he visto en las plazas, aplaudiendo emocionados.

Finalmente, son políticos, y los políticos no tienen convicciones, solo tienen encuestas que les indican qué posturas adoptar para obtener el mayor número de votos posibles, y es innegable que el sentimiento popular quiere acabar con la fiesta, y lo van a lograr.

Son los jóvenes, y los jóvenes mandan. Solo espero que sean capaces de, así como acabarán con la fiesta de toros, acaben con la contaminación del medioambiente, y realmente salven al planeta. Les deseo suerte.

P.D. Sean bienvenidos a nuestra casa los nuevos patrocinadores de esta columna.

¡Nos leemos el lunes, Vallarta y Bahía!

(*) Periodista, comunicador y líder de opinión con casi 50 años de experiencia profesional.