OPINION

Por Jorge Berry (*)

m.jorge.berry@gmail.com

En 70 años de edad que tengo, y casi 50 de ejercer el noble oficio de periodista, la profesión de informador ha cambiado radicalmente. Lo mismo, claro, se puede decir de la mayor parte de las ocupaciones, pero esta es la que conozco, y de la que les quiero contar.

Esta reflexión me viene a la cabeza a raíz de un magnífico libro que recién terminé, y que se llama “El vendedor de silencio”, del historiador Enrique Serna, y que noveliza la vida del periodista más famoso y poderoso de mediados del siglo XX, Carlos Denegri.

Conocí la obra de Serna hace varios años, cuando leí su “El seductor de la patria”, que humaniza y aclara tantos sesgos que ha dado la historia oficial sobre Don Antonio López de Santa Anna, 11 veces presidente de México.

Tengo vagos recuerdos infantiles de escuchar el nombre de Carlos Denegri. Nací el mismo día que canal 2, y Denegri, junto con Guillermo Vela, Ignacio Martínez Carpinteiro y Agustín Barrios Gómez, fueron las primeras estrellas de la noticia televisada en México. De Guillermo Vela, automáticamente viene a mi memoria su despedida diaria, en donde decía al auditorio, con cierto acento gringo, “Buenas noches a usted”. En ese programa empezó el jefe Jacobo Zabludovsky como redactor.

De Martínez Carpinteiro, solo recuerdo que leía en la tele la primera plana de Excélsior. Recuerdo a Denegri invitando a ver su siguiente emisión, “Dios mediante”.

La vida periodística de Carlos Denegri abarcó, en sus más sonados años, los sexenios de Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortínez y Adolfo López Mateos. Cubrió grandes eventos, y fue un reportero legendario, y en extremo efectivo. Cubrió el bombardeo nazi en Londres, y sus crónicas duplicaron el tiraje de Excélsior, periódico en el que colaboraba. Fue, sin duda, el periodista más famoso de su época. Ahora, la historia parece haberlo olvidado. Y es que la historia es un severo juez, como descubrirán muchos que ahora se sienten encumbrados, pero que no merecerán siquiera una mención de esa celosa musa.

Carlos Septién García, éste sí, una leyenda del periodismo nacional, fue su contemporáneo, y lo detestaba. Septién, de hecho, murió en un accidente de aviación cuando se negó a viajar con el contingente de reporteros de presidencia, porque le asignaron sentarse junto a Denegri, y no lo soportaba. Esa decisión le costó la vida, pero no el prestigio, y hoy la escuela de periodismo más reconocida en México lleva su nombre.

Carlos Denegri, en cambio, es recordado por su insaciable corrupción. Si Denegri no inventó el chayote, por lo menos fue quien primero lo industrializó. Trabajó, siempre, al servicio del poder.

Empezó como soldado de Maximino Ávila Camacho, el criminal hermano del presidente, y quien era capaz, y lo hizo varias veces, de mandar ejecutar a sus rivales. Denegri, entre el miedo a desobedecer a Maximino, y el bienestar financiero que le significaba el seguir instrucciones, prefirió hacerse rico.

Luego, trabajó a las órdenes de Miguel Alemán Valdés. A estas alturas, sus prácticas corruptas eran ya evidentes. Empezó a trabajar en columnas de sociales, averiguaba, reportero al fin, los esqueletos familiares de los ricos, y cobraba por callarlos. Así se hizo millonario, y cuando llegó a la televisión, ya era imparable.

No se puede negar su astucia periodística, que dejó escuela. El gran Enrique Loubet, ya desaparecido, fue uno de sus alumnos. Tenía además, una capacidad de trabajo aparentemente inacabable, mientras no bebiera. Pasó largas épocas de abstinencia que coincidieron con sus mejores momentos como reportero, pero al final, lo vencieron los excesos. Don Julio Scherer lo llamó “el mejor y el más vil de los reporteros”.

Su conducta bajo los efectos del alcohol era bochornosa, pero solapada por su posición. Era un conquistador de mujeres difícil de resistir, pero que invariablemente se volvía violento, exhibiendo una misoginia intolerable.

Su servilismo ante el poder es comparable al hoy medio famoso Lord Molécula, quien se sabe, recibe espléndido patrocinio de Palacio Nacional por hacer el ridículo en las mañaneras. El estímulo se esconde bajo una compra de publicidad gubernamental a su página web, que nadie conoce.

Esto escribió Denegri a poco de haber tomado posesión Gustavo Díaz Ordaz:

“Llegó a la presidencia un hombre de extracción humilde…Me faltan palabras para expresar la admiración que despierta… la inteligencia y la bonhomía de este magnífico estadista”.

No les cuento más para no echarles a perder la lectura de un libro que enseña claramente lo que un periodista NO debe ser. Léanlo si pueden.

¡Hasta el lunes, Bahía y Vallarta!

(*) Periodista, comunicador y líder de opinión con casi 50 años de experiencia profesional.

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