OPINIÓN

Por Jorge Berry (*) – m.jorge.berry@gmail.com

Ya es octubre. Llega el otoño, y con él, la postemporada de béisbol de las Grandes Ligas (MLB). Para este aficionado a los deportes, la mejor época del año, porque se aproxima la Serie Mundial de béisbol, mientras entramos al corazón del calendario de la NFL.

Las series de los comodines empezaron el viernes. Vi completo el juego uno entre las Mantarrayas de Tampa Bay y los Guardianes de Cleveland. Ud. y yo los recordamos como los Indios de Cleveland, pero los “correctitos” del lenguaje inclusivo decidieron que el mote “Indios” resulta peyorativo para los nativos estadunidenses, así que, como los Pieles Rojas de Washington ahora son los “Comandantes” en la NFL, ahora los Indios son los “Guardianes”. En fin.

El caso es que ese primer juego llegó empatado a cero hasta la séptima entrada, y acabó con una victoria de Cleveland por dos carreras contra una. Durante la temporada regular, confieso que no vi un solo juego completo. Pero este partido, entre dos equipos poco importantes, sin grandes estrellas, me recordó la razón de mi eterno romance con el Rey de los Deportes, el Béisbol.

Muchos no estarán de acuerdo conmigo, pero el béisbol tiene encantos únicos. No, no es un deporte fácil de entender, pero una vez que se adquiere la adicción, ya no hay remedio. Y es que el béisbol obliga a pensar constantemente. Es cierto que la acción es reducida. El lanzador envía el disparo, y, esporádicamente, hay un batazo y todo se mueve. Pero eso es lo menos importante. Lo que importa no es tanto lo que pasa, sino lo que puede pasar, y eso es lo que mantiene al aficionado pegado a su asiento, si tiene la suerte de estar presente, o bien, frente al televisor.

En el segundo juego de esa misma serie, que fue el sábado, se rompieron toda clase de marcas. Nunca en la historia, que viene desde el siglo XIX, había llegado un juego de postemporada empatado a cero hasta la entrada 15, pero eso fue lo que pasó. Hasta la parte baja de esa entrada, se produjo un cuadrangular solitario que le dio la victoria a Cleveland, y el pase a la siguiente ronda, donde se encontrará con los Yankees de Nueva York.

Cualquiera pensaría que un empate a cero durante casi cinco horas sería aburrido, pero es al contrario. Vi el juego desde el primer lanzamiento, hasta el batazo final, y la deliciosa tensión constante, el tratar de predecir patrones, el entender las estrategias de los managers, el sufrir con cada lanzamiento es una experiencia única e intensa.

Tuve la fortuna de jugar béisbol organizado en mi adolescencia. Jugué en la Liga Maya en CDMX. Fui un buen cátcher (receptor) y un regular bateador. Esa experiencia me permite admirar el talento y la coordinación que requiere un ser humano para lanzar una pelota a 100 millas por hora, o para batearla. Lo entendí aún mejor, luego de hacer amistad con el legendario Toro, Fernando Valenzuela, cuando coincidimos en Los Ángeles en su época de oro. Es difícil describir lo increíblemente coordinado que es Fernando. No es casualidad que esté considerado dentro de los primeros cinco lugares en toda la historia de los Dodgers, junto con otras leyendas como Sandy Koufax, Jackie Robinson y Roy Campanella.

Tal vez el acto más difícil que existe en el deporte, es pegarle a una pelota que viene a 100 millas por hora. Tan difícil es, que quien lo consigue apenas tres de cada diez veces, es un superestrella. Y otra, para mí, enorme cualidad del béisbol, es que no es un deporte esclavizado por el tiempo. No responde a relojes, ni a minutos. Conserva sus propios ritmos, y eso permite, de cierta forma, comparar jugadores de distintas épocas. Ningún otro deporte lleva sus estadísticas de manera más meticulosa que el béisbol.

Es cierto que el juego ha cambiado. No se puede negar que ya no es tan popular como antes. En 1961, cuando Roger Maris, de los Yankees, conectó 61 cuadrangulares para superar la marca legendaria de 60 que pertenecía a Babe Ruth, cada cuadrangular que conectaba era nota de primera plana, y todo Estados Unidos siguió paso a paso su hazaña. Este año, Aaron Judge, también de Yankees, conectó 62, superando la marca de Maris, y no hubo gran escándalo.

El “marketing” se ha vuelto esencial para popularizar el deporte, y nadie lo hace mejor que la NFL. Pero no se puede dejar morir al béisbol como ha ocurrido con los toros y los circos. Su tradición es demasiado rica, demasiado añeja para olvidarse. Nos lo enseña la literatura. El beisbol y los toros han sido temas de grandes autores, como John Updike, Federico García Lorca y Ernest Hemingway. Tenemos que conservar nuestra historia.

Por lo pronto, ya es octubre, y ¡Play ball!

¡Hasta el viernes, amigos de Bahía y Vallarta!

(*) Periodista, comunicador y líder de opinión con casi 50 años de experiencia profesional.

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